Y ahora, ¿por dónde?

Los gobiernos tienen que darse cuenta de que los sistemas actuales de recaudación generan corrupción e ineficiencia y son un lastre a la actividad económica.
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Las crisis que viven Europa y Estados Unidos ponen sobre la mesa interrogantes mucho más profundas que tienen que ver con definir qué paradigma funciona para esas y para otras economías en pleno siglo XXI. Se tiene que discutir no solo hasta dónde llega la responsabilidad del estado, sino qué está dispuesto a hacer para allegarse de los recursos necesarios para cumplir lo que promete.

Claramente, en el caso europeo las promesas han excedido a los recursos. Los estados benefactores han ofrecido una red que abarca salud, educación, empleo desde la cuna hasta la muerte. Pero el envejecimiento de sus sociedades, las menores tasas de natalidad y el avance de la ciencia que lleva a que las enfermedades antes mortales sean hoy crónicas, hacen explotar el costo de mantener con vida durante décadas a los enfermos, haciendo imposible que se cuente con recursos suficientes para otorgar lo prometido.

Estados Unidos se enfrenta hoy al mismo dilema. O se decantan por un modelo europeo con una amplia red de protección -pero también con niveles impositivos altísimos- o buscan un modelo diferente que no iguale el resultado final, sino que empareje el terreno y las oportunidades, permitiendo que haya ganadores y perdedores.

El presidente Obama se ha hartado de decir que el problema fiscal de Estados Unidos se resuelve si el 1% más rico paga más impuestos. Esto está muy lejos de ser cierto. Si bien el 1% más rico acapara 20% del ingreso nacional, esa población ya paga 40% de la recaudación nacional de impuesto sobre la renta. El 10% más rico paga 60% del total -más de lo que paga ese segmento de la sociedad en cualquier otro país del mundo- incluidos países socialistas como Suecia. El 40% más pobre paga cero.

El déficit fiscal de hoy equivale a 10% del PIB, alrededor de 1.5 millones de millones de dólares. Pretender cerrarlo cobrándole solo al 1% más rico implicaría que pagaran tasas de más de 100%. Evidentemente esto no es posible. Pero, peor aún, hay abundante evidencia para rebatir esa propuesta electorera pues subir la tasa de impuestos, como propone el presidente, no incrementó la recaudación en el pasado. Hace cuarenta años, la tasa marginal era el doble que hoy y la participación del 1% más rico en la recaudación total era la mitad de lo que hoy es. La gente rica aprovecha deducciones y hace planeación fiscal en forma agresiva y eficiente. Pero al Sr. Obama le tiembla la mano cuando se trata de eliminar deducciones, pues afectaría los intereses de grupos poderosos que contribuyen con millones a las campañas electorales.

Por ello, lo más realista sería que todo mundo pague, que paguen una tasa baja y que se eliminen deducciones que generan ventajas injustas. Privilegiar impuestos al consumo sobre impuestos al ingreso, como un impuesto al valor agregado nacional. Como dijo el extraordinario filósofo político estadounidense John Rawls, lo justo es establecer impuestos en función al estilo de vida, no al nivel de ingresos. Es indispensable que por principio todos paguen, de lo contrario los que solo reciben no tendrán interés alguno en fomentar la eficiencia en el gasto del gobierno, pues el dinero que se está gastando no provino de su bolsillo. Nadie lava un automóvil rentado.

En mi opinión, los gobiernos tienen que darse cuenta de que los sistemas actuales de recaudación generan corrupción e ineficiencia y son un lastre a la actividad económica. Por cierto, la tasa de impuestos a las empresas en Estados Unidos será la más alta del mundo el primero de abril cuando Japón baje la suya. Y ahora Obama propone que después de que la empresa ya pagó 35% sobre sus utilidades, ahora el dueño pague otro 35% si recibe un dividendo de esta, a pesar de que la empresa no deduce el dividendo otorgado. Y nos preguntamos ¿por qué ha caído la inversión privada?

La narrativa actual puede provocar que se satanice a quien ha sido exitoso, promoviendo una cultura de envidia. Como dice el analista conservador George Will, la envidia es el único pecado capital que no da siquiera placer momentáneo, y sería equivocado que influya en la política social de un país.

Robert Frost apuntaba: “no quiero una sociedad homogénea, quiero una que permita que la crema ascienda”. Esa filosofía es el ethos del “sueño americano”, que ha hecho de la economía estadounidense sea la más poderosa del mundo, la que más creatividad provoca, la que más patentes genera y la que atrae a más talento del resto del mundo. Ciertamente, el concepto de equilibrar el terreno para que cualquiera tenga acceso a las oportunidades es mucho más fácil en la teoría que en la realidad. Una enorme parte de la población carga con pesados lastres que provienen de pobreza extrema, de familias disfuncionales, de difícil acceso a educación de calidad y de barreras raciales. Aun en un país en el cual es común ver que las mejores escuelas privadas son entidades sin fin de lucro y ofrecen becas a alrededor de una quinta parte de sus estudiantes y en el cual universidades altamente selectiva, como Harvard, le dan asistencia financiera a 70% de sus estudiantes, la movilidad social de hoy es la menor en muchos años. Pero, entonces la atención debe ser puesta en ese proceso y no en simplemente “dar limosna”, provocando una peligrosa dependencia del estado, que acaba generando un quid pro quo peligroso, cuando se intercambia esta por votos. Basta ver qué ha ocurrido en casos extremos como Venezuela para entender por qué es un fenómeno destructivo, peligroso e indeseable.

Ningún país estará ahora exento de decidir el paradigma a seguir, de elegir qué quiere ver cuando se mire en el espejo. Paliativos momentáneos en los que se transfieren recursos de ahorradores y pensionados a bancos quebrados -como lo ha hecho Japón, Europa y Estados Unidos- son insostenibles. Modelos de provisión de salud que cuestan una quinta parte del PIB, como el estadounidense, amenazan con quebrar al país (o al menos con impedir el crecimiento necesario). Procesos en los que tres millones de personas han salido de la fuerza laboral y ocho millones se han vuelto dependientes del estado (según un estudio de la ultra-conservadora fundación Heritage) durante los casi cuatro años de gobierno de Obama, serán difícilmente reversibles.

Sí, siempre habrá dentro de toda sociedad gente realmente desvalida que merece la protección del estado por moral elemental y empatía básica, pero a veces estos valores se confunden. Se vuelve igualmente inmoral e injusto que sociedades modernas actuales estén transfiriendo a manos llenas recursos de las generaciones jóvenes a las viejas, por el simple hecho de que el sufragio que proviene de estas últimas es más constante y abundante. Así, se quitan recursos de educación y de otros rubros que benefician a los jóvenes para pagar planes de retiro y prestaciones obsoletas; e incluso se utiliza el ahorro y las provisiones generadas por quienes apenas ingresan a la fuerza laboral, a sabiendas de que, por razones puramente demográficas, no habrá con qué cubrir las necesidades de esos jóvenes cuando ellos se retiren.

El reto histórico que vivimos invita al pragmatismo absoluto porque se han acabado las alternativas. Los días de ideologías románticas y utópicas han quedado atrás. Seguirlas profesando equivaldría a condenar a generaciones enteras a una vida sin oportunidades. Es el momento para poner los temas de fondo sobre la mesa y asumir posiciones maduras al discutirlas. Ha llegado el momento en el que los políticos tienen que empezar a comportarse como adultos. Los tragos amargos y los sacrificios no pueden posponerse eternamente.

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