Privilegios del documental

AÑADIR A FAVORITOS

Una escena del documental Narco cultura, de Shaul Schwarz, muestra a una mujer forcejeando con un policía. Desesperada, quiere acercarse al cuerpo de un familiar asesinado en las calles de Ciudad Juárez. La película es mucho más que un registro de violencia: habla de dos hombres con tipos de vida opuestos pero ambos derivados del auge del narcotráfico: el de un médico forense y el de un compositor y cantante de narcocorridos. A unos días de su estreno, le hablé de Narco cultura al periodista Daniel Moreno. Estaba segura de que le gustaría.

“No quise acabar de verla”, me dijo días después. La imagen de la mujer alterada le parecía, me explicó, inaceptable. Moreno dudaba de que el director tuviera autorización de la mujer para mostrarla en ese momento. Quise defender la película. De acuerdo –dije–, la escena es casi intolerable pero cumple una función narrativa: ser el contrapunto de muchas otras donde la gente corea entusiasmada los narcocorridos.

Mi interlocutor no cedió: desde el punto de vista de la ética periodística, insistía, no había fin que justificara los medios. Por un lado, sus argumentos me parecían de acero; por otro, me parecía que la premisa de Narco cultura hacía necesaria una escena tan dramática como esa. Pronto se hizo claro que la conversación había pasado de lo particular a lo general y que teníamos sobre la mesa un montón de interrogantes. ¿Es posible diferenciar entre ética en el periodismo y ética en el documental? Aún más, ¿puede pensarse que el documental está exento de responsabilidad moral?

La respuesta corta: no. Aun cuando las reglas no estén delimitadas se espera que una película que muestra a personas reales les conceda un mínimo de dignidad. Pero, si la ética no es relativa, ¿por qué documentales como Narco cultura se prestan a discusión? Habría tantas respuestas como raseros para medir “lo digno”, pero creo que se avanza aclarando una confusión: una pieza periodística y una película documental son cosas diferentes. Ambas lidian con la realidad y eso las asemeja, pero deben sus lealtades a principios muy distintos. La pieza periodística está encauzada a servir; el cine no está obligado a cumplir una función.

Cuando a mediados de los años veinte el cineasta John Grierson acuñó el término documental (documentary), lo definió como “un tratamiento creativo de la realidad”. Aun cuando Grierson exaltaba sus beneficios educativos siempre lo consideró un género cinematográfico. Si bien su veta más aplaudida es aquella que denuncia injusticias, promueve causas y llama al espectador a emprender una acción, el documental tiene la facultad de echar mano de la inventiva –que no es lo mismo que la mentira–. Es su prerrogativa y su margen de libertad.

Las licencias del documental han dado lugar a un subgénero fascinante: el que es ambivalente en sus conclusiones y despierta reacciones encontradas en el espectador. Incluida en la pasada terna de los Arieles, la película mexicana El alcalde es un ejemplo inmejorable. Dirigida por Emiliano Altuna, Carlos F. Rossini y Diego Enrique Osorno, es un retrato del político y empresario regiomontano Mauricio Fernández Garza, expresidente municipal de San Pedro Garza García, la zona con mayor ingreso per cápita de Latinoamérica. Personaje polémico, Fernández se dio a conocer por su proyecto de “blindaje” para eliminar la violencia en San Pedro. Amedrentaba públicamente a los narcotraficantes y secuestradores que amenazaban la paz de su municipio –y cumplía sus amenazas.

La génesis del documental es un reportaje realizado por uno de sus directores, Diego Enrique Osorno. Titulado “Un alcalde que no es normal”, el texto se publicó en la revista Gatopardo en diciembre de 2009, al mes siguiente de que Fernández tomara posesión de su cargo. Desde la primera persona, Osorno da a su lector información exhaustiva sobre la biografía de Fernández, su linaje político, el respaldo que le dan los empresarios de Nuevo León, sus diferencias con el entonces presidente Calderón y todo lo relacionado con los supuestos escuadrones de defensa privados que, desde hace décadas, operan en Nuevo León al margen de la ley. También da testimonio del rol de Fernández como benefactor de museos y patronatos de arte, y de su impresionante colección personal concentrada en La Milarca, la casa museo en la que vive rodeado de escoltas.

Su contraparte documental no tiene narrador. En El alcalde, el contexto se da en pocas líneas generales, seguidas de escenas de la polémica toma de posesión de Fernández: en un discurso que fue recogido por medios de la capital y desmenuzado por analistas políticos, el mandatario reconoció que la principal preocupación de los sampetrinos era la falta de seguridad. Y advirtió: “Voy a tomarme atribuciones que no me corresponden.” Para ilustrar su punto, da a conocer que el criminal más peligroso de San Pedro fue encontrado muerto esa mañana en la ciudad de México. No asume responsabilidad pero tampoco la niega. De hecho, difunde la noticia antes de que la policía encuentre el cadáver del criminal.

Reportaje y documental toman direcciones distintas: en vez de hacer un retrato realista de Fernández, la pieza de cine es más como un cuadro cubista. Igual que el movimiento artístico, abandona la perspectiva y el sentido de equilibrio tradicionales. El alcalde muestra los múltiples ángulos de Fernández: la figura pierde “sentido” pero es fascinante. Todo empieza con su aparición a cuadro, cuando abre una puerta desde el fondo de un cuarto lleno de objetos prehispánicos y camina hacia una silla seguido de un chihuahueño. Luego toma su lugar a poco más de un metro de la cámara, sin nada que medie entre él y el espectador. El formato recuerda a la técnica confrontativa de Errol Morris (a quien los directores agradecen en los créditos), donde los sujetos entrevistados parecen vulnerables y orillados a la honestidad. En El alcalde, sin embargo, pasa lo contrario: es Fernández quien parece retar a quien lo cuestiona, a sabiendas de que su carta ganadora es decir las cosas “como son”. La mirada valemadrista y directa, las anécdotas personales que rozan en el tremendismo y sus declaraciones sobre la hipocresía y la visión “retrógrada” del gobierno federal ponen la piel de gallina –menos por su contenido que por su absoluta temeridad–. El documental es extraordinario no porque intente convencer al espectador de (según se vea) la genialidad o la locura del personaje, sino por mostrar los atributos que hacen difícil decidirse por una u otra opción. La paradoja es que su perspectiva polifacética –que toma más del arte que del periodismo– aprehende al personaje mejor que cualquier descripción. A pesar de tratarse del retrato de alguien tan peculiar y ahora fuera de la política, El alcalde es más vigente que nunca. La actitud retadora de Fernández y su rechazo al sistema legal se explica desde el anticentralismo arraigado en Nuevo León, pero es, sobre todo, una forma de autodefensa que día con día va tomando las riendas del país.

Si uno partiera de que pieza periodística y película documental son sinónimos, El alcalde quedaría debiendo: da menos información dura y casi carece de contraste de fuentes. Si se desecha esa idea, puede verse que llega más rápido al corazón del asunto. No es que un género pierda o gane frente al otro. Es solo que el primero cumple con el requisito de dar una visión integral y el segundo usa su derecho de atajar, yuxtaponer, intrigar. Si el texto periodístico aspira a correr las cortinas que obstruyen la escena, el documental interpone entre esta y quien la observa un espejo de doble vista.

O, en otros casos, pondrá el velo delgado que, decía Nietzsche, dio lugar a la tragedia permitiendo mostrar el mal de una forma tolerable. Días después de aquella conversación sobre Narco cultura vi un documental mexicano con una escena que la evocaba. El velador (2011), de Natalia Almada, narra lo que sucede en un panteón de Sinaloa donde familias de narcotraficantes construyen mausoleos que parecen palacios para enterrar a sus soldados caídos. En un momento de la película se ve de lejos la llegada de una procesión de coches y luego se oyen los gritos de una mujer que llora a su hijo. El velador casi no contiene diálogos ni expresiones de emoción: el efecto de un lamento que rompe con el silencio es tal vez más escalofriante que la escena explícita de Narco cultura. Esto puede responder a la pregunta de cómo un documental usaría la libertad artística sin exhibir la vulnerabilidad de un personaje. A mayor margen de licencia creativa, más grande es la responsabilidad de emplear los recursos que le ofrece su pariente, el cine de ficción. ~

 

 

 

 

_________________________________

Narco cultura y El velador pueden verse en YouTube;

El alcalde tendrá distribución en septiembre de 2014.

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: