The Curse of Frankenstein y el horror en los cincuenta

La primera gran cinta de horror de los estudios Hammer.
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Primero lo primero: Frankenstein no es el monstruo. El monstruo es el monstruo y Frankenstein es el científico que lo crea. Esta aclaración tiene un propósito que va más allá de disipar dudas: la versión de Frankenstein de 1957 de la compañía cinematográfica inglesa Hammer se centra en el personaje del científico: un hombre terriblemente ambicioso y sin escrúpulos. Para Terrence Fisher (director) y Jimmy Sangster (guionista), Frankenstein (Peter Cushing) es el villano y el verdadero monstruo dispuesto a asesinar con cualquier pretexto: a su viejo maestro para robarle su cerebro, o a su sirvienta/amante para evitar que suelte la sopa con su prometida. ¿Y el monstruo? El monstruo es una pobre criatura atormentada y sin nombre que no cobra vida antes del minuto cincuenta de la película. Este enfoque no es incidental. Así como la novela homónima de Mary Shelley -escrita durante la Revolución industrial en Inglaterra- se ocupa del impacto de las máquinas en la vida de las personas, la cinta de Hammer reinterpreta la historia para la era atómica. La década de los cincuenta se caracterizó por un sentimiento general de incertidumbre hacia la energía nuclear: ¿qué pasaría si esta tecnología cayera en las manos equivocadas? En el caso de la película, se trata de las manos del barón Frankenstein (‘If I can’t cure it with brain surgery, then I’ll get another brain, and another one, and another…’)

The curse of Frankenstein es una película sobre las consecuencias de la ambición científica llevada al extremo, el delirio de grandeza y la obsesión por alcanzar la inmortalidad. Es también la primera cinta a color de Hammer Film Productions y la encargada de juntar a los dos actores que durante los siguientes quince años serían el rostro de la casa productora inglesa: Peter Cushing (conocido como Victor  Frankenstein, o el cazador de vampiros, Van Helsing) y Christopher Lee (como el monstruo en la primera cinta de Frankenstein, o como el legendario Drácula). El uso de la fotografía a color sirvió para resaltar la sangre y diferenciar la película de la versión de 1931 de Universal Pictures. Funcionó: los críticos la llamaron “repulsiva”. Y es que comparada con su predecesora –elegante, fotografiada en claroscuros con sombras engrandecidas- la película dirigida por Fisher resulta casi sádica (al menos en el contexto de cine de horror de los cincuenta).  Un estilo visceral, dirección de arte gótica, y mujeres sonsas pero muy curvilíneas se convirtieron en el sello de la casa Hammer desde sus inicios en el cine de horror (propiamente con The Quatermass Xperiment en 1955). EnThe curse of Frankenstein no faltan imágenes de cerebros, manos en formol, cabezas y más miembros, como este increíble cuadro del barón analizando un ojo humano:

Contada en un flashback, la película analiza el desarrollo del científico, desde su orfandad hasta la creación del monstruo que lo llevó a la catástrofe. Al Frankenstein de Cushing no le interesa caerle bien al público; tampoco provoca lástima ni siente remordimientos. El protagonista es un antihéroe arrogante. Sin embargo, Cushing pensaba diferente: ‘No estoy de acuerdo en que él (Frankenstein) sea un hombre malo; sus motivos son por el bien de la humanidad, pero al igual que muchos genios de la vida real, es malentendido, y por lo tanto, obligado a utilizar métodos poco ortodoxos para poder continuar con su trabajo e investigación.’ Pero como bien dijo el viejo maestro de Frankenstein: es muy distinto tener conocimiento a saber cómo usarlo. El final de la película habla por sí solo: el barón termina en la guillotina; su único arrepentimiento es no haber podido enseñar al mundo el fruto de sus experimentos (el monstruo). Otros aspectos diferencian al Frankenstein de Hammer de los demás: en lugar de ser un joven estudiante, es un aristócrata cuarentón; y en lugar de conseguir el cerebro de un muerto, asesina a sangre fría al hombre más inteligente que conoce, en aras de construir a un ser igual de inteligente.

Luego está el monstruo: tuerto, medio amorfo, y cubierto de una pasta blanca que parece más engrudo que piel. Frankenstein ve su creación con sentido del humor: ‘I admit he isn’t a particularly good-looking specimen’. Y, sí, el monstruo de la casa Hammer no se parece en nada al enorme personaje de rostro rectangular con tornillos en el cuello que Universal popularizó:

En principio se trataba de evitar una demanda de Universal que tenía los derechos sobre el maquillaje de su criatura. Les salió mejor: si el monstruo de Universal es feo, el monstruo de Hammer es desagradable. A pesar de no ser tan conocida, la criatura de Hammer es más efectiva y se acerca mucho más a la idea de un ser ensamblado en un laboratorio, cosido y descosido una y otra vez:

 

 

La casa productora no perdió el tiempo. Fue tal el éxito comercial de la película (hasta hace poco era considerada la película más taquillera, en relación con el costo, de la historia del cine británico), que al año siguiente se estrenó la primera de seis secuelas: The revenge of Frankenstein. Pero eso es lo de menos. The curse of Frankenstein es una película de culto gracias a –entre otras cosas ya mencionadas- la reinterpretación de la historia. Nada como el final. Otras versiones terminan triunfantes: muere el monstruo; Frankenstein se arrepiente y se casa; triunfa el bien sobre el mal. El final de ésta nos deja con la tragedia de un hombre incomprendido por el mundo. Sí, aquí también triunfa el bien sobre el mal, pero –y a pesar de que el barón acaba por matar a su propio monstruo- la diferencia radica en que la naturaleza del protagonista no cambia. Hasta el último momento de su vida, Frankenstein sigue siendo el mismo científico psicópata con deseos de ser el amo y señor de la humanidad. Y eso es infinitamente mejor que cualquier final feliz.

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