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Podobalón

Antes de hablar de futbol, de autogoles y de palabras que prosperan o fracasan, conviene recordar una escena: la de un lector golpeado por no celebrar la victoria de una selección nacional.
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El 25 de julio de 1978 a las quince horas comenzó la final de aquel mundial del futbol, en la que Argentina derrotó a Holanda. Sí, ya sé, a los Países Bajos, aunque les llamamos neerlandeses y no terrabajeños ni bajopaisanos.

A pesar de ser domingo, la Biblioteca Nacional estaba abierta, y un escritor argentino se metió en ese edificio de la calle México para procurarse unas lecturas, sin el menor interés de cuanto estuviese ocurriendo en el Estadio Monumental. Ahora el adjetivo indica que es enorme, pero originalmente el monumento era un recordatorio de los muertos, fuera una estatua o un sepulcro. En fin, “monumental” es parte de la grandilocuencia del futbol, donde por estos días casi cada partido tiene su manera de hacer historia o buscar la gloria o convertir a alguien en héroe.

También aquel domingo de 1978 se hizo historia, el equipo alcanzó la gloria, Kempes fue el héroe y la gente marchó por las calles para celebrar el campeonato. Pero el gusto se les transformó en irritación cuando vieron a un hombre con aspecto de mosquetero salir de la Biblioteca Nacional, sí, la misma que regenteó Borges. ¿Cómo era posible que ese individuo, en vez de celebrar, estuviese leyendo? Lo mismo que fanáticos religiosos se le echaron encima y comenzaron a golpearlo. Me contó que salvó la vida porque uno de los que lo estaba machacando, de pronto lo reconoció. ¿Charlie, eres tú? No se trataba de un lector, sino de alguien con quien había hecho amistad durante el servicio militar. Así el agresor pasó a ser el defensor y Charlie pudo vivir unos años más, leer muchos libros más y escribir una tercia de novelas.

La prensa se evitó el tener que reportar, entre tanta algarabía, el linchamiento de un hombre frente a la biblioteca.

La nueva Biblioteca Nacional de Argentina es un mamarracho enorme, que podría llamarse monumental. La primera vez que la vi me puse triste, pero me conformé al saber que Borges nunca estuvo ahí.

Los linchamientos tienen historia mucho más larga que la palabra “linchamiento”. Cristo salva a la prostituta de un linchamiento, que, por ser a pedradas, se llamaría lapidación. Tal como leemos en Heródoto que “las mujeres de los atenienses… se dirigieron espontáneamente a la residencia de Lícides y lapidaron tanto a su mujer como a sus hijos”. Lope de Vega tampoco tenía a la mano la palabra “linchamiento” cuando escribió Fuenteovejuna.

Los etimólogos no se ponen de acuerdo sobre quién fue el señor Lynch, si un tal Charles o un William, pero están de acuerdo en que así se apellidaba. De haberse tratado de un Charles Attenborough o un William Fitzpatick habría sido más difícil llegar a honrarlo con un vocablo. “Un hombre fue attenboroughizado por la multitud enardecida”. Ya con Shakespeare se batalla un poco para llegar a lo shakespeariano, aunque mucho menos para pasar de Cervantes a lo cervantino. Bueno es que Franz se apellidara Kafka, y por suerte Darwin no fue Ilizaliturri. Forzado suena lo garciamarquiecino y no sé si haya consenso en cuanto a lo borgeano y borgesiano. Los apellidos vascos se alargan más que otros y se dice que el de mayor cantidad de letras es Burionagonatotorecagageazkoetxea. Más fácil es desconstantinopolizar.

Volviendo al deporte de las patadas. A veces me preguntan si los mexicanos decimos “fútbol” o “futbol”. Ninguna de las dos. Escribimos “futbol” pero pronunciamos “fut bol”, y durante algún tiempo en la prensa se escribió tanto en inglés, foot-ball, como españolizado con guion, “fut-bol”, sin que prosperara la intención académica de llamarle balompié, como nunca prosperó que al voleibol se le llamase balonvolea y mucho menos que al jazz se le llamara yaz. Al día de hoy muchos equipos latinoamericanos llevan las siglas F.C., obedeciendo al inglés.

Tal como se acostumbra en inglés, las cosas forman nombres básicos según su función o elementos. Ya sabemos: a los aparadores les llaman shop windows, a la manejera o volante, steering wheel; a la libreta, note book; al teclado, key board, al papel tapiz, wall paper, a la acera o banqueta, side walk, y así. Venido del francés y con mejor sentido, el tenis se llama tenis, pero un pariente cercano, ya en tiempos sin imaginación, se llama raquetball. El cricket es pariente mayor del baseball. Aquí los académicos ya no vocearon en el desierto con sugerencias como basepelota ni bolaraqueta.

Aunque en tiempos del latín nunca se jugó al futbol, ahora se propone que le llamen pediludium, pero tal palabrita no se usa ni en el vaticano. Mejor suena en griego ποδόσφαιρο, que españolizado sería podósfero o podobalón.

En el mundial de 1982, empataron a tres goles Francia y Alemania. Tres veces se oyó el grito but! y tres veces tor! Pero ya se sabe que los franceses al queso le llaman fromage.

Los diccionarios, incluyendo el de mexicanismos, definen la palabra autogol del modo obvio, pero no dan su empleo figurativo. Los políticos viven metiéndose autogoles sin patear una pelota. En mis días futboleros, en los torneos llaneros al tiro de esquina se le llamaba córnel.

En polaco, por cierto, se dice piłka nożna.

Estuve pasando un tiempo en Cracovia mientras escribía algún capítulo de mi última novela. El estadio de futbol no está lejos. Escuché el grito de gol. Otra vez y una más. Ya no me pude concentrar en mi trabajo. Era un juego de la Europa League. Jugaba Wisła Kraków contra el Spartak Trnava. Al final, fueron veintisiete goles.

No tengo noticia de que otra persona haya sido golpeada por salir de una biblioteca cuando su equipo gana una final. Pero, salvo Charlie, no tengo noticia de que siquiera alguien vaya en tales circunstancias a una biblioteca. Pie mata cabeza; balón mata libro. ~

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(Monterrey, 1961) es escritor. Fue ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017 por su novela Olegaroy.


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