Le Carré, el topo

En las novelas de John le Carré, el espionaje implica tareas rutinarias y aburridas, que son ejecutadas por personajes con una tumultuosa vida interna. Sus mejores adaptaciones audiovisuales lograron traducir a imágenes esos caleidoscopios emocionales.
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Conforme avanzan los créditos iniciales de El espía que sabía demasiado (2011), temprana obra maestra de Tomas Alfredson basada en la novela Tinker tailor soldier spy (1974) de John le Carré (publicada en español como El topo), vemos el rostro de un viejo y cansado burócrata apodado “Control” (John Hurt) al momento de firmar su renuncia ante media docena de sus subalternos más cercanos, entre los que se encuentra un tipo impasible y grisáceo llamado George Smiley (Gary Oldman, en el papel de su carrera), quien en ese momento se entera de que él también dejará de trabajar en el “Circo”, como le llaman cariñosamente (¿y acertadamente?) al servicio de inteligencia británico. La cámara de Hoyte van Hoytema sigue a los dos hombres en su camino de salida del edificio, desde la sala de juntas de “Control” hasta la calle, en donde los dos espías, el jefe caído en desgracia y su fiel mano derecha, se despiden sin mayor ceremonia. A continuación, en corte directo, vemos las rutinas laborales que siguen, inalterables, en el “Circo”: empleados y secretarias que teclean y llaman por teléfono, caminan de un lado para el otro; una mujer toma unos papeles y los coloca en un elevador, otra mujer en otro piso los toma y los pone bajo llave. No hay nada extraordinario ni emocionante en lo que vemos: no parece la sede del MI6, el sofisticado lugar de trabajo de “Bond, James Bond”, sino una oficina gubernamental cualquiera. Digamos, la encargada del catastro.

Estos primeros minutos de El espía que sabía demasiado capturan de manera precisa la propuesta argumental –y, en el fondo, ética– contenida en la veintena de novelas de espionaje del recién fallecido John le Carré, seudónimo que adoptó el inglés David John Moore Cornwell (1931-2020). Las labores de seguridad del Estado británico no tienen nada de glamoroso ni emocionante: en muchas ocasiones se trata de saber quién habla con quién, de qué trató esa conversación, qué papeles intercambiaron, quién está al tanto de todo y qué ventajas puede obtener el Estado de todo ello. Por supuesto, esto no quiere decir que sea una tarea trivial: cuando alguien levanta un teléfono para dar una orden, cuando el jefe firma cierto papel muy importante, cuando algún burócrata encumbrado toma una decisión, se pierden vidas humanas, se desestabilizan países enteros, se inician guerras o se decide continuarlas. Por ningún lado hay impecables trajes hechos a la medida, alojamientos en hoteles de cinco estrellas, personas atractivas haciendo el amor a contraluz ni martinis shaken, not stirred. El mundo del espionaje, según las novelas de le Carré –quien, de hecho, formó parte del servicio secreto británico y estuvo destacado en Alemania de 1960 a 1964–, no tiene nada de excitante.

Las más logradas adaptaciones de los libros de Le Carré al cine –en orden cronológico: Alto espionaje (Ritt, 1965), basada en El espía que surgió del frío (1963), Llamada para el muerto (Lumet, 1967), a partir del libro homónimo de 1961, El jardinero fiel (Meirelles, 2005), adaptada de la novela también homónima de 2001, y la ya mencionada El espía que sabía demasiado– o a la televisión –también en orden cronológico: Tinker tailor soldier spy (1979), Smiley’s people (1982), basada en La gente de Smiley (1979), y la reciente The little drummer girl (2018), adaptación de La chica del tambor (1983)– son las que capturan mejor el ethos del autor. Las tareas de espionaje son cosa seria, sin duda, pero también rutinaria y, desde la mirada ajena, incluso hasta aburrida. No sucede así para el espía: la vida interna del flemático “cara de batracio” George Smiley (encarnado en sus mejores versiones por Alec Guinnes en la televisión y por James Mason y Gary Oldman en el cine) puede ser complicada y hasta tumultuosa, pero eso lo saben solamente él y, en algún momento clave, para su desgracia profesional, su archienemigo ruso Karla. El talento de Le Carré como narrador –y de los responsables de sus mejores adaptaciones fílmicas y televisivas– radica en traducir en palabras y representar en imágenes estas emociones reprimidas, escondidas, embozadas.

En su tercera novela, El espía que surgió del frío, que Le Carré escribió cuando aún se llamaba David Cornwell y trabajaba para el MI6 en Alemania, su protagonista Alec Leamas (encarnado de forma memorable por Richard Burton en Alto espionaje) tiene que aprender a ser otro e inventarse una nueva personalidad para convencer al enemigo (los alemanes comunistas) que ha desertado de Occidente, decepcionado de su sociedad, de su gente, de sus instituciones. La clave está en que Leamas, aunque nunca deja de ser fiel a la Reina, al MI6 y a sus jefes –uno de ellos, George Smiley, interpretado aquí por Rupert Davies– sí está decepcionado de su país, le molesta lo que tiene que hacer y no está seguro de que sea lo correcto. Más aún: el Alec Leamas literario –y ni se diga el de un extraordinario Richard Burton– se desprecia a sí mismo porque intuye que sus decisiones dañarán a inocentes, por más que trate de evitarlo.

Los espías de Le Carré son, pues, peones con conciencia –los peores peones posibles– y completamente desprovistos de glamour, de tal manera que ni ellos mismos creen en la pureza de su heroísmo. Tampoco es que piensen que las otras alternativas –el totalitarismo comunista en plena Guerra Fría en las novelas de George Smiley, o las organizaciones terroristas en La chica del tambor, por ejemplo– sean una opción válida. Las criaturas de Le Carré defiende su estilo de vida no porque les entusiasme, sino porque no han encontrado algo mejor en qué creer. Es un heroísmo opaco, triste, inseguro de sí mismo.

Lo que transmite Le Carré en sus mejores novelas, filmes y series televisivas es un escepticismo crítico y desazonante, el mismo que arrastró el propio David Cornwell hasta el final de sus días, pues se negó una y otra vez a ser condecorado por la Reina, no creía en los premios –por más que universidades y otras instituciones insistieran en otorgárselos– y le tenía prohibido a sus representantes que enviaran sus novelas a concurso. Como varios de sus personajes emblemáticos, John le Carré fue un auténtico topo, un desencantado agente doble que vivió en una sociedad, la británica, a la que vio siempre con distancia crítica y a la que debió amar profundamente, porque en retratar a sus instituciones –sus universidades y oficinas de gobierno, su aristocracia, su sistema de clases, sus valores políticos– se le fue la vida.