Conocemos las líneas de La vida es sueño en la que el protagonista dice que “el delito mayor del hombre es haber nacido”. Esta idea, muy bellamente puesta por Calderón de la Barca, fue muchas veces pronunciada por los antiguos de distintas maneras y con diferentes giros, matices e intenciones.
¿Ser o no ser? ¿Nacer o no nacer? ¿Morir o no morir?
Cicerón cuenta que cuando Midas liberó a Sileno, éste “le hizo el siguiente regalo por su liberación: le enseñó al rey que lo mejor con mucho para el ser humano es no haber nacido y, en segundo lugar, morir lo antes posible”. Y claro que para ese rey nada mejor que morirse pronto, pues convirtiendo en oro todo lo que tocaba, incluso la pata de pollo que pretendía comer, habría de morir de hambre, la cual don Quijote tilda de “muerte la más cruel de las muertes”.
En El banquete de los eruditos, pese a tratarse de un libro para bon vivants de hace dos mil años, se citan estos versos de un olvidado escritor Ermipo o Hermipo:
Así que, lo que dicen muchos de los sabios:
no haber nacido es siempre lo mejor,
o, cuando se ha nacido, alcanzar el fin lo antes posible.
Un poco diferentemente, y con palabras que anticipan a Séneca, Andrómaca dice en Las troyanas, de Eurípides: “Afirmo que no haber nacido es igual a morir y que es mejor morir de una vez que vivir miserablemente, pues no se percibe dolor por mal alguno”. Implica, claro está, que es mejor no nacer que vivir en desgracia. Con cierta envidia dice que Políxena está muerta “y no conoce ninguno de sus propios males como quien no contempla la luz”.
También pronuncia palabras que van por delante de Dante: “Quien ha sido feliz y cae en la desgracia, se aleja con el alma de su anterior felicidad”. En la Comedia: “Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice ne la miseria”. ¿Será? Hay quienes encuentran consuelo en la memoria. Aunque con Dante estamos en el infierno, ahí donde ya se perdió toda esperanza.
Lo bueno es que nadie cree en el infierno. Tanto en Dante, como en el Bosco, Miguel Ángel y otros, el averno es más atractivo que el paraíso, pero si lo tomáramos en serio no existiría la salud mental y estaríamos todos vestidos de cilicio. En cambio, sabemos que en cada misa de muerto, sin importar el comportamiento del difunto, el oficiante dice que “ya está con el Señor”, pero nunca “a esta hora ya lo habrán espetado bonitamente sobre unas brasas ardientes de carbón”.
A través de un galimatías, un teólogo del Opus Dei me explicó por qué era mejor ir al infierno que nunca haber nacido; pues es una duda natural preguntar “si dios lo sabe todo, ¿por qué hace nacer a los que no estarán entre los pocos elegidos?”. El asunto tenía que ver con que dios nos ama tanto que nos daba la existencia y a partir de ahí uno sabía qué hacer con ella. No quiero meterme en eso ahora, sólo hacer notar que en tal caso, la sentencia más severa que pronuncia el nazareno es: “A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido”. Y me surge la duda de si Judas tuvo un castigo especial luego de haberse ahorcado o si convive con iguales derechos y mortificaciones en el submundo.
Ni los mismos griegos que tanto los citaron, tomaron en serio a sus sabios que hablaron de las ventajas de no nacer o de terminar con la vida lo antes posible, pues entonces el deporte nacional habría sido arrojar recién nacidos desde el monte Taigeto o al báratro.
¿Qué crimen cometería un asesino si nada hay mejor que una muerte pronta?
Sin duda hay mucha falsa sabiduría.
Más verdad encuentro en Chéjov, porque él no teoriza con la razón, sino que cuenta con la vida. El viejo Yákov lleva a su anciana mujer con el joven médico, Maksim Nikoláich, y éste se interesa poco por devolverla a la salud. Pregunta qué edad tiene la mujer.
—Un año y tendrá setenta, Maksim Nikoláich.
—¿Lo ve? Una anciana. Es hora de que alcance la gloria.
—Sí, por supuesto, tiene razón en lo que dice, Maksim Nikoláich —dijo Yákov, sonriendo con educación—, y le damos las gracias por sus atenciones. Pero si disculpa la expresión, todo insecto quiere vivir.
Vaya uno a saber por qué a muchos filósofos, sobre todo a los estoicos, les atrae lo que va en contra de la naturaleza humana.
La vida es sueño no es una tragedia, así es que el propio Segismundo que había hablado del delito de haber nacido cuando estaba “cargado de estas prisiones”, al verse en libertad termina pensando de otro modo y pronuncia en su último parlamento:
pues así llegué a saber
que toda la dicha humana,
en fin, pasa como sueño.
Y quiero hoy aprovecharla
el tiempo que me durare
Y vuelvo a Chéjov, un hombre que pasó media vida muriéndose y media vida aferrándose a la vida. Tiene un texto titulado “La vida es bella (Consejos para los suicidas)”. Con todo y ser irónico, es más edificante que Séneca. Van apenas unas líneas:
“Alégrate de no ser el caballo del tranvía, ni un bacilo de Koch, ni una triquina, ni un cerdo, ni un jumento, ni un oso como el de los gitanos, ni una chinche… Considérate feliz de no ser ni ciego, ni tonto, ni mudo, ni atacado de cólera. Regocíjate de no estar en el banquillo de los acusados, de no tener ante ti a un acreedor y de no estar discutiendo tus honorarios con el editor.”
Sí, difícil elegir entre ser un bacilo de Koch y discutir honorarios con un editor.