La crisis fiscal de Estados Unidos: camellos y ornitorrincos (segunda parte)

 La segunda entrega del análisis de la situación fiscal que vive Estados Unidos. 
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Estados Unidos alcanzó déficit fiscales históricamente altos a partir de 2009, como consecuencia no solo del colapso en la recaudación fiscal imputable a la crisis, sino también porque el gasto público explotó por los rescates de los bancos, de las empresas automotrices, de Fannie Mae y Freddie Mac, de deudores hipotecarios, de estados y municipios, etcétera. Una vez que entró Obama a la presidencia, él también empezó a hacerse cargo –en plena crisis- de las necesidades de la clientela del partido demócrata. Con el pretexto de estimular la economía, abrió la llave del gasto para sostener, por tanto tiempo como pudo, los niveles de empleo entre trabajadores públicos, maestros de escuelas públicas, y otros miembros de sindicatos que apoyan incuestionablemente al partido demócrata. Esto incluyó la ayuda a los sindicatos de la industria automotriz, como el de Chrysler, al cual privilegió para que los trabajadores recibieran su liquidación antes de que los tenedores de bonos emitidos por esa empresa recibieran su dinero, alterando arbitrariamente el proceso de liquidación. Violó la ley de quiebra en forma flagrante y particularmente vergonzosa, proviniendo esta medida de la presidencia de Obama, quien fuera profesor de derecho constitucional.

En reciprocidad, los sindicatos tanto públicos como privados, han respondido donando generosamente a las campañas demócratas en un proceso que parece extremadamente peligroso: imponen cuotas obligatorias a los trabajadores, las reciclan para financiar las campañas de los políticos que les convienen, y los políticos retribuyen su lealtad al garantizar suficiente gasto público para mantener altos niveles de empleo entre burócratas. Mitt Romney, el precandidato republicano más serio para la contienda presidencial del año que viene, dice que hay que reconocer que Obama heredó la crisis, pero también hay que aceptar que ha contribuido a empeorarla; estoy de acuerdo con él.

Lo que es particularmente dañino en este momento es que a la tensión natural en cualquier crisis de esta magnitud, hay que agregar la que proviene de tener comicios electorales el año que viene. En éstos, Obama tratará de reelegirse, mientras que los republicanos que antes solo parecían estar orientados a recuperar la mayoría en el senado (manteniendo la que obtuvieron en la cámara baja en la elección reciente), empiezan a abrigar la esperanza de que podrían limitar su presidencia a un solo término, dada la caída en la popularidad del presidente.

Sin duda, la posibilidad o no de que el presidente Obama se reelija dependerá de la evolución de la economía en los próximos 15 meses. El desempleo ha repuntado; 16.2% de los trabajadores están desempleados o involuntariamente subempleados y nunca había sido tan largo el período promedio que el desempleado típico lleva fuera de la fuerza laboral. Las familias estadounidenses están, además, endeudadas y el valor de su principal activo, su vivienda, sigue a la baja. El consumo, que es más de 70% del PIB estadounidense, se encuentra deprimido, y consecuentemente la inversión privada también lo está. En una situación así, el gasto público tiene que compensar, al menos parcialmente, la contracción. 2010 fue el primer año en el que las familias estadounidenses recibieron más en apoyos del gobierno de lo que pagaron de impuestos (2.3 versus 2.2 millones de millones de dólares).

El gasto subió y la recaudación federal bajó, pasó de ser 18% del PIB -promedio de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial- a 14.4%. En medio de una crisis como ésta, la reducción es más que lógica. Conforme la situación se normalice, lo cual ocurrirá lentamente, el gobierno regresará a sus niveles previos de recaudación. El déficit del gobierno ha sido, dada la combinación de todo lo anterior, enorme. En 2008, en la época pre-crisis durante la presidencia de Bush, se estimaba que el déficit en 2011 sería solo 54 mil millones de dólares (0.3% del PIB), acabará siendo alrededor de 1.64 billones (millones de millones), o 10.9% del PIB. Se estima que alrededor de 58% del incremento en el déficit se explica por la caída en la recaudación y 42% por el crecimiento en el gasto. 

Y es justo esta condición la que sienta la mesa para que ahora se saquen los ojos los ideólogos detrás de cada partido. Hay ejércitos de comentaristas en uno y otro bando, y siempre cuentan con algún economista miope que utiliza la luz del reflector para pregonar su ideología haciendo generalizaciones brutales, e ignorando totalmente realidades que son mucho más complejas que la lección en el libro de texto. John Kenneth Galbraith decía que “un economista sabio es aquel que reconoce el alcance de sus propias generalizaciones”: hoy hay muy pocos que lo hagan.