Foto: Ian Robles/Alto Press via ZUMA Press

Lo que los triunfos de México en el Mundial dicen sobre nosotros

En las victorias de la selección se materializa algo que el país necesita y rara vez experimenta: la sensación de unidad.
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El triunfo de México sobre Corea del Sur significó, en términos deportivos, tres puntos que certificaron el pase del Tri a la siguiente ronda del Mundial. Pero reducir lo que pasó esa noche a su dimensión futbolística sería ignorar algo más profundo que ocurrió en las calles, en las plazas y en los hogares del país. México dejó de ser el país fragmentado que es y se convirtió, brevemente, en un solo cuerpo celebrando lo mismo al mismo tiempo.

El sociólogo francés Émile Durkheim tiene un concepto que explica con precisión lo que sucedió: la efervescencia colectiva. Durkheim observó que las comunidades humanas atraviesan momentos excepcionales en que los individuos dejan de sentirse aislados y experimentan, de manera intensa y temporal, que forman parte de algo más grande que ellos mismos. Un partido de la selección nacional cumple esa función. Millones de personas ven lo mismo, sienten lo mismo, cantan el mismo himno, visten los mismos colores y celebran el mismo gol en el mismo instante. Lo relevante, según Durkheim, no es el partido en sí mismo, sino que la sociedad, a través de ese ritual compartido, termina celebrándose a sí misma.

Esa idea adquiere un peso particular en un país como México, donde las divisiones –económicas, regionales, políticas, de clase– son profundas y constantes. Nuestro país es, en la vida cotidiana, un país de fragmentos que rara vez convergen. Y sin embargo, durante noventa minutos contra Corea del Sur –y en general en la Copa del Mundo–, esos fragmentos se han disuelto en una experiencia colectiva que no distinguió entre quien vive en una colonia popular de la Ciudad de México y quien observa el partido desde Chicago, Tijuana o Mérida.

Ahí entra el concepto del teórico Benedict Anderson sobre las “comunidades imaginadas”. Anderson argumentaba que las naciones existen, en gran medida, como construcciones imaginadas: ningún mexicano va a conocer personalmente a los otros ciento treinta millones de mexicanos, pero aun así siente pertenecer a la misma comunidad que ellos. Los grandes eventos deportivos materializan esa comunidad imaginada de una manera que pocas otras experiencias logran. Durante el Mundial, una persona en el norte del país sabe, con certeza absoluta, que millones de compatriotas estaban viviendo las mismas emociones simultáneamente. Esa certeza compartida es lo que hace que los mundiales refuercen la identidad nacional de manera tan poderosa: hacen visible, palpable, una comunidad que el resto del tiempo existe solo de forma abstracta.

El filósofo español José Ortega y Gasset ofreció una definición de nación que ilumina especialmente bien este fenómeno: un “proyecto sugestivo de vida en común”. Para Ortega, una nación no se sostiene únicamente en la historia compartida o en el territorio, sino en la creencia de que sus miembros comparten un destino. Los éxitos deportivos funcionan precisamente porque construyen, aunque sea temporalmente, una narrativa de ese destino común. Por unas horas, las diferencias de clase, de región, de ideología política, desaparecen, y emerge la sensación genuina de que, más allá de todo lo que nos separa, estamos juntos en esto.

Hay otra dimensión del fenómeno que merece atención, y la ofrece el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer en su reflexión sobre la naturaleza del juego. Gadamer observó que cuando un ser humano participa de un juego auténtico, deja de ser un observador externo y es absorbido por la dinámica misma del juego. Eso explica por qué millones de aficionados que jamás tocaron el balón hablan del resultado en primera persona del plural: “ganamos”, “nos eliminaron”, “estamos en cuartos”. El espectador, mediante ese mecanismo psicológico, se incorpora simbólicamente al juego. No es un error de lenguaje ni una exageración retórica. Es la manifestación de una identidad colectiva que el juego mismo hace posible.

Jean-Jacques Rousseau, en su análisis de las repúblicas, argumentaba que toda comunidad política necesita rituales comunes que recuerden a sus miembros que pertenecen al mismo cuerpo político. El himno antes del partido, la bandera ondeando en las gradas, las plazas llenas de aficionados, las celebraciones masivas en las calles tras el triunfo, todo eso se asemeja a lo que Rousseau consideraba necesario para mantener la cohesión de una sociedad. En un país donde las instituciones formales atraviesan crisis de confianza recurrentes, esos rituales informales del fútbol cumplen una función de cohesión social que pocas otras instituciones logran replicar con la misma intensidad.

Todo esto explica por qué tanto el triunfo sobre Corea del Sur como las actuaciones de México en el Mundial en general trascienden el resultado deportivo. No fue solo una victoria que certificó el pase de México a la siguiente ronda de su propio Mundial. Ha sido, durante unos días, la materialización de algo que el país necesita y rara vez experimenta: la sensación tangible de ser una sola comunidad, unida por algo más fuerte que sus diferencias.

Esa unidad es frágil y temporal por naturaleza. El fútbol no resuelve las divisiones estructurales de un país, y sería ingenuo pensar que un triunfo deportivo puede sustituir el trabajo institucional necesario para construir cohesión social duradera. Pero también sería un error desestimar el valor de esos momentos de efervescencia colectiva, porque recuerdan algo que conviene no olvidar: que, más allá de todo lo que nos separa, sigue existiendo la capacidad de sentirnos parte de lo mismo.

Ojalá esa alegría colectiva dure. Y ojalá, aunque sea por un rato más, sirva para recordarnos que la unión no es solo posible en el fútbol. ~


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