Benjamín Núñez González, CC BY-SA 4.0 , via Wikimedia Commons

Viaje alrededor de la concha

Como otros niños de su época, José Gorostiza y Carlos Pellicer fueron retratados en conchas de cartón. El origen de esta práctica se pierde en las espesas nieblas del folclore.
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Hace treinta años publiqué la edición crítica de la Correspondencia 1918-1928 entre José Gorostiza y Carlos Pellicer, en las Ediciones del Equilibrista de Diego García Elío, con una hermosa portada en la que aparecen los dos poetas cuando eran bebés, retratados, con pocos años de diferencia, en el mismo estudio fotográfico de la ciudad de Villahermosa. Es genial: dos futuros altos poetas sentaditos como perlas en el mismo molusco de cartón.

Algunas pesquisas que acometo sobre Ramón López Velarde me llevan, años después, a recordar esa portada y a preguntarme por qué se practicaba esta idea de retratar niños en una concha. La respuesta se pierde en las remotas nieblas del folclore, tan espesas: es un símbolo que lo mismo explica que Venus impecable llegue a tierra parada en su concha, que en algunos países concha denote a la vulva o que en Villahermosa los bebés se presenten en sociedad entre esa aura calcificada.

Leía la celebración de Fuensanta que hace López Velarde en “¿Qué será lo que espero?”, un poema en el que la letra a (el principio de todo, lo mismo entre budistas que entre cristianos) es el eje de sus advocaciones. Quiere evocarla, dice,

con una a colmada de presentes,
con una a impregnada
del licor de un banquete espiritual:
¡ara mansa, ala diáfana, alma blanda,
fragancia casta y ácida!

Treinta y tres de los cuarenta y siete versos riman en a, a partir de la idea “¡oh blanda que eres entre todas blanda!” Es una alabanza singular, pero no anómala: más allá de la textura, el adjetivo blanda, dice el diccionario, significa suave, benigna y apacible, que es la razón por la cual blanda es virtud de la Virgen María, reiterada en sus letanías y plegarias, llenas de rimas en a, como en este devocionario escrito por el padre Bernardo Sierra en 1670:

Dios te salve, hija de Dios
Porque os hizo su ama
porque os hizo su amada
porque os hizo su esclava
porque os hizo su casa
porque os hizo su ara
porque os hizo su nácar
porque os hizo su mapa
porque os hizo su arca
porque os hizo su alcázar
porque os hizo tan casta
porque os hizo tan santa
porque os hizo tan rara
porque os hizo tan dulce
porque os hizo tan blanda…

La devoción a la blanda Fuensanta incluye a su aroma, esa “fragancia casta y ácida” de limón que sale de su pecho. Es curioso. Y entonces me pregunté si habría literatura sobre el olor de la Virgen, lo que me condujo a un libro fascinante, el Abecedario virginal de excelencias del Santissimo Nombre de María, exhaustivo tratado de marianología que contiene el inventario de todas las virtudes, símbolos y representaciones de la Deípara en el ámbito (dice el título) de “la fagrada Efcritura, y propiedades naturales de Piedras preciosas, Aues, Animales, Fuentes, Arboles y otros fecretos de Naturaleza”, que fue publicado en España en 1604, por el fraile predicador Antonio Navarro.

Registra ese Abecedario que María olía a nardos, a viña nueva y a “la azucena de la limpieza, la rosa de la caridad, la violeta de la humildad, el mirto de la templanza” (modernizo la escritura). Como suele ocurrir, algunos atributos que Salomón adjudica a la amada en el Cantar de los cantares se trasladan a la Virgen, como hace Navarro evocando a san Isidoro, quien argumentó que había en ella un bálsamo de “grandísimo olor”:

Este olor fue la Virgen Santísima, de quien se entiende lo que dijo Salomón: Quasi Balsamum non mixeum odor meus: Mi olor es como Bálsamo no mezclado, el cual olor se puede entender del buen olor de sus virginales entrañas,     

porque no de otro modo podía oler el vientre que hospedó a Jesús. La extensa disquisición sobre las entrañas de la Virgen le otorga una carga de corporeidad discordante con la idea de su absoluta pureza, desde luego, y más cuando roza una sensualidad irremediable, como en el citado devocionario de Bernardo Sierra, en el que (de nuevo aludiendo al Cantar) se describe el olor de María como el de una “concha escogidísima que destila fragancia del divino amor, paraíso ameno de sagrados deleites, tálamo florido del divino Esposo…”

Navarro explica la analogía narrando que se debe a que los moluscos “llegan a las orillas del mar, y allí se abren y reciben dentro de sí el rocío del cielo”. Esta idea popular permite que pueda “la Virgen ser comparada a una de estas conchas marinas, por ser tan humilde, que se tuvo siempre por pequeña”. De ahí deriva a la explicación sobre cómo fue posible que la Virgen “sin obra de varón concibiese”. Según Navarro, la Santísima Trinidad envió primero a un Ángel que procedió “certificando a la Virgen” y le anunció que el Espíritu Santo “sobrevendría en ella”. Y fue así que “abrióse así la concha, entendida en la tierra, que es la Virgen, dando consentimiento de su parte a la obra misteriosa de la Encarnacion” (p. 79). La analogía de la Virgen-tierra fertilizada por el Espíritu con la concha preñada por el rocío no tardó en abarcar a la iglesia, concha ella misma fertilizada por Dios, y por ende con las madres que engendran las perlas de sus hijitos. Y esa es la razón por la que los ábsides de las iglesias replicaban la forma de la concha y la razón por la que Pellicer y Gorostiza aparecen sentaditos en la suya.     

(Otra concha)

La cultura popular convirtió esos mitos sagrados de concepción y fertilidad en representaciones “vulgares”, una de ellas la que emplea a la concha como sobrenombre de la vulva. En 1772 un científico alemán, Ernest Bruckmann, registra dos conchas cuyos nombres científicos aceptaron la sexualizada denominación popular, en un breve panfleto titulado Relatio brevis physica de Cvriosissimis Dvabvs Conchis Marinis qvarvm vna Vvlva Marina et altera Concha Venerea, en el que estudia esas conchas llamadas vulva marina y concha venérea. Merecieron esos apelativos, explica, porque “quod pariter ac Vulva Marina, nomen a signatura & analogia cun virginum pudendis acceperit” (que mucho se parece esta vulva marina, en nombre y signatura, así como analogía aceptada, a la parte pudenda de las vírgenes). Y es interesante que achaque la responsabilidad de esos nombres no a la cultura popular sino a los poetas remotos que consideraban a “la concha venérea como la más bella Diosa de la belleza, de los manjares y de los placeres”, que es el motivo por el cual son esos poetas “quienes más persiguen a las partes íntimas de Venus”.

Brockmann: “Vulva marina con espinas de pubis horrible”

Y sí, son muchos los poetas aficionados a tales manjares, como Rafael Alberti  cuando, en su “Diálogo entre Venus y Priapo”, celebra a la Diosa diciéndole que es 

concha marina, alga abierta en la arena,
paraíso de sal de las mujeres,
secreto erizo que en la mar transmina.

Es comprensible la analogía, y más cómoda, pues atenúa la fuerza de la rimam magna (la “gran fisura”, le dice Bruckmann) vistiéndola con un círculo valvar más púdico, como en las pinturas y la estatuaria que enconcha las partes pudendas.

Asunto complicado, y eso sin mencionar a las fragancias ácidas o a los ecos fonéticos que oyen vulvosos a las valvas de los moluscos, habitantes de las conchas que, como escribió famosamente Rubén Darío, tienen “reminiscencias de mujeres”.

Un último detalle: ante Fuensanta, la más blanda, no está de más recordar que la palabra molusco deriva del latín mollis, que significa… blanda.

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