Los amigos involuntarios

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Escribo esta reseña de La red social en tanto que enemigo de las redes sociales. Cuando empezó el invento me sentí intrigado al recibir la solicitud de tantos desconocidos que querían ser amigos míos en Facebook, pasando después a sentirme halagado al ver que las solicitudes iban aumentando sin que yo hubiera respondido a ninguna. Al fin y al cabo, como Tennessee Williams le hizo decir a su personaje Blanche Dubois en una de las frases más memorables de la literatura del siglo XX, nuestra vida depende en gran medida de “la amabilidad de los extraños”. Me gustó menos la cosa cuando recibí invitaciones de amigos a los que yo ya tenía por medios más íntimos y directos localizados, fotografiados, perfilados e informados –siempre que yo lo deseara– de mis andanzas o desvelos. He ido sistemáticamente borrando todos esos mensajes bienintencionados, y hoy mi vida trascurre no más infeliz que antes sin ser miembro de ninguna red social, mientras que a mi alrededor empiezo a oír las quejas de los atrapados en un torbellino de intromisión y abuso que dicen no haber previsto; algo muy parecido a los lamentos que los fumadores históricos profirieron al advertir el peligro fatal de su despreocupada adicción.

La decepcionante película de David Fincher sobre el nacimiento de Facebook tiene algo muy de agradecer: resalta el empalagoso espíritu adolescente de unos sucesos verídicos. De hecho La red social puede leerse en primera instancia como un campus romp, es decir, una de esas comedias tontas y trepidantes sobre una camada de universitarios yanquis que lo que más concienzudamente estudian es cómo ligar con las tías buenas. Es uno de los (sub)géneros más cargantes del último Hollywood, y el guionista y su director, tratando sin duda de ennoblecerlo, lo han mezclado con otros dos de mayor alcurnia, la saga de fundación de grandes empresas y el drama judicial. El combinado resultante lo empeora todo. Se piensa en Gigante, el clásico de George Stevens, o en Pozos de ambición, la extraordinaria película de Paul Thomas Anderson; y, más allá de la diferencia entre la épica del oro negro y la anecdótica de la página web, se advierte la decadencia del procedimiento narrativo –también evidente en las tediosísimas escenas de la vista del caso denunciado, que, celebrándose a puerta cerrada en un despacho, carece además de público encrespado, de abogados histriónicos haciendo teatro ante el jurado y de parsimoniosos jueces con toga. También se intenta, aunque de un modo discontinuo, recordar que todo es histórico, los hechos y los nombres, apareciendo las horas y los días precisos al borde del fotograma, como en el cine de desembarcos de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco esa argucia redime la banalidad dominante en este producto.

Lo curioso es que La red social viene avalada por dos nombres de prestigio, el de Aaron Sorkin, que ha escrito el guión a partir de un libro de éxito, Multimillonarios por accidente, de Ben Mezrich, y el de David Fincher, que dirigió un thriller psicopático excelente, Se7en (1995), y hace poco dio lustre formal a la enrevesada y excesivamente alargada peripecia de un personaje inventado por Scott Fitzgerald (El curioso caso de Benjamin Button, 2008). Está claro que ambos han trabajado por encargo, y eso, que en la historia del cine americano no impidió la creación de títulos magistrales, ahora equivale habitualmente a obras trilladas de mayor o menor empaque superficial. Fincher narra con soltura, no faltaría más, pero tener que filmar una escena tan ñoña como la de la regata real de Henley es duro para quien fue visto, al debutar en los años 1990, como una de las grandes esperanzas de la renovación de Hollywood. Algunos exaltados aún le siguen dando un crédito a mi modo de ver injustificado.

Lo que me sorprende menos es lo de Sorkin, que se beneficia de ese exagerado renombre que tienen las series de la televisión norteamericana por cable; siempre sospecho que tal entusiasmo lo expresan por lo general quienes no van al cine y consumen la ficción fílmica a través de dichos programas, rutinariamente rodados y con una carga de atrevimiento sexual y causticidad política que destaca –me parece– más de la cuenta cuando se experimenta en la sala de estar del domicilio propio. La fama de Sorkin se asienta sobre todo en sus guiones de El ala oeste de la Casa Blanca, de ninguna manera superiores al de numerosas películas sobre el trasfondo de las altas esferas del poder; pienso, por poner solo un ejemplo, en La cortina de humo, un espléndido guión de David Mamet que dirigió Barry Levinson. Tanto las humoradas del libreto de La red social como el diseño de los personajes quedan raquíticos. O quizá, pensándolo mejor, quedan al mismo nivel de puerilidad y falta de sustancia que marca la escritura, los foros de opinión y las amistades cibernéticas. ~