Detrás de la nueva derecha norteamericana. Entrevista con Ángel Jaramillo

El autor de “Donald Trump y la rebelión en la granja” habla sobre las ideas que animan el modelo de Trump de hacer política, que repercute en el mundo entero.
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La crisis hipotecaria del 2008 en Estados Unidos fue determinante en el impulso de la primera ola populista que recorrió Europa y América Latina. La segunda ola populista (más bien un tsunami) ocurrió en 2017 con el ascenso de Donald Trump a la presidencia de la mayor potencia del planeta. En esta segunda ocasión acompañaron y secundaron las acciones de Trump un conjunto de pensadores de diferentes procedencias intelectuales, que han robustecido y ampliado la penetración de la que se ha dado en llamar la nueva derecha norteamericana.

Ángel Jaramillo, colaborador asiduo de Letras Libres, publicó Donald Trump y la rebelión en la granja. La ideología política detrás de la nueva derecha norteamericana (Aguilar, 2026), libro que arroja una esclarecedora luz sobre las ideas que animan y soportan el impetuoso modelo de Trump de hacer política, con repercusiones en el mundo entero.

Populismos de diferente signo –de izquierda y derecha– dominan el escenario internacional. Algunos de estos gobiernos añaden a su talante autoritario y vertical un componente religioso al que Jaramillo llama “populismo teológico”. Los monarcas de siglos anteriores encontraban la justificación de sus reinados en motivos divinos. Ahora los líderes carismáticos creen que gobiernan de la mano de los dioses revelados o de sus profetas. En esto el Islam y Occidente se dan la mano.

Conversamos con Ángel Jaramillo sobre los intelectuales y su influencia sobre Trump, sobre el papel de la religión en la nueva derecha norteamericana, sobre el poder de las ideas en la política, tradición antigua que proviene de Platón aconsejando al tirano de Siracusa, y que Gabriel Zaid estudió acuciosamente en De los libros al poder. Jaramillo reflexiona también sobre la forma en que esa influencia intelectual puede arrojar una sombra ominosa sobre México con el proyecto de la Gran América del Norte.

Cuando Malraux dijo que “el siglo XXI será religioso o no será”, pareció extraño por el secularismo imperante. Sin embargo, reaparece este factor vinculado al populismo teológico. ¿Cómo te explicas su surgimiento y qué características presenta?

Los franceses lo llaman le retour de Dieu, el regreso de Dios, es decir: el regreso de la religión. Lo veo como una serie de olas teológicas que comienzan a finales del siglo pasado con el arribo del gobierno teocrático en Irán; más tarde, los ataques terroristas del 2001 en Washington y Nueva York. Esta primera ola viene del mundo musulmán. De ello toman nota los teólogos cercanos a Putin. Este llega al poder en 1999, pero a partir del 2007 comienza a escuchar a estos teólogos-políticos que ven a Rusia como el mecanismo mediante el cual la iglesia ortodoxa rusa va a conquistar Europa. Esta es la segunda ola.

Sucede algo semejante con el chavismo. El chavismo representa un regreso al ámbito religioso. Existe una diferencia entre el régimen cubano y el chavista. Cuba es una rama del bolchevismo. El chavismo es algo diferente, no se puede disociarlo de la teología de la liberación. Chávez decía que él encarnaba a Jesucristo, como ocurrió con López Obrador en México. En Estados Unidos pasa algo semejante. Siempre ha existido en la historia de Estados Unidos este interés por la religión. El nacionalismo cristiano tradicionalmente ha apoyado a los candidatos del Partido Republicano. Pero en el caso de Trump esto ha llegado al extremo, en parte debido a su personalidad carismática, que se presta a las devociones religiosas. El nacionalismo cristiano en Estados Unidos ha aprovechado muy bien esta situación.

También podría pensarse que a cada acción le corresponde una reacción y al islamismo islámico le corresponde una reacción de radicalismo cristiano. Esto embona con una tesis que repasas en tu libro, la de Huntington y el choque de las civilizaciones, el choque de la civilización cristiana contra la musulmana.

Steve Bannon leyó cuidadosamente a Huntington, pero las ideas de Bannon entrañan un mayor peligro. La visión de Huntington es mucho más secular que la de Bannon, quien afirma que la moral judeocristiana es la base de la civilización occidental. Bannon siempre se ha mostrado interesado, no solo en Estados Unidos, sino en el futuro de Europa. Lo que él promueve es un regreso a las guerras religiosas anteriores al siglo XVI, a las cruzadas. Bannon piensa que a Europa le corresponde, en estas nuevas cruzadas, la defensa de la civilización judeocristiana en contra del Islam. No estoy de acuerdo con esa idea. Siempre he sido crítico del radicalismo islámico. Europa enfrenta el desafío de la expansión del radicalismo islámico, pero la mejor manera de tratarlo no es mediante una nueva guerra religiosa sino un auténtico diálogo de civilizaciones. Ese es el gran desafío de Europa. Octavio Paz en Tiempo nublado, publicado a mediados de los años ochenta, hablaba ya de la necesidad del diálogo entre el Islam y Europa.

Tu libro es una historia intelectual del trumpismo. ¿Cómo es esto posible si Trump, que ha publicado más de una docena de libros, parece incapaz de leer uno solo?

Cuando le preguntan a Trump que cuál es su libro favorito, responde que la Biblia y su propio libro, El arte de la negociación. Me parece que no ha leído la Biblia, pero sí leyó su propio libro y de ahí saca algunas de sus ideas. Él no escribió su libro, lo escribió un periodista, pero él estuvo implicado en su revisión. Lo interesante es que Trump, de una manera intuitiva, ha llegado a las mismas conclusiones a las que han llegado los intelectuales que lo apoyan. Estos intelectuales, conocedores a fondo de la historia política, promueven el proyecto de la nueva derecha. Esta abreva de la tradición norteamericana, pero con elementos nuevos. Trump coincide con los intelectuales de esta corriente en la lucha contra la globalización, en la que ven a los Estados Unidos como una víctima. Coinciden también en su crítica de la burocracia de Washington. En este punto Trump llega a conclusiones a las que también llegan los intelectuales leyendo a Max Weber. Existen grandes coincidencias entre Trump, que no es para nada un filósofo, y los filósofos de la nueva derecha trumpista.

¿Se trata de una coincidencia, de una convergencia o los intelectuales norteamericanos juegan el papel de dar cobertura y soporte intelectual a las acciones de Trump?

Los intelectuales de los que yo hablo en mi libro –teólogos, académicos, filósofos, empresarios filósofos como Peter Thiel– son resultado del triunfo de Trump, pero también son la causa de su triunfo. Por ejemplo, el grupo de Claremont. Ellos apoyaron a Trump antes de su victoria, se dieron cuenta de que Trump podría ganar y vieron en Trump un instrumento para llevar a cabo sus ideas. Ellos preceden a su triunfo. Por otro lado, ese triunfo les ha permitido empoderarse. Este grupo de Claremont, que está en California, ya instaló un think tank en Washington DC. Han aprovechado el triunfo de Trump para fortalecerse. Lo mismo pasa con Peter Thiel, Curtis Jarvin y Patrick J. Deneen: manejaban ideas reaccionarias, conservadoras, teológicas y filotiránicas, apoyaron a Trump y luego han sido beneficiados por este triunfo.

El liberalismo sobrevivió al socialismo del siglo XIX y a la Revolución rusa. Resistió y salió fortalecido de su combate contra los totalitarismos fascistas y comunistas. Ahora mismo, aparece opacado por el populismo. ¿Crees posible el resurgimiento del liberalismo en el siglo XXI?

Es el principal desafío para los que somos liberales. El liberalismo siempre ha aprendido de sus errores y de sus derrotas. Fue derrotado ideológicamente por parte de la izquierda con el nacimiento del marxismo. El marxismo fue un desafío a las ideas liberales desde la izquierda. Luego el fascismo constituyó otro desafío desde la derecha. El liberalismo aprendió de esos desafíos. Entendió cómo tenía que responder ante ellos, hubo un rediseño liberal. Tomaron en cuenta la crítica, por ejemplo, de Nietzsche, que me parece muy poderosa. El fundamento filosófico del fascismo proviene de Nietzsche. El liberalismo enfrentó esa crítica y también la crítica de Marx. Hizo frente a otras críticas que venían del lado político. Luego de la Segunda Guerra Mundial, el desafío en Europa vino de la socialdemocracia y la democracia cristiana, que en varios países desarrollaron el Estado de bienestar. Siguiendo esta tradición del liberalismo, de aprender de sus errores y de enfrentar los desafíos de sus críticos, debemos de repensar el liberalismo a partir del desafío de los populismos del siglo XXI.

¿Consideras que el trumpismo ideológico, más allá de su talante autoritario, tiene respuestas adecuadas para enfrentar los desafíos del futuro, como son la migración, las nuevas tecnologías, el fin de la globalización?

No tiene propuestas para los grandes desafíos, como el del medio ambiente. El populismo no tiene respuestas para los retos que se aproximan, por ejemplo: la inteligencia artificial y la llamada singularidad, o la biotecnología que podría modificar la evolución humana a partir de la ingeniería genética, es decir: los retos que representa el post humanismo. Se necesita la diplomacia para llegar a acuerdos que enfrenten estos problemas. Recordemos que el populismo está en contra de la diplomacia, lo que le interesa es generar rivalidades: guerras convencionales, guerras económicas o de otro tipo, que no generan consensos, sobre todo en el terreno científico. Todos estos problemas se pueden resolver mediante la ejecución de la razón, mediante la ciencia. Pero el populismo está en contra de la ciencia. Necesitamos más ciencia, no menos ciencia, para resolver estos problemas. El populismo no puede garantizar esto.

El populismo tiene una postura muy fuerte frente a la migración. No nos gusta, pero tiene una respuesta. En términos del desafío tecnológico, muchos de los empresarios del poshumanismo son personas cercanas a Trump. Parecería que en otros terrenos el populismo tiene respuestas; en cambio, el liberalismo tiende siempre a la deliberación.

Francis Fukuyama ha comentado el problema que enfrentan los regímenes republicanos y liberales debido a la separación de poderes. El ejecutivo puede proyectar un gran aeropuerto pero luego el poder legislativo, la burocracia y el poder judicial impiden que se lleve a cabo el proyecto. En China no tienen ese problema. En China, si Xi Jinping decide hacer un moderno aeropuerto en Shanghai no va a tener el problema de que el poder judicial le diga que no o que la prensa lo critique. Fukuyama tiene cierta razón. Es la crítica que le hacía Carl Schmidt al liberalismo: las instituciones parlamentarias se la pasan debatiendo y nunca llegan a una conclusión que redunde en una política pública. Schmidt proponía un presidente muy fuerte que pudiera tomar decisiones fundamentales sin que los otros poderes republicanos le pusieran límites. En este sentido el populismo tiene esa ventaja. El liberalismo debe repensar el republicanismo y la separación de poderes para que las instituciones trabajen en favor de la ejecución de nuevos proyectos, de nuevas industrias, sin que exista la tentación autoritaria de un poder monárquico. Ese es el desafío, cómo utilizar las instituciones republicanas para generar las condiciones de prosperidad del siglo XXI.

La Estrategia de seguridad nacional en la que participaron Michael Anton y Stephen Miller, ¿de qué forma afecta a México?

Trump llegó a su segundo mandato muy agresivo, imponiendo aranceles a todo el mundo. Con China fue más allá. Les dijo a los chinos: “Ustedes van a tener aranceles de más del 500%”. China contestó de inmediato: “Si ustedes quieren establecer esos aranceles, nosotros ya no les vamos a transferir los minerales críticos que necesitan para la industria de la cuarta revolución industrial”. El gobierno de Trump se dio cuenta de que habían ido demasiado lejos con China porque este país concentra el 60% de los minerales críticos del mundo. Trump y sus intelectuales comprendieron que Estados Unidos tenía un problema con eso. Entonces decidieron elaborar la llamada doctrina Donroe, que desarrolla la idea de la Gran América del Norte, que abarca desde Groenlandia hasta la región del Caribe venezolano. Por eso Groenlandia es importante para ellos. Ahora bien, entre Groenlandia y Venezuela está México. Solamente así podemos comprender el hecho de que el gobierno de Trump haya secuestrado a Maduro sin tocar al chavismo, porque el chavismo le es útil. Trump no tiene, como los gobiernos republicanos anteriores, la idea de exportar la democracia. Por eso no apoyan a María Corina Machado, de hecho, están impidiendo que viaje a Venezuela. A Estados Unidos le interesa que el gobierno chavista les ayude a explotar los recursos minerales y petroleros de Venezuela. La idea de la Gran América del Norte consiste en que van a explotar los recursos físicos, petroleros, energéticos, minerales, de toda la región, de Groenlandia hasta Venezuela, pasando por México, para beneficio de Estados Unidos. Me parece que los gobernantes mexicanos no se han dado cuenta todavía de esto, de este gran proyecto y de cuál es el papel que juega México en él.

¿Ves en los recientes requerimientos de tribunales estadounidenses hacia México una forma de intervencionismo político? ¿Son parte de la estrategia autoritaria trumpista?

Los recientes triunfos de la derecha en varios países de América Latina y la conformación del “escudo de la libertad”, una coalición de gobiernos de derecha liderados por Trump, forman parte del proyecto de llevar las ideas tiránicas a América Latina. El caso de México me parece sui generis. Lo que Estados Unidos busca es promover una derecha radical autoritaria, pero en México la derecha radical no tiene fuerza, como sí la tiene en Argentina, Colombia y El Salvador. Creo que Trump ve en México la posibilidad de llegar a negociaciones con el gobierno presionándolo a través de la vía judicial. Quieren involucrar a los políticos fundamentales del obradorato, incluso al expresidente, con el objetivo de que Sheinbaum haga lo mismo que hizo la presidenta de Venezuela: plegarse y ceder soberanía. Creo que ese es el principal peligro para México. ~


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