Hilvanes Welles-Richter

Dos exposiciones, una dedicada a Orson Welles y la otra, a Gerhard Richter, las dos en París, permiten a la autora no solo contarlas sino atisbar los hilos que quizá las unen.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Orson Welles en una exposición de la Cinemateca Francesa. No hay sección dedicada a España, porque las estancias en España se recogen en las partes dedicadas a Shakespeare, pero sí hay una sección dedicada a la época en que anunciaba brandy, o bourbon o los vinos de Paul Masson. Son vinos que ya no se producen, pero se pueden comprar en subastas; beberlos no se sabe. Pero nosotros los beberíamos. No había visto nunca sus dibujos, los de Welles. No puede sorprender que fueran tan buenos, tan encantadores. En los que hacía para felicitar la Navidad a su hija Beatrice, Papá Noel ha adquirido los rasgos de Falstaff. Recreaciones de un mismo fenotipo: Falstaff, Arkadin, el rey Lear, ¡Papá Noel! A pesar de la barba, Don Quijote es flaco y pertenece a otro conjunto. En una de las frases destacadas que adornan las paredes, se cita a Welles, que le dice a su hija “Últimamente no he hecho nada de lo que te pudieras enorgullecer”, y se refiere a esa época de los anuncios de bebidas. Siguiendo el recorrido de la exposición se llega a una estancia que simula ser el interior de la bola de nieve de Ciudadano Kane. Hay una vitrina con la miniatura de la casa y sobre las paredes oscuras se proyecta una tormenta de nieve permanente, dentro de la cual el visitante de la exposición puede pasar unos instantes. Más adelante hay fotos y documentos del rodaje de Al otro lado del viento, la película que dejó inacabada (se rodó a principios de la década de 1970) y que por fin se estrenó en Venecia en 2018. El protagonista es un septuagenario John Huston, con las mismas bolsas en los ojos que Don Quijote. Ellos forman el otro conjunto de carismáticos barbudos. 

Hay en la exposición una foto tomada también en Venecia, setenta años antes, en 1948, muy bonita, en la que sale Jean Cocteau con Welles. Welles había ido con su versión de Macbeth, pero al ver el Hamlet de Laurence Olivier, que también competía, retiró su película. En la foto, tomada en la plaza de San Marcos, Cocteau está firmando un retrato suyo. La mano sería ideal como modelo para una escultura, llena de venas, o un dibujo de Durero. Lleva la chaqueta colgada solo del hombro izquierdo. Welles, con traje blanco, atiende a la firma con gesto afable y expectante. Cada uno tiene un pitillo entre los dedos, aún sin encender. De fondo se ven borrosas las caras de sus contemporáneos. Leo en el catálogo que Cocteau escribió el prólogo del libro que André Bazin le dedicó a Welles. A propósito de eso, Frédéric Bonnaud, actual director de la Cinemateca, escribe lo siguiente: “Las potencias de lo falso tan queridas por Cocteau, aliadas por una vez a la ontología baziniana del registro de lo real: la clase de milagro que solo Welles sabía provocar”. ¡Pero el libro es de 1950! Será precioso y agudo, pero asombra ahora pensar en todo lo que habría de venir después y en cómo se vería esa figura que más tarde se ha definido por tantas películas nunca rodadas, por los planes trastocados. 

Gerhard Richter en una exposición en la Fundación Louis Vuitton. El edificio es también de Frank Gehry. Tiende a dejar rincones no resueltos, pequeños espacios desconcertantes sin otro uso que acabar de cuadrar la estructura general. Lo asocio con la técnica para envolver paquetes, pues hay quien envuelve limpiamente y hay quien remata con una chapuza, con demasiada cantidad de papel, con unas dobleces forzadas. Volviendo a Richter, la exposición es muy larga y muy detallada. En una de las salas reconozco a un hombre que estaba cenando en nuestro mismo restaurante la noche anterior. Recuerdo ahora también a un hombrecillo que recorría la exposición con una cámara réflex y se detenía con mucha resolución delante de algunos de los cuadros para fotografiar un detalle o para desechar la idea una vez examinado. Algo perseguía. La cámara parecía demasiado voluminosa y pesada para él, que era menudo, pero creo ahora que no era tanta la desmesura, y que lo chocante de verdad tenía más que ver con un anacronismo del aparato. Mientras tanto, la mujer que iba con el hombre del restaurante de la noche anterior también sacaba fotos, ella con un teléfono móvil antiguo, de los que se abrían con una bisagra, que supongo permitía solamente fotos de poca definición, muy pixeladas, y conformaba así un contraste con el viejecito de la cámara.

Pero todo tenía mucho que ver con la exposición que estábamos visitando, con el trabajo de Richter, que tan a menudo parte de la fotografía y de su reproducción. Y en realidad también con cómo recordar lo que vivimos. La exposición está organizada en orden cronológico, y es muy extensa. La acumulación de cuadros te acababa dejando en un estado un poco alterado, entre la intriga y la devoción, para eso los han colgado e iluminado, y también parecían participar del efecto cuadros que no estaban expuestos pero que había hecho Richter en su incansable trabajo, y en un pequeño rellano de la última planta se apretujaba la gente delante de un televisor donde se emitía en bucle un documental que mostraba al pintor trabajando y en el que quizá se podría atisbar qué es el genio. 


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: