Laura (Stephanie Sigman), reina de belleza y reina de las balas.

Miss Bala, de Gerardo Naranjo

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Dan ganas de no usar la frase “narcotráfico en México” para referirse a Miss Bala, del mexicano Gerardo Naranjo. No porque el tema sea escabroso (faltaba más) o irrelevante en la trama, sino porque rápido la hace sonar como una película de corte social, preocupada por denunciar. No que esté mal o incluso sea posible –toda ficción dialoga con su momento histórico, se lo proponga o no– sino que toca fibras más finas que la indignación colectiva. El tipo de horror con que lidia Miss Bala es más hondo y primigenio, más propio a la experiencia del arte que a la repulsión o al morbo de la nota roja. Esto la hace una mejor película, pero hay quien no lo ve así.

Hace justo un año, El infierno, de Luis Estrada, llevó al cine por primera vez lo que veíamos, escuchábamos y leíamos en todas partes menos ahí. El rezago del cine, por un lado, y que las cosas en el país no mejoren, por otro, dan lugar a la creencia de que toda película que toque de nuevo el tema debe tener una agenda clara, y que su director, antes que talento, debe mostrar compromiso. Pero el arte tiene sus reglas, y no son precisamente esas. Las obras al servicio de criterios que no son intrínsecos –por ejemplo, los de corrección política– se estancan en su momento y nunca pasan de ahí. Miss Bala se ubica en México –en el centro de su huracán más grande– pero no ofrece soluciones ni ayuda a sentirse mejor.

La trama se basa en una anécdota del 2008 y en la imagen fascinante que sirvió para difundirla. En ella aparecen siete hombres y una chica guapa, detenidos por la policía, posando junto a las armas, celulares y dólares que llevaban en una camioneta rumbo a un viaje “de compras”. Ellos miran a las cámaras con despreocupación y cinismo; ella, al contrario, tiene la mirada clavada en el piso. Y es, literalmente, una reina de belleza. Coronada ese año con el título de Miss Sinaloa, Laura Elena Zúñiga dijo ser la novia de uno de los detenidos, y no estar enterada de que era un jefe del cártel de Juárez. No hubo pruebas en su contra y fue puesta en libertad.

En las notas de prensa que acompañaron el estreno de Miss Bala en Cannes, el productor Pablo Cruz y el director Gerardo Naranjo dicen que el gesto de Zúñiga les dio la idea de contar una historia que imaginara por qué estaba ahí. En colaboración con Mauricio Katz, Naranjo escribió un guion narrado desde el punto de vista de alguien que, como Zúñiga, llega de un mundo distinto y acaba con las manos esposadas.

No es que el nexo entre misses y narcos sea de verdad extraño. La relación entre la mujer ambiciosa y el delincuente con los medios para satisfacer sus caprichos fue el tema de la exitosa novela, serie de televisión y ahora película Sin tetas no hay paraíso, del colombiano Gustavo Bolívar. La diferencia esencial entre historias como esa y Miss Bala es el grado de responsabilidad que se asigna a la miss en cuestión. A diferencia de las traficantes reinas, esposas encubridoras y otras “mujeres del narco”, la protagonista de Miss Bala, llamada también Laura, no es especialmente ambiciosa, una manipuladora feroz, o particularmente lista. Quizá habría hecho un esfuerzo honesto por ganar “Miss Baja California”, de no ser porque a partir de un encuentro sus decisiones dejan de importar.

No es que Laura (Stephanie Sigman) busque un padrino, ni que actúe desde el atolondramiento de una aspirante a miss en vísperas de la preselección. Al contrario, su vida cambia cuando desde la amistad y la buena intención va en busca de su amiga Suzú a un antro de mala muerte, y punto de reunión de hombres “con conexiones”.

Llega a la cantina y entra a la zona VIP: una trastienda custodiada, donde los clientes no se preocupan por esconder sus cuernos de chivo. Laura convence a Suzú de irse, y decide esperarla en el baño. En una de las escenas más efectivas de la película, se ven hombres armados “caer” desde las ventanas del baño y avanzar con cuidado hacia al bar. En cuclillas y aterrada, Laura escucha la balacera. Cuando al fin llega el silencio, siente pasos que se acercan a su supuesto escondite. El jefe de la banda, Lino (Noé Hernández), siempre supo que estaba ahí. Le avienta al piso un fajo de billetes y le dice que se olvide de todo lo que pasó en el lugar.

Laura insiste en encontrar a Suzú. Al día siguiente ve una patrulla, se trepa al asiento de enfrente y reporta la desaparición. Ingenua, ignora que esas cosas no le importan a la policía y que, en cambio, suele honrar pactos con personas influyentes en el entramado social.

Por ejemplo, con el capo Lino. En una escena de coreografía perfecta, Laura es obligada a cambiar de vehículo: de la patrulla a una camioneta, ahora en calidad de rehén. Ahí se encuentra al hombre que, la noche anterior, no solo pagó su silencio sino le perdonó la vida; algo que, claro, no va a volver a ocurrir. Sin diálogos que le expliquen los pactos entre la autoridad y el narco, el espectador sabe que, en adelante, vivirá la historia de Laura acatando sus nuevas reglas: la negociación no existe, menos la iniciativa propia, y nada ni nadie es lo que aparenta ser.

Las piezas de engranaje que llevan a ese momento pueden parecer pequeñas pero hacen que Miss Bala se eleve por encima del relato gore. La salvan también de ser una lección encubierta sobre mujeres que “se buscan su suerte”, “saben a lo que le tiran” y tienen que acabar mal. Otro acierto de Naranjo fue evitar –salvo en las escenas de la premiación– el tono satírico y la estética kitsch a que se prestaría el retrato de una aspirante a reina. Habría puesto distancia entre esa gente y sus vidas sórdidas, y un público de buen gusto ajeno a toda barbarie.

Si al público se le permite darse baños de superioridad moral, queda vacunado contra el “riesgo” de identificarse. (Volviendo a la responsabilidad social, si algo fuera condenable de una película sobre el narco en México, no sería su falta de postura sino poner al espectador tras una valla de protección.) Después de todo, la ficción de horror depende menos de la monstruosidad de un tema que de crear en quien se lo imagina un sentimiento de vulnerabilidad total.

La actuación de Noé Hernández merece un punto y aparte. Sus papeles anteriores en una decena de películas (entre ellas, El infierno), varias series de televisión y más de treinta obras de teatro, no le habían dado el espacio para enseñar su calibre y revelarse como uno de los pocos actores que dominan la actuación de cine.

Naranjo siempre quiso que el personaje de Lino negara el estereotipo del narco: nada de joyas, hebillas gigantes, ni desplantes de poder. Buscaba retratar a un hombre que se dedica a su negocio con pragmatismo y dirección. Si hay quien empieza el día con una videoconferencia, él cuelga cadáveres en un puente peatonal. Hernández asimiló todo esto, pero ante todo logró encarnar al arquetipo del predador. Igual que un asesino en serie, una catástrofe de la naturaleza, la presencia del diablo en la Tierra o lo que sea que uno llame “el Mal”, Lino existe en un plano ajeno a la consideración moral. Su reacción cada vez que ve a Laura tratando de escapar de él recuerda al típico tigre detrás del típico antílope, al que típicamente alcanza y despedaza en minutos. Uno lo llamaría cruel, pero sabe que es una idiotez. La mirada de Lino, penetrante y vacía, deja claro lo que pasaría si se le pidiera compasión a un animal salvaje.

Ya que Miss Bala no hace un retrato psicosocial del narcotraficante, Lino es un fondo en blanco sobre el cual uno proyecta su versión de pesadilla personal. Más que preocuparse por los detalles del entorno, Naranjo se concentra en apretar los resortes universales del miedo. Como pasa cada vez que un creador da la espalda al panfleto y toca un nervio central, Miss Bala enuncia el problema con mucha más claridad. Así, “el narcotráfico en México” no es algo que les pasa a otros, sino la irrupción de lo inexplicable en la rutina de cualquier persona, y el final de su vida tal y como la conoció. ~

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