1. Tras romper con Anna Karina, a la que reprochaba una frivolidad inducida por la cultura consumista de origen norteamericano, Jean-Luc Godard trató en vano de ganarse el corazón de la actriz de origen ruso Marina Vlady –con quien hizo Dos o tres cosas que sé de ella casi al mismo tiempo que filmaba Made in USA con Karina– y terminó formando pareja con la joven Anne Wiazemsky. Corría junio de 1966 y la actriz, que había nacido en Berlín en el seno de una familia de emigrados rusos, tenía 19 años; había conocido a Godard, que rondaba los 36, después de escribirle una carta (que es también como Ingrid Bergman se aproximó en su momento a Roberto Rossellini). Durante aquel verano, el suizo la ayudó a preparar el examen oral de acceso a la universidad; cuando ella se matriculó en Nanterre, Godard pudo conocer de primera mano el germen del maoísmo francés y ahí encontró la nueva orientación que buscaba para su cine. En ese contexto se gesta La Chinoise, film anticipatorio de los entusiasmos y decepciones de Mayo del 68 donde Wiazemsky –con quien Godard llegaría a casarse– tiene un papel protagonista. Ni que decir tiene que fue una época de delirio ideológico: la Revolución Cultural lanzada por Mao ese mismo verano recibió el aplauso de unos jóvenes burgueses que soñaban con replicarla –Robespierre redux– en la Francia de los Trente Glorieuses. Ahí da comienzo el periodo revolucionario (en sentido político) de la obra de Godard, que encuentra en Jean-Pierre Gorin a su mano derecha y se prolongará hasta su regreso al cine comercial con Sauve qui peur (la vie) en 1980. Para entonces, Godard ya se había separado de Wiazemsky y vivía con Anne-Marie Miéville, a la que se mantendría unido hasta su muerte… pese a que no está claro que fueran pareja hasta el final: no solo dejan de vivir juntos en 1990, sino que Godard (a los 51 años) se había obsesionado con la joven actriz Myriem Roussel (que tenía 19). De alguna manera, el realizador suizo era fiel al sentimiento expresado por su alter ego Bruno Forestier en El soldadito: “Ninguna mujer debería pasar de los veinticinco años”. Tal como señala Paulino Viota en su ensayo “Godard infiel”, solo la afinidad ideológica con Miéville consiguió aplacar el impulso erótico de Godard, quien por razones profesionales conocía sin pausa a mujeres atractivas que deseaban aparecer en sus películas. En plena revolución sexual, ningún famoso dormía solo.
2. Han pasado sesenta años y el feminismo, cuya segunda ola convivía en los años sesenta y setenta con los extremismos ideológicos del momento, surfea hoy todavía la cuarta de sus olas. Si aceptamos la metáfora, es probable que ya se dirija hacia la orilla, pues ningún movimiento social puede evitar el eventual debilitamiento de su fuerza movilizadora. Tras el estallido del #MeToo, el feminismo ha experimentado una suerte de década prodigiosa durante la que ha ejercido considerable influencia sobre la agenda pública, monopolizando a ratos la conversación de masas y contribuyendo a extender un conjunto de idées reçues que por razones elementales –Pedro Sánchez empieza a gobernar en coalición con la extrema izquierda en 2019– han resonado en España con especial fuerza. Hemos vivido así las manifestaciones contra la sentencia de La Manada, la subsiguiente reformulación penal de los términos del consentimiento sexual, las cancelaciones de varones denunciados públicamente como agresores o simplemente machistas, la campaña triunfante contra las azafatas de la Fórmula 1 y la campaña fallida contra Julio Iglesias, la exaltación de los cuerpos alejados del canon normativo y el empleo masivo del Ozempic con el fin de reingresar en ese mismo canon, la polémica sobre las terapias de cambio de sexo en adolescentes y la polémica sobre la gestación subrogada, las críticas de la izquierda contra los cánticos de apareamiento lanzados desde un colegio mayor madrileño y la tolerancia de esa misma izquierda cuando los presuntos acosadores y los clientes de la prostitución formaban parte de los suyos… a excepción, todo hay que decirlo, de ese Iñigo Errejón al que alguien debía querer fuera de escena. Y así como era inevitable que el feminismo contemporáneo terminase por perder algo de fuelle, pues también el movimiento climático ha conocido días mejores, es patente que su versión radical ha encontrado un importante apoyo institucional y mediático en nuestro país; entendiendo por tal ese feminismo que denuncia la vigencia del patriarcado y pretende superar la sociedad liberal-capitalista con el fin instaurar no se sabe bien qué tipo alternativo de orden social. Por contra, el feminismo de orientación liberal se conforma –digamos– con eliminar el sexismo que discrimina a la mujer por razón de su sexo. Si algo los diferencia con claridad, es el dogmatismo moral: el feminismo radical quiere imponer sus ideas sobre lo que significa ser mujer; al feminismo liberal le basta con remover los obstáculos que impiden a la mujer –o a algunas mujeres– vivir como desean.
3. Pese al éxito movilizador del feminismo (radical) contemporáneo, en todo caso, hay un problema que no ha sabido resolver ni en la teoría ni en la praxis: el problema del eros. O de eso que podemos llamar eros a falta de mejor alternativa; aunque podríamos decir también sexo, pasiones, belleza. En suma: todo aquello que se deriva de la existencia de un impulso sexual de orden natural que las sociedades procuran someter a un cierto control con el fin de hacer posible la convivencia pacífica. Vaya por delante que las dificultades con el eros no se limitan al feminismo; no hay doctrina filosófica ni ideología política –pensemos en la represión de los homosexuales en los regímenes comunistas– que haya conseguido resolver de una vez por todas el problema de la sexualidad y sus derivaciones. Así como es relativamente sencillo forjar consensos morales en materias como la brecha salarial (nadie cree que un hombre y una mujer deban cobrar una cantidad distinta por el mismo trabajo) o las ayudas a la maternidad (el Estado debe facilitar la conciliación en la medida de lo posible), resulta mucho más difícil esclarecer cuál es la posición feminista sobre la vinculación romántica, la pasión sexual, la potenciación de la belleza o el uso comercial (libre) del propio cuerpo en sus distintas formas. Sobre todo si el feminismo es concebido como un movimiento emancipatorio que quiere liberar a las mujeres de las cadenas patriarcales: ¿qué significa eso cuando hablamos del impulso sexual y sus distintas manifestaciones? Y no me refiero a los aspectos penales de las relaciones sexuales, que también habrían de suscitar consenso allí donde se respeten los principios del Estado de Derecho: a pesar de las dificultades probatorias que acarrean en ocasiones estos delitos por su particular naturaleza, no debe invertirse la presunción de inocencia ni habría de negarse la posibilidad de que ese consentimiento sea tácito y, en consecuencia, no sea cierto eso de que solo sí es sí aunque, sin duda, debe aceptarse que no es no. Pero es lógico que el consenso moral sea mucho más arduo –e incluso deba darse por imposible– en unos casos y otros: igual que no se sabe qué principio de justicia puede invocarse para justificar que se pague distinto a quienes trabajan lo mismo, es un hecho que existen distintas formas de concebir la sexualidad humana; imponer una sola de ellas a todos los miembros de una sociedad liberal parece difícil de justificar.
4. Dado que el impulso sexual posee un origen natural, su control a través de la cultura solo puede tener un éxito parcial. Ocurre que gran parte del feminismo es culturalista: entiende que la realidad humana puede explicarse de manera exclusiva –o casi– a partir de normas sociales que juzga infinitamente modificables. Y es verdad que todas las normas legales son modificables, pero eso no quiere decir que todas ellas puedan funcionar cuando llega la hora de aplicarlas. Atención: el feminismo es culturalista porque en el pasado se han usado argumentos esencialistas para situar a la mujer en una posición subordinada; descritos hombres y mujeres como seres de distinta naturaleza, se hacían acreedores de un tratamiento social y legal diferenciado. Claro que a ese culturalismo defensivo bien puede hoy sucederle una postura matizada que tome en consideración la compleja interacción entre naturaleza y cultura, de manera que también el feminismo sepa reconocer la fuerza que siguen teniendo nuestras disposiciones naturales a pesar de los siglos que lleva en marcha eso que Norbert Elias llamó proceso de civilización, que es aquel proceso gradual mediante el cual las sociedades humanas reprimen los instintos primarios de sus miembros, ritualizan sus interacciones cotidianas y refinan sus formas de expresión. Sobre si existen diferencias biológicas sustanciales entre hombres y mujeres hay mucho escrito, pero se han alcanzado pocas conclusiones universalmente aceptadas. Si esas diferencias existen, tendría sentido que se localizasen en el terreno de la reproducción sexual, como viene a sugerir una observación imparcial de las estrategias de apareamiento en todas las culturas: recordemos que las dating apps sugieren que unos pocos hombres reciben la mayor parte de los likes y, en cambio, son muy pocas las mujeres que dejan de recibirlos. Y si a alguien le quedan dudas sobre la naturalidad del impulso sexual, que pruebe a meter en un bar a hombres y mujeres de 25 años con hombres y mujeres de 80; a ver quién se empareja con quién. Ahora bien: esa dimensión biológica del impulso sexual tiene fuerza descriptiva y en modo alguno fuerza normativa; nos ayuda a comprender la realidad, sin que de ahí se deduzcan mandatos morales o legales. ¡Solo faltaba! Pero de ahí no se sigue que esa realidad sea siempre elástica y modificable: solo cabe desear suerte a quien se proponga conseguir que la ancianidad resulte tan atractiva como la juventud u otras quimeras similares.
5. Lo cierto es que nadie sabe qué pasaría –por adoptar el punto de vista de teóricas feministas como Ania Srinivasan– en una sociedad donde todos los marcadores de género hubieran sido erradicados; nadie sabe tampoco si una sociedad de esa clase podría llegar a existir. Incluso si se adoptasen medidas de corte totalitario que dieran lugar a un proceso de socialización estrictamente neutral, es posible que las diferencias entre hombres y mujeres –si aceptamos que alguna hay– terminasen por manifestarse. Pero dudo que lleguemos a saberlo; dado que esa sociedad hipotética no tiene visos de fundarse, habremos de manejarnos con unas sociedades liberales donde el ejercicio de la autonomía personal se ve condicionado por procesos educativos –tanto en la familia como en la escuela– y entornos culturales en cuyo interior circulan toda clase de narraciones, discursos e idealizaciones. Ahí es donde se desenvuelven los individuos de carne y hueso, hombres y mujeres que exhiben una abigarrada heterogeneidad y no tienen por qué corresponderse con arquetipos universales que definen lo que significa ser “hombre” o “mujer”. Pero existen regularidades; tan originales no somos. Y lo que observamos en el mundo de hoy es que los intentos del feminismo por emancipar a la mujer de la denominada belleza normativa o la sexualización voluntaria del propio cuerpo han resultado infructuosos; al menos, hasta el momento. Basta echar un vistazo a las redes sociales para comprobarlo: la cantidad de mujeres jóvenes dispuestas a exhibir su belleza normativa en las redes sociales –fenómeno descrito con agudeza por Alberto Olmos en su ensayo Tía buena– es aparentemente infinita. Mientras tanto, los tratamientos de belleza y las clínicas estéticas no han dejado de prosperar; los gimnasios están llenos y las grandes marcas parecen haber aparcado su querencia por las llamadas “corporalidades disidentes”. Tal como señalaba Antonio Ortiz la pasada semana, cunde la impresión de que el capital erótico está de vuelta: incluso las acciones de Victoria’s Secret han subido un 48% tras hacerse públicos sus resultados empresariales. Así que seguimos viviendo en el mundo de Jonah Ryan, aquel becario de la Casa Blanca de Veep –brillante sitcom de Armando Iannucci– que se pasaba el día poniendo nota a los físicos de los hombres y las mujeres con los que se cruzaba: un mercado donde no es lo mismo ser un 5 que un 9. Ya lo decía Camille Paglia: “La belleza es fascista”. ¡Salvo que uno tenga diez millones en el banco! En fin: pocos serán los individuos de ambos sexos que, acreedores de un 5 a ojos del fanfarrón Jonah Ryan, no hubieran preferido ser un 9. ¿Quién no preferiría ser guapo? Vale. Y con eso, ¿qué hacemos?
6. A esa pregunta, cada uno responderá a su manera; no faltarán quienes crean que no se puede hacer mucho o no se debe hacer nada: que cada uno se las componga como pueda y dios reparta suerte, los ricos también lloran y al más guapo le han roto el corazón. Pero tanto en el feminismo como en el conservadurismo abundan quienes creen que es necesario cambiar las cosas y cambiarlas del todo; aunque feministas y conservadores quieran cosas distintas. O no: también hay un feminismo que condena el desorden sexual y califica de “guarros” a los hombres promiscuos, lamenta la sumisión a los modelos normativos de belleza y la sexualización de la mujer, desearía abolir la prostitución y cerrar la industria cosmética. ¡Poca broma! Y si sus defensores logran persuadir al resto de miembros de la sociedad de que se trata de objetivos realizables, las normas culturales cambiarán y la sociedad lo hará con ellas. ¿Acaso no se considera ya de mal gusto lanzar piropos callejeros a las desconocidas? Hora era. Mientras eso sucede, si es que llega a suceder, hay algo que sí puede exigirse a quienes deploran la sexualización del cuerpo femenino: coherencia moral. Porque quien exige que los demás hagan lo que uno mismo deja de hacer está siendo incoherente e hipócrita. Al fin y al cabo, nada nos cuesta exigir algo del resto, si eso a nosotros no nos obliga a nada. Pero si obramos así, dejando de hacer lo que exigimos de otros y cosechando beneficios por ello, restaremos credibilidad a la norma cuya adopción universal nos empeñamos en defender levantando el dedo ante el mundo. Ahí están esas modelos que denuncian la sexualización de la mujer mientras se hacen ricas en la pasarela o las influencers que lamentan la masculinidad tóxica del macho alfa y luego se desviven por llamar su atención: se diría que quieren ganar prestigio moral sin dañar su cuenta de resultados. O no: tal vez no deba esperarse coherencia de quien solo practica el oportunismo o se suma a una moda ideológica para hacer caja. Y aunque podría pensarse que esas incoherencias son meramente anecdóticas, no es el caso: cuando ni siquiera los promotores de un ideal normativo son capaces de llevarlo a la práctica, mal puede convencerse al resto de la humanidad de la conveniencia de hacer lo propio.
7. Aclaremos que la permanencia del eros es compatible con el descenso relativo de la actividad sexual de los jóvenes que describen algunos informes sociológicos, así como con la represión erótica que parece reinar en un país tan singular como Japón. Y aunque solemos culpar de lo primero a los teléfonos móviles, que algo de culpa pueden tener si conducen a una socialización menos sociable y más centrada en la interacción digital, tampoco puede descartarse la influencia de factores como la aparición de una moralidad más puritana que la de antaño o la creciente percepción de que los encuentros eróticos casuales acarrean riesgos jurídicos potenciales para sus participantes. En su blog Marginal Revolution citaba Tyler Cowen un paper aparecido en la revista Journal of Health Economics donde intentan esclarecerse los efectos de la nueva legislación sobre el consentimiento en la conducta sexual y –tirando de ese hilo– la tasa de fertilidad. A juicio de Adrian Mehic, quien firma el trabajo, una definición más restrictiva del consentimiento reduce la fertilidad en torno a un 4%: se forman menos parejas y aumenta el número de abortos. La razón es que los individuos más reacios al riesgo se retiran del mercado, alterando la composición de este último e incrementando la proporción de quienes adoptan menos precauciones (de ahí el aumento de los abortos) en los encuentros casuales. Por otro lado, el autor incluye un análisis de los veredictos de los tribunales suecos de apelación en casos de agresión sexual: desde que se introdujo la nueva legislación se ha reducido el número de sentencias unánimes y ello sugiere dificultades a la hora de evaluar la validez del consentimiento en los llamados “casos difíciles”, lo que también contribuye a explicar el abandono del mercado –refugiándose tal vez en una monogamia temprana– por parte de los individuos menos dispuestos a correr riesgos vitales. Sin embargo, el descenso de la actividad sexual general –un trasunto de la demanda efectiva total del keynesianismo– es compatible con un aumento de la sexualización de la mujer en las redes y en la vida cotidiana: ninguna sociedad había conocido jamás tal proliferación de imágenes de contenido erótico o sexual. Si descartamos por razones de orden darwinista que los jóvenes carezcan ya de todo apetito sexual, la pregunta se hace sola: ¿hacia dónde se canaliza toda esa energía corporal?
8. Tanto las historias periodísticas como las ficciones –ya sean novelescas, televisivas o cinematográficas– que se ocupan de las pasiones amorosas siguen atrayendo nuestro interés. Ya se trate de alta literatura o de telenovelas turcas, de las películas de Visconti o de la crónica sobre adulterios con derivaciones criminales, las grandes pasiones resultan absorbentes y no hace falta ser Madame Bovary para soñar con vivirlas o desear haberlas vivido. Si algo nos atrae de esas historias es el abandono con que se conducen quienes se han enamorado –por usar un término de uso común– cuando no lo esperaban ni les convenía, víctimas como son de una pasión indisponible –pues no se decide vivirla– que los arrastra sin remedio. Ya lo cantaba Wanda Jackson en Funnel of Love: “Ahí voy / Cayendo, cayendo, cayendo / Mi mente está en blanco / Mi cabeza da vueltas / Me hundo en el embudo del amor”. Es asimismo el destino de la mayoría de los personajes de Georges Simenon, a los que puede calificarse como víctimas recurrentes de sus pasiones amorosas o desviaciones sexuales. En cualquier caso: a fin de proteger a la sociedad de los efectos desestabilizadores del eros se han creado a lo largo de la historia normas legales y sociales que castigan el adulterio y la promiscuidad. Es verdad que su gradual debilitamiento en el curso de la modernidad no ha conducido al desorden social, lo que acaso pueda explicarse por los costes que acarrea para el individuo una búsqueda permanente de nuevas emociones. De ahí que una de las compensaciones anímicas más habituales consista en la exhibición social de un capital erótico que no se espera liquidar; basta con sentir que uno todavía es codiciado en el mercado amoroso y dejar que la fantasía –que es parte de la realidad– haga el resto. Nada puede evitar, con todo, que lo imprevisto llegue a suceder: que una pasión desordenada –oxímoron– se abra paso alguna vez en la vida de cualquiera. Y más nos vale alegrarnos de que así sea, ya que un mundo donde las pasiones estuvieran legisladas hasta el menor detalle –algo así como esa sociedad distópica contra la que combatía Lemmy Caution en la Alphaville de Godard– sería un mundo más triste.
9. Si ningún famoso duerme solo, Benito Antonio Martínez Ocasio –aka Bad Bunny– no iba a ser una excepción. Todo lo contrario: el exitoso artista puertorriqueño, cuyas canciones versan sobre amor y sexo desde todos los ángulos imaginables, parece concitar sin dificultad el deseo de sus fans. Eso no quiere decir que Bad Bunny no pueda sufrir mal de amores; como ha señalado con agudeza Hughes en una columna reciente, “Debí tirar más fotos” –canción de Debí tirar más fotos, álbum– es una paradójica elegía de la pérdida: el personaje lamenta no haber hecho más fotos cuando era feliz. Y en “Baile inolvidable”, que también gira en torno a una mujer que ha salido de su vida, Bunny es consciente de la fugacidad de los placeres mundanos: “La vida es una fiesta que un día termina”. ¡Y tanto! En todo caso, su capacidad de elección –nuestro hombre está lejos de ser un incel– le permite elegir para sus vídeos y conciertos a mujeres dotadas de eso que el feminismo denomina “belleza normativa”; su reeducación está, pues, pendiente. Habrá quien se sorprenda: la izquierda había prohijado a Bad Bunny en el marco de su lucha contra Donald Trump, reivindicando su concepción multiétnica del americanismo y contraponiéndola al supremacismo blanco que el magnate devenido presidente ha explotado en su beneficio. Bien está: la América mestiza de Bad Bunny es mucho más verdadera que la fantasía exclusivista que desembarca en el Mayflower. Que Bad Bunny haya de encajar con los patrones morales de esa misma izquierda, sin embargo, es asunto bien distinto. Aunque no conviene identificar al creador con su creación, a Bunny con Benito, el canto a la promiscuidad amorosa que contiene “Tití me preguntó” no parece estar alejado de su biografía y trae el recuerdo de canciones similares de los Rolling Stones (“Some Girls”) e Iggy Pop (“Girls”): “Me gustan mucho las Gabriela / Las Patricia, las Nicolle, las Sofía / Mi primera novia en kinder, María / Y mi primer amor se llamaba Thalía / Tengo una colombiana / Que me escribe to’ los día’ / Y una mexicana que ni yo sabía / Otra en San Antonio que me quiere todavía”. ¡Masculinidad tóxica! ¿Por qué vende tantos discos?
10. Sí, eso: ¿por qué vende tantos discos? La pregunta se la han hecho también innumerables ciudadanos de bien, que consideran su música una suerte de aberración estética y muestran su perplejidad ante este fenómeno de masas. Servidumbres de la actualidad: uno se siente obligado a opinar incluso si no se encuentra en posición de hacerlo. Y no estará en posición de hacerlo –o al menos de hacerlo con criterio– quien lo desconozca todo o casi todo sobre los últimos setenta años de historia de la música popular, dicho sea a ojo de buen cubero, porque si uno pasa de Beethoven o Duke Ellington o los Beatles a Bud Bunny, sin más, tendrá dificultades para procesar lo que llega a sus oídos. Aunque Bad Bunny puede gustar más o menos, es un dotado compositor capaz de asimilar múltiples influencias –la salsa neoyorquina de los gloriosos años 70, el dancehall jamaicano, el hip-hop, así como algunos ritmos campesinos de su país natal– y que remite con su mestizaje a predecesores como The Clash, Talking Heads o Manu Chao. De ahí que su último álbum se abra con un sample –o cita– de “Un verano en Nueva York”, emblemático hit de 1975 a cargo de El Gran Combo de Puerto Rico, e incluya una alusión directa al genio insuperable del fallecido Willie Colón. El veterano Santi Carrillo, director de la revista barcelonesa Rockdelux, ha escrito sobre sus conciertos: “Esto es Radio Clash en 2026 emitiendo en frecuencia libre desde una antigua estación pirata y ahora ya alojada en el corazón del mainstream para el acceso de oyentes que quieran escuchar un razonable manifiesto social que incluso parece haber convencido a los (¿catetos?, ¿rockeros?, ¿sabiondos?, ¿gente de honor?, ¿periodistas?) que odian el reguetón”. Tiene razón: nos guste o no, bueno es Benito. ¡Y por eso vende tanto! Aunque la coherencia –moral e intelectual– no sea siempre el fuerte de quienes acuden a verlo.