Vida del fantasma

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Por efecto del pelo cortísimo, una Nicole Kidman aún más alta observa a un niño de diez años jugar en el pasamanos del parque. Lo mira con amor. En alguna escena previa habían compartido una mesa (helado para él de por medio) y tenido una conversación en adelante, para nosotros, imposible de olvidar. Preguntaba Anna (Kidman) al engolosinado Sean: “Y [ahora que nos casemos] ¿vas a poder satisfacer mis necesidades?” El niño respondía que sí. Ella dudaba un segundo y disipaba la ambigüedad: “¿Has hecho el amor con chicas?” “Siempre hay una primera vez”, contestaba el pequeño Sean, todo sin perder un ápice de hambre y seguridad.
     No tendría por qué titubear. Según la historia que se nos cuenta aquí, Sean es la reencarnación del difunto marido de Anna. O eso es lo que él le dice y por eso ha irrumpido en su vida: para evitar su casamiento con Joseph (Danny Huston), un hombre al que Sean no considera un sustituto al nivel. Todo esto que suena absurdo, les parece cada vez menos a los atónitos personajes adultos que escuchan en labios del niño anécdotas, recuerdos e historias que sólo el difunto habría podido enunciar.
     Anna, yendo más lejos, ha comenzado a creer. En close ups de varios minutos que, en Reencarnación, confirman a Kidman como una de las mejores actrices vivas, el paso del escepticismo al amor es contado con microgestos que mutan de un segundo al otro, y corresponden a fragmentos de una psique que pierde unidad.
     Un director británico famoso tanto por sus comerciales y videos como por su debut Sexy Beast (una historia de gángsters grasosos, estridente en la misma medida en la que Reencarnación es etérea), Jonathan Glazer es prototipo de una generación reciente que concilia lo mejor de mundos antes estigmatizados rivales: la riqueza y experimentación visual (propios de la publicidad), y estructuras narrativas lejanas al modelo convencional (guiones que de tan complejos pedirían expresión literal). Un caso parecido al de Michel Gondry y su mancuerna con Charlie Kaufman en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Glazer consideró que la colaboración con un escritor que es genio por derecho propio no era una batalla por el foro sino una tradución bilingüe de una preocupación común. Retrabajado por Glazer y Milo Addica, la historia original de Reencarnación fue escrita por Jean-Claude Carrière, guionista de las películas más polisémicas de Luis Buñuel.
     Si Kaufman y Gondry apuntaban ambos al dibujo circular de la mente, el trabajo de Glazer y Carrière en Reencarnación revela la ambigüedad como un método inesperado para aprehender el sentido de lo real. Al mantenerse en todo momento por debajo de la resolución, la historia de Anna y el niño no es relevante por lo que de falso o verdadero tenga el fenómeno, sino por lo convincente que acaba siendo su puesta en escena mental.
     El fantasma de Sean encuentra cobijo no en la persona del niño sino en el palpable enamoramiento de la mujer que lo sobrevivió. Tanto Reencarnación como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos son metáforas sobrenaturales para fábulas de desamor. Si en ésta lo literal era el sufrimiento de quien, por olvido o tecnología, es borrado de la memoria ajena, en aquella se hace evidente la terrible contundencia del recuerdo y su capacidad para reemplazar las emociones del tiempo real (y ambas, ecos de Solaris, apuntan a los mundos falsos como los óptimos para habitar).
     Una película saturada de umbrales (como el puente de Central Park bajo el que Sean adulto muere de un infarto, y en donde diez años más tarde se reencuentran el niño y Anna), Reencarnación habla de una frontera tan perturbadora como las del horror: el que divide al delirio del relato, ambos estructurados en el mundo de la simulación.
     Cuando Sigmund Freud, en ensayo célebre, definía lo siniestro como aquella sensación horrible pero surgida de lo entrañable y querido, escribía, sin proponérselo, una teoría de la recepción: algo que sólo le pasa a un público o a un lector. Era una experiencia estética, pero quizá también el punto preciso donde convergen locura y ficción. Lo familiar que se nos vuelve extraño —invertido y por lo tanto el mismo— es, llevado al extremo, el principio de Reencarnación. Lo siniestro, hacia un lado o al otro, es un roce no previsto entre el mundo y lo que ignoramos de él. Tiene que ver con tramas ocultas y con la lectura al revés. Es la irrupción no bienvenida de las posibilidades de la invención.
     Al principio triste y desconfiada, Anna cede al relato y después se abandona a él. Rendida ante la emoción y el recuerdo, cruza el umbral de la razón suspendida y después le es complicado volver. Pero el umbral es de doble sentido: posibilita —si lo sabremos— la existencia del espectador. El relato es en todas sus formas vehículo de reencarnación. –


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