Imagen: Wellcome Collection, dominio público.

Echar montón

En estos días se ha usado el símil de David y Goliat para hablar de la invasión de Rusia a Ucrania. Puede pensarse también en las Termópilas, donde a todo lo noble le ganó la traición.
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Allá en los límites de mi infancia, llegó a casa la edición de 1973 del libro Guinness de los récords mundiales. El grueso volumen comenzaba hablando del cuerpo humano. Podía leerse sobre la mexicana Lucía Zárate, que a los diecisiete años apenas pasaba de los dos kilos y habría de morir de frío. Ahí estaba Robert Earl Hughes, que entonces ostentaba la marca del hombre más pesado, con 485 kilos; marca que sería ampliamente superada por uno de mis paisanos. Siempre guardé en la memoria que a Hughes lo habían enterrado en un féretro “del tamaño de una caja de piano”, medida poco exacta porque hay de pianos a pianos.

La primera fotografía del libro era la de Robert Waldow, el hombre más alto del mundo. Un larguirucho de 2.71 metros que llegó a pesar más de 220 kg; hombre desalineado, lleno de achaques, poca capacidad motora, incapacidad basquetbolera y problemas para sostenerse en pie. Habría de morir a los veintidós años, habiéndose dedicado a exhibirse a sí mismo como fenómeno de circo.

Robert Waldow fue el culpable de que yo leyera la historia bíblica de David y Goliat con ciertos matices naturalistas. No hay un acuerdo sobre la altura de Goliat, pero yo lo imaginaba derrengado, pesado, torpe.

Sé que el esqueleto humano no está diseñado para adaptarse a cualquier estatura, no se trata de engrosar huesos, pues mientras la altura es lineal, el peso es exponencial. Los órganos también sufren. Al corazón, por ejemplo, le cuesta irrigar todo el rascacielos. Por eso y muchas cosas más, los gigantones no llegan a viejos.

Yo no lo sé de cierto, pero supongo que el gigante de Goya o King Kong son físicamente imposibles.

De cualquier modo me gusta la historia de David y Goliat, sobre todo el momento en que el gigante filisteo disfrazado de griego le dice al futuro rey de los judíos: “¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos?”.

Esa narración ya emplea recursos hollywoodenses, pues se busca inclinar nuestra simpatía hacia David por ser “muchacho, y rubio, y de hermoso parecer”.

A la hora de la hora, el tamaño no importó, pues no hubo lucha cuerpo a cuerpo. David vence por un certero obús lítico más digno de las batallas orientales que de las occidentales. La narración de la sagrada escritura dice: “Así venció David al filisteo con honda y piedra; e hirió al filisteo y lo mató… y tomando la espada de él… lo acabó de matar”.

Pero hay algo más. Goliat tenía espada y grebas y cota de malla, mientras que David contaba con la ayuda divina. “Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré”.

Ocurre algo parecido en la muerte de Aquiles que, sin tamaño de gigante, es el guerrero más temible. En la versión más conocida de su muerte, Paris dispara una flecha que se le encaja en el talón; sin embargo el certero flechazo no fue por buena puntería, sino que el dios Apolo lo teledirigió.

¿Fueron Jehová y Apolo los justicieros, mientras que David y Paris apenas los instrumentos? 

Ahora bien, desde el punto de vista griego, ni David ni Paris son héroes, pues para ellos matar a distancia con armas proyectiles no es cosa de valentía. Además, a pesar de ser Paris el más bonito, es cobarde, y la inclinación entre los helenos es admirar antes las agallas que la belleza física. Por eso Héctor le desea a Paris mejor no haber nacido y le dice: “Creían que eras paladín y campeón porque es bella tu apariencia, pero en tus mientes no hay fuerza ni coraje”.

Se ha usado en repetidas ocasiones el símil de David y Goliat en estos días para hablar de la invasión de Rusia a Ucrania. Vale apenas en su forma más simplificada: el grande vs el chico. Y en todo caso, no estamos ante David decapitando a Goliat, sino apenas en el punto en el que el engreído gigante dice: “¿Soy yo perro?”.

Tampoco es exacto, pero mejor recuerda a Maratón: hordas de bárbaros sin convicción, conducidos por el absolutismo, contra un número reducido de griegos dispuestos a defender su libertad, su democracia, su tierra, a sus mujeres, a sus hijos.

Si cambiamos apenas una palabra, vale hoy la arenga que pronunció el general Dionisio hace veinticinco siglos: “No hay duda, ucranianos, de que nuestro destino se halla sobre el filo de una navaja: nos jugamos ser libres o esclavos… Pues bien, si están ustedes dispuestos a afrontar ciertas penalidades, de momento la pasarán mal, pero conseguirán imponerse a nuestros adversarios y alcanzar la libertad”.

Pienso en Maratón, en Salamina, porque fueron la excepción y no la regla; porque mostraron que vale más el valor que el número, más la estrategia que la fuerza, y mayor aliciente es la libertad que la sumisión.

Pero, aunque no quisiera, pienso también en las Termópilas, donde a todo lo noble le ganó la traición y echar montón.


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