Marca personal a Succession: Entre Nerón y The Beatles

En Succession, el combate se torna más cruento conforme avanza la dinámica sucesoria. Continúa la Marca Personal a su tercera temporada con el análisis de los capítulos tres y cuatro.
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It was 20 years ago today
Sergeant Pepper taught the band to play
They’ve been going in and out of style
But they’re guaranteed to raise a smile

Succession es una colección interminable de insultos, los cuales pueden ir desde la alusión cultural inocua a la referencia sexual hiriente. La violencia verbal es estética y discurso: la lógica del juego no solo está en dominar al otro, sino en humillarlo por cualquier medio posible.

Violar, castrar, someter. El combate se torna más cruento conforme avanza la dinámica sucesoria. “Nada es una línea. Todo, donde sea, está en constante movimiento, por siempre”, le dice Logan en tono casi shakespeareano a Shiv, minutos antes de experimentar lo que parecía ser un ataque cardiaco inminente. El patriarca tiene razón. El futuro no está asegurado para nadie, mucho menos para él mismo. La incertidumbre comienza a hacer mella. Los contrincantes pelean sin guantes en una batalla que bien podría dejar al clan entero en la lona.

A continuación, la Marca Personal a “The disruption” y “Lion in the meadow”, episodios tres y cuatro de la tercera temporada. (Aquí puede leerse la entrega anterior.)

Rape me, my friend

“The Disruption” abre con un aviso de invasión: Ken le anuncia a una periodista que desea plantar una bandera en Waystar Royco, es decir, presentarse en las instalaciones de la compañía y reclutar ejecutivos para su causa. La llegada al edificio es desternillante. El personal de confianza luce descontrolado, pero ninguno considera realmente pasarse al lado de Kendall, por lo menos no por ahora.

La euforia de encontrarse en “el centro de la conversación” provoca estragos en Kendall, quien comete dos errores de juicio durante el capítulo. El primero es sabotear con rudeza extrema la primera reunión abierta de Shiv como presidenta de Waystar Royco. Los hermanos eran libres de golpearse sin piedad en privado, pero la humillación pública no formaba parte de la agenda. Kendall escala innecesariamente el conflicto con Shiv, aunque, eso sí, de manera genial. El segmento en el que “Rape me” explota en los speakers para imponerse al discurso corporativo de Shiv (“We get it”) es una de las notas más emocionantes de la serie. La canción de Nirvana es usada como un comentario sobre los abusos sexuales cometidos en los cruceros de Waystar Royco, pero también es una demostración de fuerza, un gran jódete de Kendall. El rencor con el que Shiv escupe en la libreta de su hermano revela que las cosas han pasado a otro nivel. La venganza de Shiv (Sarah Snook) es implacable: un desplegado a página completa donde califica a Kendall como un drogadicto peligroso y demente. El texto es tan brutal que incluso Connor y Roman se niegan a firmarlo.

El segundo error de Kendall es producto de la abrumadora necesidad que siente de ser aceptado. Desde los primeros momentos de la serie sabemos que el motor de Kendall no es la ambición de acaparar más, sino la de ser reconocido –por su padre, por su familia, por la sociedad, por él mismo– como un individuo talentoso y en sintonía con la época. Su tragedia radica en que desea ser rey y héroe a la vez, una proeza casi imposible de concretar, sobre todo para un heredero que en otros tiempos no tuvo reparos en pagarle a un indigente para que se tatuara en la frente las iniciales de la familia (un incidente que haría palidecer de envidia a Patrick Bateman, el sicópata yuppie de American psycho, la novela de Bret Easton Ellis). La iniciativa de aparecer en el talk show The Disruption como un icono cultural le explota en la cara al publicarse la carta de Shiv. El plano secuencia en el que avanza por los pasillos para esconderse de los productores es demoledor. Todo un tour de force para Jeremy Strong, cuya habilidad para habitar las contradicciones del personaje raya ya en lo prodigioso.

A diferencia de Kendall, Shiv parece haber comprendido que un requisito esencial para ocupar el trono es despojarse del deseo de agradarle a los demás. “Creo que ya deberías saberlo, pero la cosa con nosotros es que no nos avergonzamos”, le aclara al conductor de noticias que se niega a aceptar línea y amenaza con exhibirla públicamente. El periodista cede y transmite un reportaje que provoca la ira de la Casa Blanca, lo que quizá pueda ampliar el margen de maniobra de la empresa para lidiar con las investigaciones en su contra.

Modelo antiguo

Obsesionado con ser percibido como un erudito pop, Kendall califica a Waystar Royco como el “Sgt. Pepper de la América corporativa rota”. La referencia resurge cuando Kendall expone sin éxito que la compañía tiene un futuro promisorio a pesar de las rencillas familiares. Los Beatles publicaron su mejor material después de que se enfrentaron en tribunales, sostiene el autodenominado “Little Lord Fuckleroy”. Visto a botepronto, si los hijos de Logan fueran los Beatles, Kendall sería John, el miembro disruptivo que se sueña revolucionario; Shiv sería Paul, el compositor engañosamente institucional capaz de dar golpes bajos cuando nadie lo ve; Connor, el hippie eterno, sería George, y Roman, por supuesto, Ringo, mascota y bufón.   

Pero Kendall se equivoca respecto a The Beatles: la banda se había disuelto meses antes de que McCartney demandara a sus compañeros en diciembre de 1970. Las razones de la demanda, por cierto, resuenan con lo que sucede en “Lion in the meadow”. McCartney afirma que demandó a The Beatles para mantener los derechos de la música fuera del alcance del ejecutivo discográfico Allen Klein, quien era el gerente comercial de la banda. “Si no hubiera hecho eso, todo habría pertenecido a Allen Klein”, sostiene Paul. Uno de los argumentos de Kendall para explicar sus acciones es que la única manera de garantizar la sobrevivencia de Waystar Royco es a través de la remoción de Logan, de manera similar a lo que hizo Paul para evitar que el catálogo de la banda terminara en manos de Klein. Desde esta óptica, Kendall sería McCartney y Shiv, Lennon. La confusión de roles recuerda al diálogo de “Seccession”, primer capítulo de la temporada, donde Ken le dice a Shiv que ella es él, y él es ella. Especulaciones aparte, el conflicto de Waystar Royco es parecido al de los Beatles: para evitar que el control de la compañía caiga en manos externas, quizá los Roy tengan que destruirse entre ellos.

En “Lion in the meadow”, Logan y Kendall pactan una breve tregua con el fin de convencer a Josh Aaronson (Adrien Brody), propietario del cuatro por ciento de Waystar Royco, de apoyar a los Roy en la próxima junta del directorio. Astuto y moderno, Aaronson los somete a una serie de microagresiones (la caminata forzada por la playa, la mentira de la hija enferma) que terminan por doblar a Logan, quien se ve obligado a elogiar a su hijo para obtener la confianza del accionista:

La empresa va a estar bien porque es un buen chico. Hizo lo que creyó que era mejor. Creo que fue muy lejos. Es un buen chico, y lo amo. Habrá un gran número, él maullará y llorará, pero todo estará bien. Quizá será él algún día. Está en su sangre. Lo aprendió todo de mí. Tal vez él sea el mejor de todos.

Todos hablan todo el tiempo en Succession, por lo que el silencio de un minuto que genera el encomio de Logan sorprende y desorienta. Sabemos que las palabras no son producto de un arranque de honestidad (“uno dice lo que sea para coger”, confiesa Logan después), pero eso no significa forzosamente que sean una mentira. Las cosas pintan mal para el patriarca. Obnubilado por el narcisismo, la fortaleza física y mental de Logan muestra señales de erosión. Pese a las advertencias de Gerri (J. Smith-Cameron), la CEO “en funciones”, Logan peca de exceso de confianza y acelera involuntariamente el cateo del FBI. El intercambio con el inversionista también deriva en fracaso. Ahora todo indica que Aaronson apoyará una toma hostil por parte de Sandy y Stewy, los enemigos mortales de los Roy. Como la banda del Sargento Pimienta, el imperio mediático de Logan es un modelo antiguo en peligro de desaparecer.

El castrado

Los reacomodos en la cima abren espacios para las tropas. Eternamente pendejeada por Logan (quizá porque intuye que representa un peligro potencial en una posición de poder), Gerri se ha consolidado como una de las voces más lúcidas de Waystar Royco. Carente de contacto físico, pero abundante en lascivia y tensión maestra-esclavo, la relación (¿amorosa?) que sostiene con Roman (Kieran Culkin) es lo más cachondo en una serie abundante en vituperios sexuales, pero carente de sexo. Los personajes de Succession rara vez cogen, quizá porque casi siempre buscan violar al otro. Como sea, la química entre Smith-Cameron y Culkin es innegable. Probablemente la pareja más encantadora de la televisión actual.

Por otro lado, Tom Wambsgans (Matthew Macfadyen), el esposo arribista de Shiv, es una bomba de tiempo. Claramente perturbado por el desprecio de su esposa, así como por los insultos y ninguneos de la familia, se ha ofrecido como chivo expiatorio en caso de que las investigaciones oficiales deriven en acción penal. Hay algo sicótico en su depresión. La fijación erótica que tiene por Greg (Nicholas Braun) es cada vez más inquietante. Frustrado por la carencia de expectativas (“Terminal Tom”), Wambsgans está al borde de una crisis nerviosa, como lo evidencia la historia que comparte con Greg:

Greg, ¿qué sabes sobre Nerón y Esporo? Esporo era un joven esclavo, el favorito de Nerón. ¿Sabes lo que Nerón le hizo? Bueno, Nerón empujó a su esposa por las escaleras. Y luego hizo que castraran a Esporo. Se casó con él, le dio un anillo y lo hizo vestirse como su difunta esposa. Compré un libro sobre los romanos para leer en prisión. Es un libro grande, un libro decente. Te castraría y me casaría contigo en un instante.

Quizá Tom vaya a prisión, quizá traicione a su esposa y colabore con Kendall (lo que le daría aún más sentido al relato de Nerón), o incluso quizá explote de manera violenta e inesperada. Lo único cierto es que Tom es el personaje más dañado de la serie. Todo un logro.

Wokeahontas!