El exilio alpino de Chaplin

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Sin considerarse abiertamente un pesimista ni un misántropo, Charles Chaplin, de quien Orson Welles decía que “no era afeminado” sino “absolutamente femenino como intérprete”, confesó que había días en que el contacto con cualquier ser humano le hacía sentir físicamente enfermo: lo que los románticos llaman hastío vital. Un contrasentido, a vista de pájaro, tomando en cuenta que se casó cuatro veces.

Era de esperarse que se recuerde con especial entusiasmo a Lita Grey por haberle obligado a contraer nupcias con sigilo y discreción en una comisaría mexicana, en Empalme, al suroeste de Sonora. No se puede decir que se tratara de un matrimonio planeado y convencional. La madre de Grey, mexicana, amenazó con denunciar legalmente al actor si no se casaba con su hija. Poco importaba que fuera una adolescente de dieciséis años y que su futuro marido, un mujeriego irredento, le doblara la edad; el niño que venía en camino demandaba la formalidad de un matrimonio. Con todo y lo anterior, el ángel perverso de El chico y la encantadora Paulette Goddard quedaron eclipsadas en el imaginario popular por la última esposa del actor. De las mujeres oficiales de Chaplin, todas con edades más propias de una hija, Oona O’Neill se distinguió como el personaje más fascinante, como confirmaría varios años más tarde Frédéric Beigbeder en la ficción histórica Oona y Salinger. Pocos sabían que se trataba de la hija del dramaturgo Eugene O’Neill, ganador del Nobel y el Pulitzer, y de la también escritora Agnes Boulton, una pareja que, dicho sea de paso, hizo todo lo posible por tomar distancia de los cánones de la felicidad. Lo cierto es que, al quedar prendada por el encanto del británico, lady Chaplin perdería su individualidad, inestimable herencia literaria y apellido. Debió ser duro que pasara de beber vodka con martini en el Stork de Manhattan con Truman Capote y despertar las más grandes pasiones del entonces prometedor J. D. Salinger a interpretar un descafeinado rol como primera dama, introduciendo a su famoso marido al círculo literario que marcaría su volcánica postadolescencia.

Tras el destierro de Chaplin de Estados Unidos por enarbolar ideas comunistas, la pareja se estableció en una mansión sobre las colinas de Vevey, un entrañable pueblecillo suizo colindante con la Montreux que sirvió de refugio para el último Freddie Mercury y para Vladimir Nabokov. Entre los visitantes más asiduos a la residencia alpina se encontraba precisamente Capote, que no solo buscaba rememorar anécdotas con su vieja amiga, sino también establecer una relación más íntima con uno de los grandes genios creativos del siglo XX, especialmente tras el absorbente proceso de escritura de A sangre fría. Aunque, mirando en perspectiva, hay elementos para concluir que la presencia del germen de la novela de no ficción en Manoir de Ban no tuvo las mismas repercusiones que la del camaleónico David Bowie, por citar un ejemplo. Cuenta el pintor polaco Balthus que luego de la muerte de Chaplin, Bowie, de 32 años, y la viuda más famosa de la Suiza francófona, de 55, sostuvieron una efímera pero apasionante relación. Todo esto fue confirmado por el diario del legendario guitarrista Adrian Belew, quien pasó varios días en la casa que Bowie compró en la ribera suiza para preparar la gira del álbum Lodger. Quizás influyeron las gaviotas mansas o los efectos cicatrizantes del lago Lemán para terminar de bordar el contexto de atracción mutua (don’t believe in modern love) en aquellas veladas en la mansión, que desde abril de 2016 funge como un museo en honor a la vida y obra del creador de Charlot.

El denominado Chaplin’s World está segmentado en tres espacios temáticos: los estudios, la mansión y los jardines. Para entrar, cruzo primero una tienda de recuerdos. Hago un esfuerzo sobrehumano por no llevarme una Moleskine y un sombrero. A la salida, me digo. Formo parte del primer grupo del día en visitar el museo. Nos reciben en una sala de cine, donde proyectan un documental que exhibe los momentos más pletóricos del genio. Conmovido, inicio el recorrido por los estudios. Primero, El chico, ese retrato tímidamente autobiográfico sobre la dura infancia de Chaplin en los barrios más pobres de Londres. Me divierto evocando El circo, antes de encontrarme con el universo de Tiempos modernos. Paso de refugiarme debajo de una mesa para ocultarme del regordete y cuasicaníbal Mack Swain, en la casa de La quimera del oro, a repantigarme en la silla del barbero judío perseguido por el régimen de Hynkel, en El gran dictador. Luego, me apresuro a hacerle compañía a la bellísima –y dolorosamente ciega– Virginia Cherrill, protagonista de Luces de la ciudad. El colofón no podía ser otro que Candilejas, con un veterano Buster Keaton al piano. Cómo no emocionarse con esa célebre secuencia entre los dos más grandes mitos del cine mudo de la historia. Una oda a la improvisación. Súbito frenesí.

Es momento de explorar la mansión. La casa luce como en los días más felices del exilio alpino. Muebles, cuadros, cartas, guiones, fotografías, partituras. Todo parece formar parte del corpus artístico del actor. Como si fuera imposible separar la persona del personaje. Finalmente alcanzo un salón donde se proyectan viejas películas familiares que delatan a un Chaplin cercano, sensible, maduro y a la vez infantil, con el pelo canoso, disfrutando de los ocho hijos que tuvo con su última esposa. En la mansión, además de la sala que recuerda a los visitantes más ilustres de Manoir de Ban, me emocionan especialmente dos cosas. Una es la carta escrita por Chaplin al dramaturgo estadounidense Clifford Odets, que sirve como testimonio del idilio que terminaría desarrollando con el paisaje suizo: “Tenemos una hermosa casa de treinta y seis hectáreas que resguardan el encantador pueblo de Vevey, donde Rousseau y Courbet vivieron y trabajaron durante algún tiempo. Las vistas al lago y las montañas distantes son inefables.” La segunda tiene que ver con la histórica ceremonia de los premios Óscar de 1972. Después de instalarme en la recámara principal de la casa en la que pasó sus últimos veinticinco años de vida, revivo enternecido en una vieja pantalla la ovación que recibió tras su regreso al país del que fue defenestrado a causa de sus convicciones ideológicas. Me comporto a la altura de las circunstancias: rompo en llanto.

Estoy ansioso por salir a los jardines y contemplar los Alpes nevados desde el patio frontal, como Robert Downey Jr. en la biopic de Richard Attenborough. Mi emoción es contenida por una incesante lluvia matinal que tira abajo mis planes. Es imposible mirar más allá de las nubes deprimidas. Tengo que conformarme con explorar los confines de la residencia. Escruto, desde uno de los extremos, la icónica fachada del edificio principal. Entonces pienso en lo que debió ser aquella Navidad de 1977, cuando Charles Spencer Chaplin durmió una siesta eterna. ~