El tiempo ingobernable

AÑADIR A FAVORITOS

El 28 de marzo de 1941, la escritora Virginia Woolf se llena los bolsillos de piedras y se sumerge en un río cercano a su casa de Sussex, en el sureste de Inglaterra. En su nota suicida le explica a su marido, Leonard, que siente aproximarse un nuevo episodio de locura, y que esta vez ya no confía en la recuperación. Escucha voces de nuevo, dice, y no se puede concentrar. No quiere seguir arruinándole la vida, y por eso se despide. Concluye: no cree que haya habido dos personas más felices que ellos.
     Este episodio marca la victoria final de la pulsión de muerte sobre los otros instintos de Virginia Woolf. “¿Es que no resultaba un consuelo creer que la muerte era el fin absoluto?”, se pregunta la narradora de La Sra. Dalloway. En esa novela la metáfora de la obsesión tanática es una bestia que escarba en las raíces, pero que a lo largo de toda la obra tan sólo muta en figuras zoomorfas. Lo ocurrido en el río de Sussex sugiere que el zarpazo de la bestia era la siguiente metáfora, necesariamente posdatada y en inequívoca primera persona.
     En este tono climático —de realización de un destino que acecha—, la imagen dos veces descendente de una muerte por hundimiento acaba siendo, en contra de las convenciones, un arranque poderoso para la película Las horas de Stephen Daldry, nominada para nueve Óscares de la Academia, y una efectiva adaptación de la novela homónima del escritor Michael Cunningham, a su vez ganadora del Premio Pulitzer en 1999. En sus versiones al papel y al cine, Las horas es un complejo entramado sobre tres mujeres que se derivan y convergen en la persona de Virginia Woolf.
     Clarissa Vaughan, Laura Brown y la propia escritora inglesa son tres mujeres en tres épocas y lugares distintos. Fiel a su referente literario, Las horas narrará un día culminante en la vida de cada una, en mayor o menor medida intervenido por la muerte. Woolf (encarnada en una irreconocible Nicole Kidman, con nariz de águila y mirada de pájaro), se nos muestra a mediados de los años veinte en un suburbio de Londres, peleando por mantener por lo menos un pie en la cordura, y pensando en voz alta un destino para el personaje de La Sra. Dalloway. La segunda mujer es Clarissa Vaughan (Meryl Streep), una editora neoyorquina del año 2001, que se ocupa en preparativos frenéticos para la fiesta que ofrecerá a su amigo Richard (Ed Harris), un escritor laureado pero consumido por el sida. A Clarissa, por cierto, sus amigos la llaman “la señora Dalloway”. Llena de cuestionamientos y manías, tiene la personalidad quebrada de quien lucha por aferrarse al mundo de las flores y los pastelitos, mientras la bestia escarbadora de raíces, encaramada en la conciencia profunda, le recuerda de cuando en cuando la banalidad de sus actos. La tercera mujer es la única que nace sin ascendientes literarios: es el ama de casa Laura Brown (Julianne Moore), lectora ávida de La Sra. Dalloway, que desde Los Ángeles, en los años cincuenta, intenta conciliar el sinsentido de su vida familiar con fantasías de escape que, en su contexto edulcorado y sofocante, sólo tienen cabida tras los párpados cerrados.
     A las tres mujeres las vinculan hebras delgadas y de hilvanado fino.

Mientras que Woolf es la madre literaria de Dalloway, ésta mueve la conciencia de Brown. Clarissa Vaughan, se verá más adelante, no sólo gana su apodo de un personaje célebre de Virginia Woolf, sino que se verá ligada al final de su vida a la miserable Laura Brown. Una pirueta cronológica de Michael Cunningham hace homenaje y eco de las voces simultáneas en la obra de Woolf, a la vez que concede a la dimensión temporal el papel de personaje dominante. Al igual que la pulsión de muerte, la imposición del tiempo subjetivo será la fuerza que en los tres personajes tira hacia el lado contrario de sus identidades sociales, y les crea la angustia inefable que las enlaza a través de las décadas.
      Las mejores escenas de la película dirigida por Daldry —y que, por el trabajo de relojería de las actrices, justifica la existencia de una adaptación de la novela— son las que muestran a Woolf, a Vaughan y a Brown incapaces de descifrar el código de la vida mundana, y experimentando como ingobernable la experiencia del presente. Virginia Woolf se paraliza ante la idea de ordenar a su cocinera un menú para la comida, y Laura Brown ejecuta la decoración de un pastel de cumpleaños con la confianza de quien corre por un campo minado. Clarissa Vaughan/Dalloway, por el contrario, suelta chilliditos de entusiasmo con la insistencia que delata, por oposición, el mismo síntoma que enferma la conciencia de las otras dos: una certeza de que, en el fondo, el monstruo hurga en los cimientos de una fachada superflua.
     Tanto Kidman como Moore y, especialmente, Meryl Streep, disocian su interpretación en dos niveles igualmente poderosos (a los que viene como anillo al dedo la musicalización minimal del compositor Philip Glass). Al monólogo interior sobre la imposibilidad de estar, las actrices superponen la máscara de la sociabilidad, lo que resulta en la contradicción patética —una mueca de esterilidad emocional— que define cada minuto de las vidas de sus personajes.
     O, bien, cada minuto de sus horas. Nombre del primer borrador con que Virginia Woolf trabajó La Sra. Dalloway, el título de la película alude también a la queja de Richard, el amigo moribundo de Clarissa, ante la perspectiva horrible de asistir a una fiesta en su honor, o de no ir a ninguna fiesta, o de hacer lo que se le dé la gana. “Aun así”, dice, “tengo que enfrentar las horas”. Dicho esto, se tira por la ventana y muere ante los ojos de su amiga.
     A las muertes de Virginia y Laura —literales o metafóricas, fallidas o por fin logradas—, también las precede, sin enunciarse, el mismo pesar de Richard: la sucesión de una medida de tiempo impuesta desde fuera a sus mundos, de suyo incompatibles con cualquier tipo de convención. ~