Tres miradas al enigma Jobs

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El director Stanley Kubrick contaba el siguiente chiste. Tras crear la computadora más inteligente del mundo, unos científicos pasan meses decidiendo qué pregunta hacerle. Por fin encuentran la adecuada: “¿Existe un dios?” La máquina les responde: “Existe a partir de ahora.” Las primeras secuencias del documental The man in the machine sobre la vida del fundador de Apple, Steve Jobs, harían sonreír a Kubrick. Muestra a personas en distintos países desconsoladas por la muerte de Jobs, el 5 de octubre de 2011. Congregadas alrededor de altares, rezan con los ojos cerrados y las palmas unidas al centro del pecho.

“¿Por qué?”, se pregunta Alex Gibney, director del documental. Admite que “ama” su iPhone, pero sospecha que el despliegue emotivo no tiene que ver con los gadgets sino con el hombre mismo. Eso le parece extraño. Quizá se justificaría si Jobs hubiera sido un mártir de los derechos civiles. Por el contrario, afirma Gibney, no era un secreto que “detrás de escena” Jobs podía ser “despiadado, tramposo y cruel”: rechazó a su hija Lisa, explotó a sus amigos e hizo de Apple una empresa bully y de condiciones laborales inseguras.

The man in the machine (2015) es una de las tres películas realizadas tras la muerte de Jobs que buscan explorar sus dualidades y contradicciones, al lado de Jobs (2013), de Joshua Michael Stern y Steve Jobs (2015), de Danny Boyle. De ellas, solo The man in the machine se declara incapaz de resolver el “enigma Jobs”. Más aún, plantea que lo único que tiene sentido descifrar es el hechizo que aún ejerce sobre millones de personas. Con curiosidad genuina, Gibney se pregunta si realmente el empresario mejoró el mundo. Como sea, concluye el director, la dependencia a la tecnología diseñada por Apple no puede atribuirse a un solo hombre. Es tentador –pero irresponsable– ceder al mito del demiurgo Jobs.

A diferencia del documental, las ficciones Jobs y Steve Jobs quieren vindicar a su protagonista. El único aporte de la primera es mostrar que el actor Ashton Kutcher podría ser un clon de Jobs. Su parecido físico con quien fuera ceo de Apple (en sus años de juventud, antes de que lo carcomiera el cáncer) es asombroso pero insuficiente. No es que huya de la controversia: incluso es meticulosa narrando la famosa transa de Jobs a Steve Wozniak, cofundador de Apple, cuando le dio trescientos cincuenta dólares por un trabajo que él cobró en siete mil. Pero Jobs da un giro y se convierte en una forzada comeback story. La victoria moral del hombre parece quedar demostrada cuando Apple lo recontrata en 1996, tras haberse deshecho de él una década antes. El cierre de la cinta lo absuelve: lo muestra grabando su voz para el célebre comercial “Think different” y sugiere que es uno más de los “locos” y “alborotadores” que, según la campaña, cambiarían el mundo: Einstein, Dylan, Luther King y otros.

Steve Jobs, de Danny Boyle, es un animal distinto. El guion de Aaron Sorkin ignora la estructura de la biopic clásica y elige dividirse en actos: tres presentaciones de productos diseñados por Jobs: la Macintosh en 1984; la NeXTcube en 1988 y la iMac en 1998. Salvo pocos y breves flashbacks, la película transcurre en los camerinos y pasillos de los auditorios (volviendo literal la expresión detrás de escena utilizada por Gibney). El diseño de tiempo y espacio cede el protagonismo a los diálogos distintivos de Sorkin: imposiblemente lúcidos, de una agilidad improbable en la cotidianidad. No es un reproche a la cinta: queda claro que Steve Jobs no pretende ser realista. Empezando por la elección de Michael Fassbender para el protagónico, parecería que Sorkin eligió un aspecto de la personalidad de este –su tozudez– para encarnarlo en un personaje con apariencia física distinta. Siguiendo este principio, Sorkin trae a primer plano a un personaje de la vida real pero que no es siquiera mencionado en las otras dos películas: Joanna Hoffman (Kate Winslet), la devota jefa de marketing de las compañías de Jobs. En Steve Jobs su función es puramente dramática: ser tabla de resonancia de los excesos del protagonista. Lo mismo podría decirse de la inclusión de la NeXTcube, una estación de trabajo para universidades que en los otros recuentos fílmicos se menciona de paso. Su lanzamiento al público no parecería relevante: la máquina carecía en ese momento de sistema operativo (que tardaría meses en estar listo). ¿Por qué dedicarle un tercio de la cinta? Para ilustrar otra faceta distintiva del personaje: su habilidad para satisfacer carencias también fabricadas por él. Jobs sabía que su cubo negro cubría un mercado codiciado por Apple, y que esto orillaría a la empresa a hacer las paces con él.

En otra licencia dramática Sorkin convierte a Chrisann Brennan (Katherine Waterston), madre de Lisa, en la voz de un coro llorón que informa al mundo que el genio de Apple era un monstruo de insensibilidad paternal. Si por un lado Steve Jobs resalta por su osadía narrativa, no es tan audaz como para dejar al público la carga de aceptar las paradojas de su sujeto. Opta por convertirlo en padre cariñoso, rompiendo con el tono previo y traicionando una propuesta hasta ese punto sin concesiones.

Tanto esfuerzo por conciliar lo irreconciliable de Steve Jobs revela menos del personaje que de la culpa colectiva que produce admirarlo. ¿Por qué es tan difícil aceptar que era un tipo difícil y también un creador genial? Sus detractores sentencian: un hombre incapaz de amar a su propia hija está impedido para hacer algo en beneficio de la humanidad. Quien se aferre a este principio tendrá que dar por cierto su opuesto: un padre amoroso extenderá esta empatía al resto de sus relaciones. Si se considera que numerosos oficiales nazis llevaban vidas familiares cálidas, se verá lo problemático de negar que el ser humano alberga contradicciones. Unas más nocivas que otras, casi sobra aclarar.

En The man in the machine Daniel Kottke lamenta que un asshole del calibre de Jobs pueda llegar a ser tan exitoso. Kottke fue amigo de juventud de Steve y uno de sus primeros empleados; luego Apple lo “jubilaría” sin pagarle un centavo. “¿Cuál es la moraleja de esta historia?”, pregunta Kottke, dolido. Uno le respondería: ninguna. Nada justifica a Jobs, pero tampoco es necesario hacerlo para admitir nuestra fascinación por los rectángulos de metal con logotipo de manzana. Como sugiere Alex Gibney, más urgente es cuestionar los porqués de esa fascinación. ~


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