Odiar es fácil

Este parece ser el Mundial del rencor abierto contra cualquier bandera que acumule suficientes ofensas más o menos discutibles. Un torneo de nacionalismo barato, xenofobia, racismo y estupidez.
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Poco después de la eliminación de México de la Copa del Mundo, un tipo llamado Eduardo Feinmann, tan impresentable que el término ya no lo describe, abrió la boca en su programa de TV en Argentina y dejó que la cloaca de su cerebro se expusiera sola. “Detesto a los mexicanos, los detesto con mi alma”, dijo. “El ahorita ese se lo pueden meter en el orto”. Y la remató: “La envidia que los mexicanos le tienen a los argentinos, no solamente en el fútbol, en todo, en todo. Quierensercomonosotros, y no les da el piné”.

Feinmann conduce un programa de televisión y alguna vez se pretendió analista político pero desde hace tiempo no es más que una caricatura. Una buena, es cierto, pues sus dichos no son ocurrencias únicas: Feinmann es parte de esa porción de las sociedades que ven el clasismo, el racismo y un nacionalismo de dientes apretados como actitudes que deben alardearse. Ya hace tiempo aplaudió el asesinato de un ladrón –“uno menos, este no jode más”– y avisó que la sociedad argentina no quiere “papás putos”.

Hermoso. No es metáfora: siempre hay más violencia en la calle que en la cancha.

*

Odiar es fácil. Nada más se precisa un estereotipo y la decisión de no pensar mucho ni en el otro ni en uno mismo –o pensar demasiado en ambos, pero de mal modo. El odio es una reducción, un desvío que tomamos para poner en otros la causa de nuestra angustia. Odiar alivia, porque dejamos de pensar y le damos una válvula de escape a la sangre hirviente.

En el enojo hay algo liberador. Uno putea, patea algo. Le dice en la cara a alguien una parrafada de cosas que luego debe borrar durante toda una vida. Pero se agota. En el odio esa liberación no existe: es una supuración constante sostenida por un sinfín alimentado a perpetuidad.

Por supuesto, el odio tiene un orden moral. Los otros son los malos, jamás nosotros. No odiamos a los que son como nosotros sino a los que juzgamos distintos. Un hincha del América puede odiar a uno de las Chivas, pero ambos se encabronarán sin diferencia contra [ponga aquí la cultura, nación, bandera o grupo que sea objeto de su rencor más sanguíneo]. En política esa distinción entre nosotros/ellos, buenos/malos suele estar en el corazón de los nacionalismos populistas y los autoritarismos y totalitarismos. Hay una razón para que eso suceda: todos somos sujetos políticos, desde el hincha ardido al dirigente xenófobo al periodista que abandona la deontología al señor indignado.

Es fácil, el odio. Demanda menos esfuerzo intelectual que pensar en serio. (Pensar en serio demanda tiempo, paciencia, calma y cuestionarse a uno mismo si la evidencia niega mis preconceptos.) Y produce una descarga neuroquímica satisfactoria –siempre que encuentre respuesta, pues el odiador necesita aprobación social. En el ambiente del odiador, cualquier afirmación sospechosa es injuria, de manera que el odio convierte lo que en otras ocasiones es trivial en una ofensa mayor que debe ser reparada –con insultos, en turba, a palos.  

Y es comprensible. El odio defiende. Elevamos una barrera a los distintos porque, suponemos, lo que hacen nos puede dañar física o –como en el Mundial– afectiva, moralmente. Que se active con relativa facilidad no es porque uno sea débil; es porque somos humanos. Esas emociones se montan en el instinto natural de supervivencia de los hombres. La respuesta del atajo evolutivo, dice la psicología, es una predisposición natural del cerebro de los mamíferos: estamos programados para reaccionar velozmente a una amenaza. Flight or fight.

Y, si es una amenaza, no es nuestro, no pertenece. Al desconfiar de quien no es parte, reforzamos el sentido de pertenencia con nuestro grupo. (He ahí el hincha del [otra vez, elija su club] y del [aquí ponga a su adversario local favorito] convertidos en yihadistas del honor nacional y anti [la nación o jugador que deteste y por qué son Messi y Argentina]. Demonizar a otros permite reducir las contradicciones internas de las relaciones con nuestra propia tribu, y todos los humanos nos reunimos en tribus que se sienten, de algún modo, únicas.1 Es mucho más sencillo para nuestra existencia cargar las culpas sobre alguien más que no sea como el resto.

El odio es simplificador, por eso necesita que el otro sea deshumanizado a una sola idea menor y reprochable. Un punto oscuro, un atributo moralmente discutible visible en ocasiones en uno o varios miembros del grupo y sobredimensionado al punto de impedir comprender la naturaleza compleja de los demás. Ni qué hablar cuando ese odio se colectiviza como si fuese un patrimonio cultural o la marca distintiva de una nación: judío avaro, ruso bruto, polaco tonto, colombiano narco, mexicano bad hombre…

Este parece ser el Mundial del rencor abierto y generalizado contra cualquier bandera que acumule suficientes ofensas más o menos discutibles. La incubadora del aborrecimiento son las redes sociales, ideales para la convivencia y desavenencia multinacionales: miles –¿millones?– de soldados de teclado disparando desde sus computadoras a otros avatares que, por ser tales, no deben tener afectos ni moral como uno y se merecen toda mi diarrea biliosa. No diré nada nuevo: los algoritmos están diseñados para atraer atención y pocas emociones generan tanta como la antipatía abierta y el insulto. Y cuando los barrabravas descerebrados –gente usualmente normal e inteligente que cada cuatro años se pone una camiseta y sale a la calle como Ragnar El Vikingo buscando sangre del Rus– se dan con el café barrial de Twitter, jolines. Tu día se llena de puteadas, ad hominem, teorías conspirativas y la abominación de que lleves un pasaporte X o Y, un color N o un apellido Z.2

En el Mundial hay, claro, tirrias comprensibles. Trump se hizo odiar por medio mundo por meter mano en la FIFA y pedir que le cancelen la suspensión a Balogun, el delantero estadounidense, nada más para lograr que la victoria de Bélgica sea celebrada hasta por los holandeses. Nadie quiere a la FIFA y el rencor contra Infantino lo pueden registrar los sismógrafos. Pero hay pruebas de todos esos comportamientos que pueden justificar la animadversión.

Pero a mí lo que me preocupa –y agobia– no es el rencor ciudadano contra la institución –eso tiene mecanismos de gestión bastante aceitados, así muchas veces fallen– sino cuando la burla deja la chanza futbolera y entra en el terreno de la descalificación cultural entre personas por acción del prejuicio. Ahí el asunto es oscuro, porque los estigmas culturales suelen informar las prácticas políticas. Cuando los nacionalismos coperos cotizan en alza, cualquier Juancito de los Palotes revolea por la cabeza definiciones tajantes que marcan a culturas enteras con una señal que dice disparen primero, pregunten después. Todos los argentinos son ladrones, por ejemplo. Los mexicanos son narcos. Los españoles, envidiosos. Los franceses, africanos.

Es comprensible enojarse por una derrota –quién no–, pero somos todos bastante grandecitos y deberíamos gestionar mejor el fracaso. ¿Que otros ganan demasiado y uno no? Welcome to life. ¿Que esos otros ganan demasiado cuando no deberían porque, sospecho, los ayudan? Welcome to Conspiration Nation –mejor no entres. El odio reduce las emociones complejas a un rasgo superficial –que generaliza a un individuo y totaliza a una cultura–, reduce la complejidad de lo real. Y abre el camino a los monstruos.

Y ahí es cuando entra, sin pedir permiso, una senadora paraguaya.

*

El día en que Francia eliminó a Paraguay y Mbappé se negó a devolverle el saludo al arquero Orlando Gill, la senadora ultraderechista Cecilia Amarilla escandalizó al mundo: dijo que Kylian Mbappé era un “camerunés colonizado fingiendo ser francés”, un “resentido, rico nuevo, prepotente y feo” que “en vez de leche materna chupaba cocos” y que “lo más culto” que había oído en su vida eran “los chimpancés”. 

Mbappé le respondió una sola vez, con educación y precisión. “Señora Celeste Amarilla, es usted una mujer despreciable e indigna de su cargo”, empezó que “no representa a Paraguay”. Dijo que era “una mujer incompetente que proyecta la peor imagen posible de su país”, y concluyó con un mensaje abierto, a quien quiera escuchar: “Jamás permitiré que personas como ella tengan la libertad de propagar su odio y racismo por el mundo”.

Cuando el asunto se puso serio, la victimizadora se convirtió en víctima. Todas sus respuestas fueron una burla a la razón y a alguna forma de decoro institucional, cuando no insultantes per se. Amarilla publicó una carta abierta3 donde acusó la respuesta de Kiki como una expresión de “arrogancia y desprecio” y una muestra de “violencia política”, y le demandó que se disculpe y retracte por criticarla. “No te metas con Paraguay, acá metimos preso a Ronaldinho”, dijo luego. “No te metas conmigo. Te puedo denunciar por violencia de género”.

Amarilla abusó de lugares comunes. La victimizadora se pretendió víctima y amagó con arriar al nacionalismo paraguayo, dos o tres latinoamericanistas distraídos y algún feminismo traído de los pelos detrás suyo. Cuando nada resultó y las críticas le llovían como los centros franceses sobre Gill, empezó a retroceder en chanclas. Excusó su tuit en que era producto del “calor del momento”. Que se arrepentía de lo dicho, pero no porque estaba mal en sí sino porque sentía que usaba “los mismos insultos que yo he recibido, porque a mí también me miran para abajo por ser de piel oscura, latinoamericana y sudaca”. Ella reproducía “un patrón”, era producto de “aquella sociedad mundial donde se les pegaba a los gays” y “decir ‘negro de mierda’ era lo más usual”. “Me estoy deconstruyendo”, se excusó tratando de idiota a cada portador de un micrófono.

Todo en Amarilla sugería cierta inevitabilidad. El determinismo social la hacía quien era y condenaba su capacidad para razonar y tomar decisiones independientes. Como si fuese cualquier tuitero y no un funcionario público, Amarilla aprendió la lección del signo de los tiempos: nunca te hagas cargo y redobla la apuesta. Es la responsabilidad devaluada como virtud, de manera que cualquier cosa es aceptable porque –esta lógica está detrás de cualquier agitador– todos lo hacen.

El barrabravismo intelectual está extendido. Como Amarilla, es un insulto a la inteligencia media. La responsabilidad es siempre ajena: Mbappé fue quien insultó a los paraguayos; ella solo respondió. Si lo trató de macaco alimentado por monos fue porque es producto de una época; no es su culpa. O fue el calor del momento. O su sangre mixta, excusa que iguala a indígenas y españoles con la violencia y la irracionalidad –y africanos, dirá Amarilla, porque la actitud de Mbappé en el campo de juego fue impropia “de un francés”. Cuando no es la cultura, la sociedad, la coyuntura es el determinismo genético, pero el perpetrador jamás se hace cargo de nada. La culpa es, siempre, ajena. La trampa está fuera de la decisión de uno. El odio es provocado, no mío. Se lo merecen.

*

Feinmann, el presentador argentino de televisión, también simuló una disculpa, como Amarilla. Una vez que el gobierno de México rechazó sus dichos, apareció en TV para decir que quería ser “muy claro”, que perderse el ahorita en el orto y detestar a los mexicanos “con el alma” no eran, como medio planeta entendió, “un comentario xenófobo” ni “un mensaje de odio” sino, simplemente, algún tipo de exabrupto menor porque “estábamos hablando de futbol”. (Menos mal, pensé que debía preocuparme.)

Luego dijo que hablaba “con el corazón” y que, si la tuviera, reforzaría sus palabras apareciendo en cámara con una bandera mexicana, para concluir: “Si algún mexicano y, de vuelta, de corazón, sintió que mis palabras lo estaban alcanzando personalmente, quiero decirles que ese no fue el sentido de lo que dije. El futbol despierta pasiones, yo también las tengo; en un momento del vivo televisivo puede pasar”.

Feinmann escenificó la disculpa del manipulador, que jamás es disculpa. Como Amarilla, no está arrepentido de sus dichos; se regodeará en ellos. Fue empujado por las circunstancias, no por la convicción. No se disculpa porque esté mal lo que dijo, sino solo “si algún mexicano” se ofende. Si nadie se ofende, cero arrepentimiento: detesta a los mexicanos con el alma y quiere que el ahorita acabe en el cuarto forro del orto de medio país.4 Acá no ha pasado nada.

Amarilla y Feinmann son ejemplos de aprovechadores de época, esos que insultan y maltratan a los demás sin sentir un asomo de remordimiento real y de manipuladores que difunden propaganda y falacias a sabiendas ocultándose tras alguna supuesta misión redentora y moralista. Nada de eso es algo casual ni una liviandad.

Autoritarios y populistas del siglo XXI trabajan ante los ojos de todos para destruir las normas de convivencia y reinar con sus propias reglas. Buscan sin cesar el favor popular –el fervor del apoyo de las masas– para sentirse respaldados y entonces actúan como si sus actos fueran inimputables. Operan sin contención, dicen y hacen lo que desean. Si los pescan, simulan una disculpa hasta que dejen de prestarles atención o crearán una distracción o escándalo mayor.5

Es difícil dar caza a este tipo de comportamientos una vez que encuentra canales de propagación no regulados ni curados como las redes. El agitador, decía Leo Blumenthal, explota las ansiedades sociales creando enemigos y teatralizando una ofensa y victimización; exageran, fabulan, incendian la retórica y dejan a los demás pagando por el odio creado. Steve Bannon, asesor de campaña de Donald Trump en 2016, llamaba a “inundar la zona de mierda”: generar suficiente confusión al punto de que, por saturación, la verdad sea indistinguible de la mentira. Y si la prensa –el curador por antonomasia en las sociedades electrónicas– es incapaz de seguir el paso de la disrupción, instituciones normativas como las legislaturas y la Justicia, que son más lentas, reaccionarán todavía a mayor destiempo. Para cuando actúen el daño estará extendido como fuego por un campo de pasto reseco.

La respuesta de Mbappé a Amarilla es un ejemplo de acción determinante. Calma, estatura intelectual, sanción universalista. Ni un milímetro de perdón y olvido. El congreso y gobierno paraguayos rechazaron los dichos de Amarilla, pero la senadora es legalmente inimputable en su país. Francia, en cambio, puede actuar contra su odio desatado, y lo está haciendo. Comenzó a evaluar si Amarilla puede ser declarada persona non grata, una medida que le impedirá acceder al territorio común de la Unión Europea, y la Fiscalía de París podría llevarla a proceso por injuria pública e incitación al odio y la violencia, juzgándola en ausencia.

Así sea difícil sostener en el espacio turbulento de las redes sociales, esa reacción –mantener la calma, poner el punto donde está la i– es correcta y debe ser reproducible. Como los medios en la primera elección de Trump, mantener la denuncia contra el odio es imprescindible, pues su abandono deja a la sociedad civil sin la básica defensa testimonial. En especial, cuando las broncas han comenzado a filtrar al mundo físico del espacio inmaterial de las redes. Acoso a hinchas ecuatorianos en México, por ejemplo; agresiones a periodistas en el Azteca; un grupo de aficionados egipcios difundiendo el número de teléfono del árbitro de Argentina-Egipto. No es una advertencia exagerada. El odio es acuoso; fluye. Es solo cuestión de tiempo para que la inquina que se incuba en las redes salte al plano físico de las relaciones, pues no existe el cordón sanitario que aísle un laboratorio social del otro –son, ambos, partes de la misma dialéctica.

La tirria deportiva que antes era una chanza se convirtió en unos años en odio nacionalista rabioso y abierto. Poco importa quién empezó: de ambos lados de las disputas hay siempre gritones dispuestos a liderar la bronca contra alguien. ¿Quién podía esperar una creciente enemistad que incluye no pocos episodios de desprecio, racismo, clasismo y flagrante estupidez entre ecuatorianos y mexicanos? ¿Cómo pasamos del afecto por Messi para que gane Qatar 2022 como si fuera un acto de justicia divina a considerarlo parte de una conspiración con Gianni Infantino? Un politólogo amigo lo retrató en términos que ni Weber hubiera visto: nos estamos yendo al carajo como una pareja en divorcio. Vamos a arreglar esto como adultos, se dijeron, y acabaron tirándose los muebles por la cabeza.

Odiar es fácil. No se divorcien de ese otro que molesta: aprendan a ganarle. ~


  1. Con el tiempo, una de las formas superiores de la tribalidad creó la nación. La nación social, cultural y política. En su forma más extrema es el etnonacionalismo. ↩︎
  2. No voy a traspolar todo a la política, pero ese tipo de señalamiento que convierte a un grupo en objeto de iras porque se propagandiza cierto vicio o maldad ha llevado a soluciones muy, pero muy jodidas. ↩︎
  3. Es desacertado llamarla carta abierta: fue una composición escolar barriobajera, pedante. Tosca. Amarilla continuó allí los ataques como si se tratase de una disputa personal y no las acciones reprobables de un funcionario electo. “La disputa es entre vos y yo”, le dijo, como si estuviera en una cancha. Luego, en un tuit, invitó a Mbappé a leerla “si es que sabe”. ↩︎
  4. Una ventaja de ser argentino es que –todavía, porque no está suficientemente difundido– puedo usar es ese insulto en toda su plenitud sin que nadie sienta que soy un maleducado. Gracias por su comprensión. ↩︎
  5. Días antes de cargar contra los mexicanos que detesta “con el alma”, Feinmann publicitó durante minutos en su programa de TV el bulo de que el crimen organizado de México había amenazado a los jugadores de Ecuador que se enfrentarían al Tri en el Azteca. ↩︎


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