Marca personal a Succession: ¡Muerte a Moby Dick!

Frente a una oferta televisiva definida por el sermón y la prudencia, Succession es un oasis de acidez y crueldad imposible de ignorar. Iniciamos una Marca Personal a su tercera temporada, con un análisis de los primeros dos episodios: “Seccession” y “Mass in time of war”.
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No se puede acusar a Succession de falta de confianza. Tras casi 20 horas de narrar cómo el imperio mediático de corte familiar Waystar Royco intenta perdurar en la era del streaming y la fragmentación de las audiencias, la serie ha entrado a una etapa donde está perfectamente consciente de su estatus como referente obligado de la televisión de esta década.

Succession no solo se sabe importante: se regodea en ello.

“¿Cuál es mi temperatura cultural?”, pregunta Kendall (Jeremy Strong) al inicio de la tercera temporada, curioso por saber si el golpe contra su padre le ha redituado credibilidad y admiración en la arena pública. La respuesta es contundente: alta, muy alta, tan alta que por algunos segundos resulta creíble que un personaje como el Papa Francisco lo siga en Twitter. Es inevitable imaginar a los productores y elenco del programa preguntándose lo mismo. Pese a que el show aún está lejos de contar con las cifras de audiencia de un jonrón como El juego del calamar, Game of thrones o Breaking bad, lo cierto es que buena parte del planeta está obsesionada con Logan Roy (Brian Cox), el octogenario fundador y presidente del imperio que se niega a ceder el poder, y los cuatro hijos que aspiran a sucederlo: Connor (Alan Ruck), Kendall, Roman (Kieran Culkin) y Shiv (Sarah Snook).

En un sondeo realizado hace unos días por la BBC entre 206 críticos de más de 43 países para determinar cuáles eran las series más destacadas de este siglo –y en el que Letras Libres fue invitada a participar–, Succession ocupó el décimo lugar, una hazaña notable si se considera que el programa ni siquiera va a la mitad de la historia que pretende contar. Frente a una oferta televisiva definida por el sermón y la prudencia, la serie es un oasis de acidez y crueldad, una entusiasta lluvia de dardos envenenados que resulta imposible ignorar.

Ante esto, iniciamos con esta entrega una Marca Personal a la tercera temporada. A continuación, un análisis de lo sucedido en los primeros dos episodios: “Seccession” y “Mass in time of war”.

1.

En Estados Unidos, el término Condición de Defensa (DEFCON, por sus siglas en inglés) es utilizado para medir el estado de alerta del ejército y las fuerzas de seguridad frente a una contingencia específica. Los niveles se ajustan en función de la gravedad de la situación, y abarcan de DEFCON 5 (utilizado para tiempos de paz) a DEFCON 1 (ataque nuclear inminente). Estados Unidos jamás ha estado en DEFCON 1; Waystar Royco, tampoco, aunque sin duda se encuentra en DEFCON 2 al inicio de “Seccession”, primer capítulo de la tercera temporada.

El lugar común es describir a Succession como un retrato del capitalismo voraz. Lo es, pero la ambición de la serie rebasa la mera crítica social.

La negativa de Kendall a asumir el castigo bíblico de autoincriminarse para salvar a la familia enciende todas las alarmas al interior de la compañía. De inmediato se forman dos bandos: Team Logan –conformado por Shiv, Connor, Roman, Tom, Gerri y los ejecutivos senior de la empresa–, y Team Kendall –integrado por Greg, Rava y Lisa Arthur, la nueva abogada.

Las horas que siguen a la conferencia de prensa en la que Kendall señala a su padre como el culpable de los abusos cometidos en la división de cruceros de Waystar Royco son pródigas en adrenalina, saliva y movimiento, mucho movimiento. Buena parte del primer capítulo se desarrolla en el interior de coches y aviones privados. Kendall y su séquito analizan la situación desde una camioneta que vaga por Nueva York sin rumbo determinado; Logan baja y sube de aviones sin decidir a qué ciudad dirigirse. Ambos lidian con el pánico de manera personalísima: Kendall se encierra en el baño para poder respirar, y Logan adopta una actitud de erizo en la que no le dirige la palabra a nadie. Una vez que transcurren los minutos más críticos, Kendall y Logan agrupan a sus tropas y analizan escenarios.

Conclusión: no hay punto de retorno. “It’s war!”, grita Logan.

2.

El lugar común es describir a Succession como un retrato del capitalismo voraz que consolidó la capacidad de los conglomerados mediáticos para manipular la agenda global y permitió el arribo de la era Trump. Lo es, claro, pero la ambición de la serie rebasa la mera crítica social. En una entrevista reciente con The Guardian, Jesse Armstrong, creador y showrunner del programa, cuenta que la idea original era mezclar Dallas –la famosa telenovela ochentera que seguía los pecados y luchas de poder de los Ewing, una familia decadente y millonaria–, con el espíritu temático y estilístico de La celebración (1998), cinta de Thomas Vinterberg que narra los abusos de un patriarca danés de clase alta en el marco de su cumpleaños número sesenta.

No es un equilibrio sencillo de conseguir. Tal y como sucedía con la familia Ewing, el goce primario de Succession radica en celebrar los golpes bajos que definen las interacciones de los Roy. La serie, sin embargo, rara vez cede a la tentación de ser un espectáculo vicario que le permita al espectador la posibilidad morbosa de deleitarse con las andanzas de los superricos. La estética nunca nos deja olvidar que estamos frente a algo más que un placer culposo. No porque lo que veamos sea grandilocuente en términos visuales –todo lo contrario, casi todo el programa se estructura en función de charlas en interiores–, sino porque la técnica desdeña la coherencia tradicional del plano-contraplano para favorecer una cámara que privilegia la lógica de capturar la acción como si fuera un evento inesperado, y no una puesta en escena diseñada para contar un relato. La fotografía se desdobla de manera deliberadamente errática, como si el camarógrafo fuera un periodista que graba la historia desde el lugar que puede, y no desde el ángulo que desea. La dinámica crea la sensación de estar en un ensayo donde los protagonistas de la obra –el proceso de sucesión en Waystar Royco– aún no están plenamente convencidos de la verosimilitud de sus actuaciones. Los hijos de Logan dudan todo el tiempo de las personalidades que ellos mismos se han creado, y uno de los aspectos más brillantes del programa es mostrar con precisión esos momentos de incertidumbre. Su expresión corporal está enfrentada con lo que dicen.

En “Mass in time of war”, los hijos sostienen un consejo de guerra informal en la casa de la exesposa de Kendall. Shiv y Roman señalan que son fieles soldados de Waystar Royco, pese a que todo en sus rostros indica que están a punto de traicionar a Logan. La secesión, asumimos, está a la vuelta de la esquina.

Kendall intenta convencer a sus hermanos de que ha llegado la hora de acabar con el reinado del patriarca. La secuencia en la que apunta que Logan sería capaz de mandar a la cárcel a Connor y Roman –aunque no a Shiv– provoca un impacto doloroso. Kendall carece de un plan de ataque, pero los argumentos que utiliza son impecables. Él ya mató mentalmente a su padre, lo que genera envidia y recelo entre sus hermanos. Kendall, ufano, intenta manipular a Shiv. “Yo soy el verdadero tú”, le dice. Sus esfuerzos no fructifican. La sombra del padre se impone a la sensatez. En la mente de Shiv, Connor y Roman, Logan es como Moby Dick: una ballena imposible de hundir (así esté arponeada y desangrándose en alta mar).

Los hijos de Logan dudan todo el tiempo de las personalidades que ellos mismos se han creado, y uno de los aspectos más brillantes del programa es mostrar con precisión esos momentos de incertidumbre.

Buena parte de la plática entre los hermanos sucede en la habitación de la hija de Kendall. Lucen como unos niños que conspiran para hacer una travesura. La secuencia de los créditos iniciales, donde los vemos jugando temerosos bajo la mirada del padre, cobra un nuevo significado. Como si se tratara del final de El señor de las moscas, las fantasías de destrucción de los hijos terminan de forma súbita cuando se saben observados por un adulto. Una caja de donas basta para que Shiv, Connor y Roman regresen al redil paterno. “Mass in time of war” bien pudo llamarse “La guerra de las donas”.

3.

Un efecto colateral del éxito de Succession es el redimensionamiento de La celebración, la primera cinta oficial del Dogma 95, movimiento liderado por Lars von Trier cuyo manifiesto proponía, entre otras cosas, alejarse de las fórmulas genéricas, no utilizar música original (a menos de que fuera ejecutada en la misma escena) y la estricta utilización de la cámara en mano. Succession no sigue el “voto de castidad” del Dogma 95, pero sí retoma elementos de su propuesta estilística. Otros puntos en común con La celebración: el abuso y la sensación constante de que la familia se encuentra en un estado de shock post traumático. Como apuntamos aquí, detrás de cada miembro de la familia Roy se esconde un niño triste y asustado. Sabemos que el mismo Logan fue víctima de maltrato durante su niñez, por lo que no sorprende que él mismo sea el depredador de sus hijos, más allá de que los quiera o no.

4.

Roman, ese “hidrante de esperma e insensibilidad cultural”, revela un temor que puede ser importante en los capítulos por venir. ¿Podría la salud de Logan soportar el golpe de ser removido por sus hijos de la dirección de la empresa? El programa, recordemos, inicia con el infarto de Logan. ¿Puede haber una verdadera sucesión sin la muerte física del patriarca? Difícilmente. A no ser, claro, que Logan en verdad sea la encarnación humana de Moby Dick.