“Fauda” le cuenta la verdad al mundo

La quinta temporada de “Fauda” ha sido un éxito. ¿Podría esta serie sobre una unidad antiterrorista israelí cambiar el modo de entender la dimensión histórica de los ataques del 7 de octubre?
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Este artículo se publicó originalmente en The Free Press. Puedes leerlo en su idioma original aquí. Para más artículos como este, puedes suscribirte a la publicación.

Durante mucho tiempo, Fauda fue solo una serie de Netflix sobre una unidad antiterrorista israelí y, aunque era absorbente e inteligente, no era especialmente importante; era una forma de evasión.

Eso fue durante las temporadas 1 a 4, emitidas entre 2015 y principios de 2023.

Entonces llegó el 7 de octubre de 2023, y Fauda se convirtió en algo mucho más grande.

La quinta temporada, que se estrenó a principios de septiembre, comienza dos años después del ataque de Hamás contra el Estado judío. En los primeros seis episodios casi no se ve violencia, solo está insinuada y fragmentada, pero aun así está en todas partes. La muerte oprime a todos: sus rostros, sus recuerdos, las ausencias que llenan sus vidas. Los muertos pesan más que los vivos.

Doron Kavillio, el comandante de la unidad antiterrorista, se ha retirado a su viñedo, donde vive con su esposa y sus hijos. Es un alma rota que intenta repararse y en su mayor parte fracasa. No está claro de dónde viene ese quebranto: ¿del final de la temporada 4, cuando casi toda su unidad fue aniquilada, o de otra parte? No puede recordar varias horas de aquel día: el ataque, los cuerpos, los niños. Parece flotar a la deriva.

También es alguien con quien resulta fácil identificarse.

“En Israel, el héroe tiene que ser más realista”, me dijo Avi Issacharoff, cocreador de Fauda. “No puede ser un superhéroe. El Capitán América no pasaría. El Capitán Israel es una especie de perdedor, un tipo al que tiran al suelo una y otra vez, pero que se levanta y contraataca. Ese es Doron”.

Omri Givon, director de las temporadas 4 y 5, me dijo que Doron “se parece a cualquier otro hombre de Israel. No tiene mucho glamour: tiene la espalda ancha, es calvo y tiene un poco de barba”.

Cuando Eli, un exagente, parte hacia Marsella en busca del hombre que asesinó a su familia el 7 de octubre, Doron va tras él.

(Advertencia: este artículo contiene spoilers).

En Marsella interrogan a Anne, la francesa que se ha casado con Maher. Ella piensa que es un activista refugiado palestino, pero en realidad es un operador de Hamás.

Luego, en los muy comentados episodios 7 y 8, la serie nos traslada de golpe a la mañana del 7 de octubre: las llamadas frenéticas, las sirenas, los refugios, los misiles volando hacia los kibutz, las voces llorosas, los disparos, los rostros ensangrentados, los montones de cuerpos mutilados y la escena que nunca podrá borrarse, en la que los terroristas disparan a los dos hijos adolescentes de Eli antes de que su comandante, Maher, viole y asesine a la esposa de Eli, Hagit. El horror se vuelve aún más atroz por la sobriedad: no vemos cómo disparan a los niños; lo oímos, y vemos el rostro de Hagit contorsionarse de agonía. No vemos a Maher agredir brutalmente a Hagit, pero seguimos a Eli hasta su dormitorio, donde encuentra su cuerpo.

No hay nada en Fauda que no hayamos leído o visto en alguno de los videos de los propios terroristas. No hay ningún adorno. Si acaso, sabemos que suceden muchas más atrocidades de las que veremos.

Lo cual puede explicar, en parte, el éxito de la quinta temporada.

En la semana del 7 al 13 de septiembre, Fauda atrajo a 2.1 millones de espectadores en todo el mundo. Fue la serie número uno no solo en Israel, sino también en Líbano, y estuvo entre las diez primeras en 41 países, incluidos varios del mundo árabe.

La serie también entró en la lista de los diez “originales de streaming” más vistos en Estados Unidos, según Variety.

Como escribió Lee Smith, de Tablet, el éxito de Fauda “despierta la esperanza de que Israel haya encontrado por fin una manera de abrirse paso en el hostil entorno comunicativo que durante décadas ha inclinado a la opinión mundial en contra de un país aproximadamente del tamaño de Nueva Jersey”.

La plataforma digital Middle East 24 publicó en X: “Espectadores de Netflix de todo el mundo dijeron que la representación del 7 de octubre en Fauda cambió su comprensión de la masacre liderada por Hamás en las comunidades fronterizas del sur de Israel”.

Quizá resulte poco creíble que una serie de ficción parezca haber tenido más impacto en la opinión pública que todos los testimonios, los reportajes, las imágenes de cámaras corporales y los videos de iPhone que han salido a la luz desde el ataque de Hamás. Pero, por supuesto, habitamos un momento irreal en el que los hechos son opiniones y la verdad pierde frente a “narrativas” rivales, y la que creemos es la que queremos creer, la que concuerda con nuestra visión del mundo, nuestras aspiraciones personales, nuestras necesidades, nuestras comodidades y mitologías.

Issacharoff, periodista que ha trabajado para Haaretz y Radio Israel, atribuyó el éxito de la serie a su impacto emocional. “Fauda logró tocar el corazón de algunas personas”, me dijo. “Esto, como periodista, sabes que es casi una misión imposible. Diría que menos de diez de las historias que he reportado han llegado realmente al corazón de otras personas”.

Está especialmente orgulloso de los episodios 7 y 8, y de una escena del episodio 2. “Es el comienzo del episodio, entre Doron y Eli, y Doron intenta convencer a Eli de que recoja sus cosas, deje Francia y vuelva a Israel, pero Eli dice: ‘No tengo vida. Solo hay oscuridad a mi alrededor’”, contó Issacharoff. “Es algo que, cuando lo describo, me da escalofríos”. El equipo de Fauda, dijo, entrevistó a muchos israelíes que perdieron a un hermano, un hijo, una esposa, un esposo, una abuela o un bebé el 7 de octubre, y siempre encontraron un duelo insondable: “un dolor terrible que les impide seguir respirando”.

En las redes sociales hubo muchos detractores de Fauda que la calificaron de propaganda judía o hasbará, que en hebreo significa “explicar”. The Economist, en una publicación en X, se sintió obligado a señalar que “Fauda no retrata la terrible guerra en Gaza. Pero si usted quiere entender cómo muchos israelíes han endurecido su corazón ante el tormento de Gaza, la serie puede ayudar”.

No obstante, los seguidores superaron a los detractores y, como señaló Issacharoff, a diferencia de la mayoría de las series, que van perdiendo espectadores de una temporada a otra, Fauda los está ganando.

“Fauda”, dijo, “es un tipo de animal distinto. Se comporta de una manera totalmente diferente a otras series de televisión”.

Eso puede deberse a que Fauda es una serie inconfundiblemente israelí: pone del revés la experiencia judía y la relación de los judíos con el mundo no judío. A sus personajes les falta introspección o poesía. Han sufrido traumas, pero les incomoda la idea del trauma. No les preocupan, como dijo Givon, “la alta política, los altos conflictos”. Se centran sin descanso en lo concreto, lo empírico: vías de entrada, vías de salida, salvar una vida, acabar con otra.

En Fauda no se nos pide detenernos en el pasado. No se nos pide detenernos en lo que no puede deshacerse. Lo único que importa es actuar: Doron, Eli y su camarada Steve, y todos los mandos del Shin Bet, rechazando la muerte judía, refutándola, superándola. En la diáspora, cuando los judíos se enfrentan a la muerte, suele haber algo triste y desesperanzado en ello; basta pensar en los prisioneros que se rebelan contra sus opresores de las SS en El hijo de Saúl, la película húngara de 2015 que transcurre en el campo de exterminio de Birkenau. Al final, por supuesto, todos son abatidos. En Fauda, en cambio, Eli puede perder la vida (Anne le dispara), pero los judíos siguen adelante. Los judíos no pueden ser doblegados por los no judíos.

Es decir, que el significado de Fauda, tal como lo revela la temporada 5, es nacimiento, renacimiento, seguir adelante: un judaísmo sin disculpas. No la emancipación tal como la entendieron los europeos. No la tolerancia. No la lástima ni la misericordia. Los judíos de Fauda no son Ana Frank. No ofrecen a los no judíos un pretexto para llorar la muerte judía y así absolverse del odio a los judíos. De hecho, no tienen ninguna intención de morir y, si mueren, es solo después de haber matado a un montón de terroristas. Están anclados a la tierra.

Aun así, es difícil imaginar que Fauda obligue a una reconsideración seria de la autodeterminación judía.

“Ves a los jóvenes con kefias y pósteres de “Palestina libre” o lo que sea, y, perdón por mi francés, no tienen ni la menor idea de lo que está pasando”, dijo Issacharoff. Se muestra escéptico de que la serie termine cambiando muchas opiniones sobre Israel.

Pero cabe imaginar un mundo en el que quienes no están extremadamente conectados a internet, quienes no tienen compromisos ideológicos con el antisionismo, salgan de la temporada 5 conmovidos, con curiosidad por Israel.

Por un lado, Fauda hace estallar el marco teórico que sustenta el movimiento antisionista: el de judíos “blancos” foráneos que subyugan a palestinos “morenos” nativos de Judea y Samaria, o del Israel actual. La mayoría de los operadores del Shin Bet en la serie (como en la vida real) son judíos cuyas familias provienen de países árabes, por lo que hablan árabe con fluidez, lo cual los hace especialmente valiosos para la inteligencia israelí. “No son personajes llenos de odio”, señala Givon. Sus vidas están íntimamente ligadas a las del mundo musulmán en general. Issacharoff, que habla árabe con fluidez, subrayó que la gran división en Fauda “no es entre árabes y judíos, ni entre árabes e israelíes, sino entre terroristas y antiterroristas”. No es casualidad, dijo, que la temporada 5 comience en un cementerio musulmán, con el beduino Salem llorando sobre la tumba de su hijo Yusuf, asesinado cuando intentaba proteger a Hagit y a sus hijos. Es Salem quien le da a Eli la idea de viajar a Francia en busca de venganza.

Luego está Anne, quien, casi sin darse cuenta, viaja a través del Mediterráneo hasta Turquía y luego Siria, donde termina en un campo de entrenamiento de Hamás. Cree que lucha por Gaza. Cree que ayuda a derrocar a los colonos, a los “sio-nazis” que oprimen a las masas palestinas. Cree que su esposo, a quien Doron elimina al final del episodio 2, era un buen hombre, un gran hombre, un mártir, hasta que al final de la temporada la enfrentan con los hechos y todo se derrumba, incluida su identidad.

Givon insistió en que Anne no pretendía ser un símbolo ni una “representante” de los muchos jóvenes de todo Occidente, en los campamentos, en las protestas, recitando todos los tópicos, coreando todas las consignas, asintiendo, aplaudiendo o abucheando cuando les tocaba. Los que han sido cooptados por la alianza roja y verde. Según él, ella era más tridimensional que eso: una mujer con entidad propia. Pero era difícil no ver en Anne las mismas confusiones y contradicciones que recorrían el movimiento Palestina Libre.

“Es una mujer que se casa con alguien que cree que es un buen tipo”, dijo Givon. “Luego descubre que era un guerrero de Hamás y, al final, descubre que era un violador y un asesino, y está cerrando el círculo: está aprendiendo algo sobre su vida, que ha estado viviendo una mentira”. ~


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