¿Para qué hacer un remake como Poltergeist?

En un año más lleno de refritos y secuelas, Poltergeist es el menos afortunado, en gran medida porque también es el que menos se atreve a distanciarse de la película original. 
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Poltergeist, la original, es una de las películas que más me espantaron durante la niñez —honrosamente acompañada de El exorcista, La profecía, Pesadilla en la calle del infierno y la secuencia inicial de ¿Le temes a la oscuridad?, entre algunas otras. La considero un clásico incuestionable; su influencia es inmensa y muchos sus herederos: Actividad paranormal o Insidious, entre otras, serían impensables sin Poltergeist.

Estos antecedentes despertaron dudas ante el reboot de la saga —con textos y foros como Do we really need a Poltergeist remake?—; dudas que quizás olvidaban que Poltergeist ya tenía dos secuelas oficiales, ninguna muy buena (en la segunda hay una de las posesiones diabólicas más idiotas de la historia del cine: un espíritu entra en un hombre mediante un gusano de tequila). Dejando a un lado el hecho de que su estreno —en el mismo año de Jurassic World, Mad Max: Fury Road y Terminator Genisys— aumentaba la atmósfera retro de este país con el dólar a más de quince pesos, el reboot de Poltergeist no parecía una mejor o peor idea que cualquiera de las otras tres. Con inteligencia y oficio, hasta la cuarta película de una saga puede convertirse en un soplo creativo en el cine hollywoodense de altos presupuestos: pregúntenle si no a Fury Road.

Es por eso que Poltergeist (el remake) parece una oportunidad perdida en más de un sentido. Es un remake muy tibio; una reimaginación muy poco, válgase, imaginativa. Tiene algunos elementos resueltos con ingenio: la interpretación de Tangina Barrons, aquí convertida en un exorcista de reality show llamado Carrigan Burke, o las pelotas de béisbol que arrojaban en la original a través del portal, transformadas en un dron con cámara controlado mediante una tableta.  El remake de una película exitosa siempre pone a los creadores en aprietos: ¿Cómo sustituir una cosa con otra? ¿Qué tanto hay que alejarse de la trama, la estética, la técnica o las ideas del original; qué tanto hay que acercarse? Ejemplo de una traslación exitosa: el tan famoso diálogo de la versión de 1982, «This house is clean!», es ahora el tagline del exorcista televisivo Carrigan Burke. Así, se le otorga un tono referencial a la frase que lo mismo guiña el ojo al espectador que justifica su presencia en la película.

Pero esos son solo algunos aciertos. El principal problema de la nueva Poltergeist radica en que parece una película poco consciente del tiempo que ha pasado desde la original. Es casi como si sus creadores —Gil Kenan, director, y David Lindsay-Abaire, guionista ganador del Pulitzer de Drama, y tres productores: Roy Lee, exitoso especialista en remakes, como Los infiltrados, Quarantine o El aro; Sam Raimi y su colaborador de siempre, Robert Tapert— olvidaran o ignoraran que en estos treinta años de cine de horror han existido ya El conjuro, Actividad paranormalInsidious y un montón de remakes y secuelas de El terror de Amytiville (no es broma: de 1982 a la fecha van dieciséis).

Esta nueva Poltergeist carece de personalidad, de rasgos propios. Su cinematografía se instala en el comodísimo y ya fastidioso lugar común del azul (verdoso) con naranja. Sigue al pie de la letra la trama de la original, casi sin alteraciones, y conforme avanza no sabemos cuál será su objetivo. No es, eso es obvio, adaptar una historia poco conocida: la original es un clásico atemporal cuyas reverberaciones aún se escuchan. No se busca darle a esta película un estilo particular, como sí lo hace Tortugas Ninja, de Liebesman, que trae el estilo Michael Baya una franquicia (con todo lo horrible que pueda resultar el estilo Michael Bay). Tampoco es acercar la trama a un público ajeno: su nacionalidad es la misma (a diferencia de, digamos, Quarantine o El aro), y la primera película está a la mano: basta echarle un ojo a Netflix para encontrarla.

El objetivo de este remake es mero interés monetario. No que haya nada de malo en eso, por supuesto: así es Hollywood. Pero parte del contrato que como espectadores del cine hollywoodense firmamos con cada película —cada vez que damos play al iTunes, o a Netflix, o que pagamos la entrada del cine— incluye cierta honestidad de transacción: yo te doy mi tiempo y mi dinero y tú me entretienes, me haces reír, llorar, pensar o lo que sea. Como espectador no me interesa si estás filmando la décima entrega de una saga, pero espero que lo hagas con ganas, interés y gusto. Poltergeist no es así: es una obra genérica intercambiable, un cash-grab que, apoyado en el nombre de una película memorable, ha recaudado ya más del doble de su presupuesto. En pocas palabras, una estafa.

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