Foto: B4859/Avalon via ZUMA Press

Messi, la leyenda implícita

Al ganar el Mundial, Lionel Messi no solo conquistó la única gloria que se le había resistido, sino que cruzó el umbral maradoniano del ídolo popular inextinguible.
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Tras haberse encumbrado por primera vez en un Mundial de fútbol con Argentina, para muchos de nosotros Lionel Messi pasará a convertirse en la Venecia que Marco Polo nunca quiso descubrirle del todo a Kublai Kan, el falso emperador de los tártaros, en las terrazas del palacio real de Kemenfú.

En la historia de ficción que trazó el periodista y escritor italiano Italo Calvino en Las ciudades invisibles, el mítico mercader y viajero veneciano era increpado a menudo por Kan por negarse a pronunciar el nombre de Venecia en sus informes y relatos de viaje. Marco Polo, señalado por contrabandear nostalgia, estados de ánimo y elegías, argumentaba que cada vez que describía una ciudad decía algo de Venecia, puesto que para distinguir las cualidades de las otras había de partir de una primera ciudad que permanecía implícita. En el fondo, este tenía miedo de que las imágenes en la memoria se borraran al momento de ser fijadas por las palabras. De alguna manera, el hablar abiertamente de Venecia, la ciudad en la que nació, podría suponer perderla de una vez por todas.

La épica que montó Messi en Qatar 2022 es el equivalente de lo que fue para la generación que nos precedió la gesta de Maradona en México 1986: la unidad de medida para hablar de otros jugadores en futuras comparecencias. De modo que cuando abordemos la historia de nuevos protagonistas que sean capaces de emocionarnos y conmovernos a un grado superlativo, partiremos de Messi como ese animal mitológico fundacional que, por sobre todas las cosas, permanecerá implícito. Aunque, de ser posible, trataremos de no hablar demasiado de él en voz alta, por miedo a que nos lo arrebaten y lo perdamos para siempre. Y, por consecuencia, nos convertiremos, también, en contrabandistas de nostalgia, estados de ánimo y elegías.

Lionel Messi no solo conquistó la única gloria que se le había resistido, sino que cruzó el umbral maradoniano del ídolo popular inextinguible. Si a otros de los que estuvieron antes en sus zapatos se les fiscalizaba el sudor y el calibre de sus huevos, a Messi se le negaba el traje de argentino sin paliativos debido a que nunca fue lo suficientemente sinvergüenza. Mientras Maradona siguió la estela trasnochadora de Elvis, Sinatra y otros catadores crepusculares, Messi nunca tuvo intenciones de sublevarse y levantarse en armas contra el régimen que lo convirtió en una fuente inagotable de exhibiciones futbolísticas. Todo lo contrario: ha sido el mejor rehén posible de la domesticidad. Y eso, con miras a la posteridad, es el peor de los defectos. Es bien sabido que son más interesantes las leyendas que se intuyen en los bares que las que se cuentan en los salones de clase.

De modo que no sorprendió que en tiempo récord el “¿qué mirás, bobo?” tan colérico e impredecible que profirió en contra del delantero neerlandés Wout Weghorst tras el Argentina-Paises Bajos de cuartos de final, lo llenara del barro con el que están construidos los héroes imperfectos, al grado de que la frase dinamitó como fenómeno social, cultural y comercial sin precedentes, protagonizando titulares de prensa y publicidad de playeras, tazas, vinos, cervezas, pantalones levanta nalgas y hasta las paredes de un monasterio gallego del siglo XVI. También, sin advertirlo demasiado, con aquellas imágenes editadas que se viralizaron en redes sociales, Leo pasó a formar parte de la distinguida lista de personajes al borde del delirio que rompieron la cuarta pared con el famoso tiro instituido por “la mirada de Kubrick”. Y, mejor aun, con la consecución de su primer campeonato mundial de selecciones dejó de coquetear con el anglófilo cascarrabias de Borges y su turbulenta relación con el Nobel como torpe medida legitimadora de grandeza y dimensión histórica.

De la misma manera sobran los motivos estrictamente futbolísticos que sustentan la exaltación del mito. En el Messi de 35 años, ya sin la barba castaña inmaculada, los slaloms con el balón cosido al pie y los cambios de dirección paranormales, se asomaron al mismo tiempo el centrocampista, el conductor de juego, el ilusionista del último pase, el rematador con recursos y el delantero autosuficiente. De esto existen dos pruebas incontrovertibles: el gol desde la frontal contra México, tirando de una Argentina que se asomaba al precipicio y, sobre todo, el tormento cinematográfico que le hizo pasar al croata Joško Gvuardiol, un talento precoz proveniente del último gran pueblo guerrero de la historia contemporánea, que había firmado la competición de su vida ataviado con una máscara de gladiador.

Por todo esto, con Messi, como con las ciudades invisibles de Calvino, la memoria es redundante: repite los signos hasta que la leyenda, finalmente, comienza a existir.


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