Escena de "Aquí se escucha el silencio", de Gabriela Pena y Picho García.

CPH:DOX 2026: secretos y silencios hispanoamericanos

El autorretrato confesional de “Jaripeo” y las indagaciones sobre el pasado traumático de “Aquí se escucha el silencio” y “Atlas de la desaparición” fueron parte de la presencia del cine hispanoamericano en el conocido festival de cine documental CPH:DOX.
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El Festival Internacional de Cine Documental de Copenhagen, uno de los más prestigiados del mundo, finalizó el pasado fin de semana. Como podría esperarse, el CPH:DOX, como se le conoce por sus siglas, tiene una rica sección dedicada exclusivamente al cine nórdico y otra más al cine danés, pero está lejos de centrarse en las obras de no ficción de esa gélida parte del mundo. De hecho, es muy común que el cine hispanoamericano tenga una presencia preponderante a lo largo de todas sus secciones, sea en la competencia o fuera de ella. He aquí tres casos notables.

Empecemos con Jaripeo (México – E.U.-Reino Unido, 2026), documental mexicano que, como se presentó primero en Sundance y luego en la Berlinale, ya no pudo estar en la competencia oficial. Dirigido a cuatro manos por la debutante Rebeca Zweig y por uno de los protagonistas, el “joven ranchero queer” Efraín Mojica, Jaripeo es una reveladora película de no ficción que se mueve hábilmente entre el autorretrato confesional y el cine directo.

Estamos frente a la insólita crónica queer del jaripeo en Michoacán –aunque, por lo visto, no tan insólita, pues “los vaqueros jotean más que los gays”, como dice alguien por ahí– en la que el codirector autobiográfico Mojica, cámara de super 8 en mano, nos presenta el otro lado de esta emblemática subcultura bravía en la que los recios y muy machotes sombrerudos suelen tener sus quereres clandestinos con otros sombrerudos, dizque a escondidas, donde nadie los ve, por más que todo mundo lo sepa.

La contradicción es solo en apariencia: el homoerotismo está presente y rampante en la arena del jaripeo, en las gradas en las que se consumen litros y litros de cerveza, en los alrededores cuando el sol se oculta, entre los altos maizales más que oportunos. Lo que nos queda claro es que Penjamillo y sus alrededores –Los Fresnos, Acuitzeramo, Zináparo y otros pueblos más– es la tierra en donde se dan los hombres… pero unos a otros.

En Aquí se escucha el silencio (España – Chile, 2026), presentado en la sección Next:Wave y dirigido por Gabriela Pena y Picho García, hay otro tipo de secreto a voces que la codirectora Pena trata de revelar. Nacida en España de madre chilena exiliada, la cineasta regresa a Valparaíso, en donde viven sus abuelos Sergio y Marlén, quienes salieron de Chile cuando su hija, mamá de la directora, tenía 9 años, después de que él fuera apresado y torturado durante siete meses en el campo de prisioneros de Tres Álamos.

El par de viejos no solo comparten frente a nosotros los recuerdos más entrañables –por ejemplo, el momento exacto en el que se conocieron, el 1 de julio de 1960–, sino sus vivencias, sus convicciones y hasta su férrea voluntad inquebrantable (“Ni perdón ni olvido”, dice apretando los labios Don Sergio), mientras su nieta, la veinteañera cineasta Gabriela, se dedica –apoyada por su codirector y compañero de vida Picho García– a renovar, reconstruir, limpiar y pintar el antiguo hogar de donde salieron huyendo su madre y sus abuelos medio siglo antes, la vieja casa familiar que permanecía abandonada.

La renovación de la casa –que avanza paralelamente a las escenas de las conversaciones con los abuelos y con la madre que sigue en Barcelona– funciona como una suerte de necesaria ceremonia de duelo no resuelto. No se trata de olvidar –eso no lo aceptaría Don Sergio– sino de limpiar viejas heridas para luego curarlas y ver hacia adelante, conociendo el origen pero viendo siempre hacia el futuro. La nueva generación que llega en el desenlace de este emotivo documental tiene que venir más ligerita, no porque el pasado no importe, sino porque se ha asumido con plena conciencia de lo que fue y del mejor futuro que tiene que llegar.

Otro tipo de trauma histórico, colectivo y personal está en el centro de Atlas de la desaparición (España-Noruega, 2026), tercer largometraje de Manuel Correa, filme presentado en competencia en la sección dedicada a los derechos humanos. Desde el inicio, la bien modulada voz en off de Sara Étienne nos informa que la desaparición forzada suele constar de tres etapas, una más cruel que la otra: el secuestro, el asesinato y finalmente, la violencia contra las pruebas, es decir, esa compleja logística pensada y ejecutada desde el Estado con el fin de borrar todo rastro del crimen, esconder el cuerpo de la víctima y silenciar a los testigos.

El crimen de Estado en cuestión son las decenas de miles de ejecutados por el régimen franquista durante la Guerra Civil española y en los siguientes años de constante represión. Correa se acerca a los familiares de los desaparecidos –como esa memoriosa anciana, Mercedes Abril, que le prometió a su madre agonizante que encontraría el cuerpo de su padre, desaparecido en 1936–, a investigadores de esa oscura etapa de la historia española, y a especialistas forenses, pero no solo de restos humanos sino de mausoleos, pues he aquí que el documental está centrado en el tristemente célebre Valle de los Caídos franquista, inaugurado en 1959 y en donde descansan poco más de 33 mil cuerpos de los dos bandos caídos en la guerra, no solo entremezclados sino, una buena parte de ellos, sin identificación.

De hecho, como se puede ver a lo largo del filme, la voluntad de esconder esos cuerpos en esa enorme “fosa común” llegó al descuidado extremo de que algunos de los restos humanos se pueden encontrar no dentro de los nichos –individuales o colectivos– sino incluso fuera de ellos, en el suelo y hasta entre las criptas, de tal forma que, en este momento, esa enorme tumba colectiva tiene en sus mismos cimientos y soportes los huesos y los cráneos de los ejecutados por el franquismo.

Correa nos presenta de manera desapasionada la arqueología de la desaparición forzada franquista, desde el momento mismo que iniciaron los secuestros y ejecuciones hasta la ceremonia pública reciente en la que se entregaron los restos de una decena de personas cuyos cuerpos yacían en ese mausoleo –los únicos que han sido identificados y exhumados– mientras otros familiares, como la indómita Mercedes Abril, sigue esperando cumplir la promesa que le hizo a su madre en su lecho de muerte.

Hace un momento anoté que el estilo de Correa es desapasionado. En efecto: hay algo de frialdad forense en la manera en la que el cineasta nos presenta los hechos, los documentos, los testimonios. Por lo mismo, cuando el filme se aleja de este tono, la emoción es imposible de controlar: esas imágenes con los hijos/nietos/bisnietos recogiendo la cajita con los restos del papá/abuelo/bisabuelo entre la alegría y el dolor (“No pesan nada”), esa joven investigadora que al estar leyendo neutralmente el nombre de tantos y tantos asesinados no puede más y se suelta llorando, esos familiares que se reúnen para cantar en panteón de manera desafiante “Ni silencio ni olvido”, como lo haría el viejo comunista Don Sergio. Y es que así no es posible descansar en paz. ~


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