El objetivo de Pokemón Go no son los pokemones sino nosotros

La realidad aumentada del juego activa el mismo sistema de recompensas en nuestro cerebros que el de la realidad física.
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Para rematar el tema del último post, sobre el juego y los espacios públicos, y aprovechando que esta semana el juego se estrenó legalmente en México, y un millones de nostálgicos de los personajes están reviviendo su infancia o adolescencia entre nosotros y ya habiéndolo intentado, por mera curiosidad de entender el fenómeno, mi humilde opinión es que ni la complejidad ni la realidad aumentada de Pokemón Go son impresionantes.

¿Por qué es tan exitoso?

Al parecer, la realidad aumentada del juego activa el mismo sistema de recompensas en nuestro cerebros que el de la realidad física. Ya lo sabíamos: la satisfacción que obtenemos en los videojuegos es casi la misma satisfacción que obtenemos superando retos en la vida real. Pero cuando las realidades se mezclan la congruencia que aporta la realidad física incrementa el placer. Y también ya sabemos qué sucede con el placer: genera cierta adicción.

Parte de esa congruencia con la realidad física son las conexiones sociales locales y virtuales. Jugando en un espacio compartido, colaboras local y virtualmente con otras personas, y la sensación de que eres parte de algo más grande, una misión más importante que tú también genera gratificación y pertenencia. Y la pertenencia nos ayuda a descifrar quiénes somos.

A pesar de que, al mismo tiempo, es una experiencia individualizada en la que el jugador controla la experiencia: es él o ella quien decide cómo, dónde y cuándo jugar. El hecho de tener el control del juego, el acto de dirigirlo segrega todavía más dopamina (ese químico orgánico que produce nuestro cerebro para facilitar las conexiones entre neuronas y que tiene efectos placenteros; que segregamos cuando tenemos la razón, comemos, nos drogamos, aprendemos o cumplimos un nuevo propósito, cuando atrapamos a un pokemón en una nueva capa de realidad virtual en nuestro parque local) cada vez que jugamos porque, de hecho, el objetivo del juego no son los pokemones sino nosotros. Y somos unos narcisistas. 

Si, entonces, somos seres ensimismados sin remedio, ¿por qué no estamos amándonos perdidamente a nosotros mismos eligiendo formas de vida menos esclavizantes o quitándole el poder a los líderes que nos traicionaron? ¿Por qué le hacemos el amor al teléfono y no a las personas? Si de veras nos queremos tanto, ¿por qué delegamos nuestro derecho a la ciudad a un juego de realidad aumentada? ¿Por qué, pues, para sentirnos bien, evitamos riesgos reales y cumplimos misiones virtuales?