Por una cáscara de huevo

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En la escena cuarta del acto cuarto de Hamlet, éste, de camino hacia Inglaterra en compañía de sus traidores amigos Rosencrantz y Guildenstern, encuentra al ejército noruego que, mandado por el joven Fortinbrás, se dirige a guerrear contra Polonia. El capitán de las tropas le dice al curioso Hamlet: “vamos a conquistar un pedazo de tierra/ que de valor no tiene más que el nombre”, a lo que el príncipe, en el famoso monólogo del “campo de batalla”, vuelve a reflexionar sobre los motivos, carencias y desmesuras de toda acción humana, comparando su propia indecisión en la venganza a la iniciativa militar del rey noruego, que expone a sus hombres a la mortandad “hasta por una cáscara de huevo”. En la Segunda Guerra Mundial no se luchó por tan poca cosa, pero la sombría meditación hamletiana acude a la memoria viendo tres películas recientes de un género bélico que, aun no siendo nuevo, ahora parece en boga y podríamos llamar el “cine de los sacrificios inútiles”.

Dos de estas películas han tenido celebridad y premios, y en ellas, además del nombre consagrado de su director, Clint Eastwood, llamó poderosamente la atención el original planteamiento “bipolar”: Banderas de nuestros padres (Flags of Our Fathers) investiga el lado oscuro de la exaltación heroica en torno a la legendaria foto –tomada por Joe Rosenthal– de los seis soldados clavando la bandera norteamericana en la cima del monte Suribachi, mientras que Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima) trascurre en la misma isla japonesa donde se alza aquel monte, pero sigue la peripecia trágica de los japoneses que perdieron sus posiciones y sus vidas en grandísimo número defendiendo un desierto peñón de arenas volcánicas y cuevas sulfurosas. Rodadas ambas en un estilo que evoca deliberadamente el del reportaje, con abundancia de material en blanco negro y recursos meta-ficticios (la encuesta del hijo de uno de los marines entre los supervivientes de aquella foto amañada, los noticieros de época, la narración en epístolas), la segunda, Cartas de Iwo Jima, no sólo resulta superior como relato cinematográfico, sino que conmueve por el insólito propósito de dar –desde el habitualmente ensimismado mundo de Hollywood– rostro preciso y voz al Otro, al enemigo, al fantasma; como sombras doloridas se mueven los soldados y mandos japoneses en la ratonera de la isla, en todo momento descritos sin condescendencia sentimental ni pinceladas degradantes. 

Pero aún más curiosa es la opción de la tercera de las películas aquí comentadas, Days of Glory, absurdo título en inglés de la exitosa producción franco-magrebí Indigènes. Los indígenas de referencia son los numerosos (unos 130.000) hombres y muchachos del norte de África que, en mitad de la Segunda Guerra, alrededor de 1943, se alistaron como voluntarios del ejército francés en la lucha contra los nazis dentro del territorio de Europa. Coescrita y dirigida por Rachid Bouchareb, realizador parisino de origen marroquí autor antes de la muy estimable Little Senegal (2001), Indigènes traza con gran despliegue de medios y un uso nunca innoble de la “falacia patética” el destino de cuatro de esos soldados de Argelia y Marruecos aterrizados y sacrificados, con otros compañeros de armas, en los campos de Italia, Francia y la frontera alemana. 

Las tres son obras de tesis, lo cual no las invalida como artefactos narrativos muy bien articulados y por momentos de gran fuerza emotiva. Eastwood quiere quitarle aura a aquella foto falsificada de la bandera (aunque el desenlace de su película no eluda la apoteosis patriótica), así como descubrir al parroquial público medio norteamericano la humanidad de los “japos” rivales. Bouchareb, de común acuerdo con su protagonista y promotor Jamel Debbouze (un cómico de éxito arrollador en Francia, y un héroe popular en su país natal, Marruecos), hace una apuesta más enrevesada: por un lado denuncia la humillación y el olvido oficial francés de esos africanos muertos por Francia, y a la vez resalta el orgullo que los “indígenas” tienen de haber servido a la causa de sus colonizadores, sabiendo que combaten a los alemanes en una guerra por la libertad de todos.  

Podría así decirse que tanto Banderas de nuestros padres y Cartas deIwo Jima como Days of Glory son películas bélicas pacifistas. Hablan de unas derrotas y triunfos inevitables, pero lo hacen desde la incertidumbre que Hamlet sentía frente a la violencia, y con la piedad por los soldados anónimos muertos en la conquista de esas cáscaras de huevo que siguen hoy rompiéndose en tantos frentes del mundo. ~