Escena de La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo.

Cannes 2026: Pequeñas formas de amor y humanidad

Las películas de Hamaguchi, Dhont y Los Javis galardonadas en Cannes parten de escenarios marcados por la enfermedad, la guerra y la represión, y recuerdan otras maneras de habitar el mundo.
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Una residencia para ancianos, las trincheras de la Primera guerra mundial y la España franquista parecen escenarios poco propicios para hablar del amor. Sin embargo, las tres películas que siguen encuentran precisamente ahí algunas de sus expresiones más conmovedoras.

En el cine de Ryusuke Hamaguchi las conversaciones rara vez son simples conversaciones. Desde Drive my car (2021) hasta El mal no existe (2023), sus personajes hablan como quien intenta orientarse en medio de la niebla: dudando, retrocediendo, revelándose sin darse cuenta. All of a sudden (Francia – Japón – Alemania – Bélgica, 2026), su primera película completamente filmada fuera de Japón, lleva esa sensibilidad hacia el territorio más abiertamente humanista y político.

Ambientada entre París y Kioto, la película sigue el vínculo inesperado entre Marie-Lou (Virginie Efira), directora de un asilo empeñada en defender una idea más digna y afectiva del cuidado, y Mari (Tao Okamoto), una dramaturga japonesa diagnosticada con cáncer terminal. Hamaguchi construye la relación entre ambas con una paciencia extraordinaria, entendiendo que la intimidad nace del tiempo dedicado a la otra persona: conversaciones, caminatas, silencios y discusiones filosóficas que lentamente se convierten en confesiones emocionales. Parte de la fuerza de la película proviene de una idea simple y radical: el afecto necesita tiempo. Poco a poco, Hamaguchi conecta la falta de tiempo con una forma más profunda de agotamiento colectivo. Los cuerpos están cansados, enfermos y desconectados. Por eso la película encuentra algunos de sus momentos más reveladores en gestos mínimos: ancianos masajeándose los pies, alguien preparando té en silencio o dos mujeres caminando durante horas sin mirar el teléfono. Hamaguchi filma esos instantes con una precisión casi documental, como pequeñas formas de resistencia frente a la velocidad y el aislamiento contemporáneos. El masaje de pies entre los ancianos tiene algo ridículo y, al mismo tiempo, sabio: cuerpos agotados intentando recordarse unos a otros que todavía son capaces de darse alivio.

Parte de la belleza –y también del riesgo– de All of a sudden está en su mezcla extraña de ensayo filosófico y melodrama cotidiano. Sus tres horas y media incluyen extensos debates sobre capitalismo tardío, envejecimiento poblacional y sistemas de salud colapsados que seguramente pondrán a prueba la paciencia de más de un espectador. Pero incluso en sus momentos más discursivos, Hamaguchi nunca pierde de vista lo esencial: la fragilidad concreta de las personas que intentan sobrevivir dentro de esas estructuras. Lo que le interesa no es tanto explicar el mundo como preguntarse qué formas de humanidad todavía pueden existir dentro de él.

Ahí entran las interpretaciones extraordinarias de Efira y Okamoto, ganadoras compartidas del premio a mejor actriz en Cannes 2026. La conexión entre ambas crece de manera tan gradual y orgánica que, después de un tiempo, dejamos de sentir que estamos observando personajes y comenzamos a sentir que hemos pasado horas conversando con ellas. Efira construye a Marie-Lou desde una humanidad profundamente generosa: escucha con atención, acompaña sin invadir, dedica tiempo incluso cuando el mundo alrededor suyo parece exigir velocidad y eficiencia. Frente a ella, Okamoto introduce una energía más luminosa y vulnerable, atravesada por la conciencia de la muerte, pero también por un deseo feroz de permanecer viva, curiosa y presente. Lo que transmite su personaje no es resignación, sino una forma desesperada y bellísima de amor por la vida. Hay una escena particularmente hermosa donde, después de una conversación larguísima sobre el agotamiento del mundo contemporáneo, una de ellas acomoda la bufanda de la otra antes de salir a caminar. Hamaguchi entiende que a veces el gesto más pequeño puede contener una idea entera sobre cómo sostenernos unos a otros. Quizá esa sea la apuesta de All of a sudden: no ofrecer respuestas sobre cómo vivir, sino observar con paciencia esos momentos mínimos donde dos personas logran, aunque sea por un instante, hacerse el mundo un poco más habitable.

Después de explorar la identidad trans en Girl (2018) y la fragilidad de la amistad masculina en Close (2022), Lukas Dhont vuelve a uno de los grandes temas de su cine: la dificultad de encontrar un lugar propio. Ambientada en 1916, Coward (Bélgica – Francia – Países Bajos, 2026) sigue a Francis y Pierre, dos soldados belgas que encuentran refugio en una compañía teatral encargada de entretener a las tropas. Entre canciones y disfraces, inician una relación amorosa que debe mantenerse en secreto. Mientras millones de hombres son enviados a matarse unos a otros, Francis y Pierre descubren en el teatro un espacio donde pueden ser más que soldados. La guerra aparece como una fuerza contradictoria: una maquinaria que disciplina cuerpos y administra la muerte que, para algunos de sus personajes, termina convirtiéndose en el único lugar donde pueden experimentar una forma inesperada de libertad. Allí los soldados se maquillan, se disfrazan y representan personajes femeninos. Francis, interpretado por Valentin Campagne, descubre una posibilidad de expresión artística, emocional y amorosa que difícilmente habría encontrado en la vida civil. Pierre queda fascinado por la transformación de Francis sobre el escenario.

Las reacciones críticas hacia Coward fueron más divididas que las que recibieron Girl o Close. Algunos consideraron que Dhont suaviza la brutalidad de la guerra para privilegiar el romance, mientras otros señalaron cierta inclinación al melodrama. También hubo debate sobre si la película idealiza en exceso a sus personajes o simplifica algunos conflictos históricos en favor de las emociones. Con todo, existe consenso sobre sus protagonistas. Valentin Campagne y Emmanuel Macchia construyen una relación cuya fuerza proviene menos de los diálogos que de la manera en que habitan cada escena juntos. Dhont filma sus rostros y silencios con gran cercanía. Una de las escenas más memorables ocurre durante una presentación frente a las tropas, cuando Francis es humillado públicamente y Pierre interviene para defenderlo. En lugar de responder con violencia, transforma la situación en una parodia de la masculinidad dominante, exagerando sus gestos hasta volverlos absurdos. La secuencia convierte el escenario en un espacio donde la actuación permite cuestionar aquello que fuera de él permanece incuestionable. Más adelante, cuando ambos imaginan desertar y huir juntos, Coward alcanza sus momentos más conmovedores. No porque descubra algo nuevo sobre el amor o la guerra, sino porque logra hacernos creer en la intensidad de ese vínculo.

No es casual que el premio a la mejor interpretación terminara en manos de las parejas protagonistas de Coward y All of a sudden. En ambos casos, más que actuaciones individuales, lo que se premia es la capacidad de construir una relación que se siente plenamente viva.

La bola negra (España – Francia, 2026) parte de uno de los grandes vacíos de la historia cultural española. Antes de ser asesinado por fuerzas franquistas en 1936, Federico García Lorca dejó inconclusa una novela de la que apenas sobreviven cuatro páginas. Ese fragmento, centrado en un joven granadino rechazado de un exclusivo casino por rumores sobre su homosexualidad, sirve como punto de partida para que Javier Calvo y Javier Ambrossi, ganadores ex aequo con Pawel Pawlikowski del premio a la mejor dirección, construyan una ambiciosa reflexión sobre la memoria, el deseo y todo aquello que el franquismo intentó borrar de la vida española. La película también recupera personajes y situaciones que Alberto Conejero exploró en La piedra oscura, su célebre obra de teatro inspirada en Rafael Rodríguez Rapún, secretario y amante de Lorca.

La bola negra entrecruza tres líneas temporales: la Granada de 1932, donde Carlos (Milo Quifes) es excluido de un casino por los rumores que circulan sobre su sexualidad; la España de 1937, donde Sebastián (el músico Guitarricadelafuente) desarrolla una relación con Rafael (Miguel Bernardeau), un prisionero republicano herido; y el Madrid de 2017, donde Alberto (Carlos González), historiador especializado en recuperar historias queer olvidadas, intenta reconstruir fragmentos de un pasado borrado. Lo que une estas tres historias no es únicamente la homosexualidad de sus protagonistas, sino la manera en que el silencio termina convirtiéndose en una forma de violencia.

La película encuentra su centro emocional en la relación entre Sebastián y Rafael. Después de que los aviones italianos arrasen su pueblo, Sebastián termina integrado a las filas sublevadas. Encargado de vigilar a Rafael en un hospital militar, encuentra cada vez más difícil apartar la mirada de él. Una mirada que se prolonga unos segundos, unos versos en voz baja, una conversación interrumpida por el miedo. “Nunca sabrás cuánto te quiero porque duermes dentro de mí” (de los Sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca, que permanecieron ocultos durante décadas).

Más adelante, mientras Rafael es golpeado durante un interrogatorio, Sebastián corre a esconderse en un baño para tocar desesperadamente la trompeta. Incapaz de defenderlo y también de permanecer indiferente, encuentra en la música una forma de decir aquello que no puede pronunciar. A esa mezcla de tragedia, memoria histórica y melodrama se suman dos apariciones memorables. Glenn Close interpreta a una académica inspirada en el hispanista Ian Gibson, mientras que Penélope Cruz aparece como Nene, una cantante de cabaret que entra en escena recostada sobre un tanque de guerra, envuelta en una peluca rubia platino y recibida como una estrella por las tropas franquistas. Radiante y magnética, Cruz transforma lo que podría haber sido un simple cameo en una de las escenas más memorables de la película. La tragedia que atraviesa las tres líneas temporales no es únicamente la muerte o la persecución, sino la cantidad de vidas, deseos e historias que quedaron suspendidas por el miedo y el silencio.

Las tres películas parten de escenarios marcados por la enfermedad, la guerra o la represión. Sin embargo, ninguna encuentra ahí su verdadero centro de gravedad. Lo que permanece en la memoria son los gestos: las pequeñas formas de amor y humanidad que nos recuerdan que hay otra forma de habitar el mundo. ~


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