Foto: ICP Colombia, CC BY-NC 2.0

Francis Fukuyama vuelve a la carga

Hace poco más de 30 años, el politólogo estadounidense proclamó fallidamente el fin del conflicto ideológico como motor de la historia. En un artículo reciente retrocede a aquella idea, aunque con matices, ambigüedades y lagunas de información.
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Circula en redes sociales el ensayo “The long arc of historical progress” (The Wall Street Journal, 29/04/22), cuyo autor, Francis Fukuyama, no necesita presentación desde la publicación de su ensayo “The end of History?” (1989) y su extensión en el libro The end of History and the Last Man (1992), ambos de inspiración hegeliana y con repercusión mundial. En México fue enarbolado por liberales y neoliberales que, más o menos a partir de entonces, emergieron como la corriente de opinión principal.

En el intervalo de la publicación de ambas piezas ocurrió el derrumbe de la Unión Soviética, que se presentía desde 1984 por las reformas de Gorbachov. Este acontecimiento histórico dio gran fuerza al argumento principal de Fukuyama, a saber: que el liberalismo económico y político navegaba sin enemigo al frente, lo cual anunciaba el fin del conflicto ideológico como motor de la historia, de modo que el mundo marcharía hacia una nueva era signada por el progreso económico, científico y tecnológico y la adopción de las ideas e instituciones políticas liberales.

Sin pretensión de restregar el fracaso de esta predicción en la cara del autor y de los gobiernos y comentaristas que la abrazaron, es bueno recordar que esta fue la ecuación ideológica que dominó la escena mexicana hasta 2018, cuando la historia dio el vuelco que ahora tiene al país en vilo. Los pasos en la azotea se escuchaban desde la primera presidencia de Hugo Chávez en Venezuela en 1999, su influencia en casi todo el resto de América Latina en las dos décadas subsiguientes y la trepidación de una xenofobia agresiva en Estados Unidos y Europa.

A lo largo de este periodo, Fukuyama ha publicado ocho libros, todos orientados a enmendar carencias y mitigar ideas absolutistas del primero, advertir los nuevos desafíos a la hegemonía liberal y proponer ideas para la creación de estados más eficientes y justos. Pero ahora, con “The long arc of historical progress”, retrocede a su idea original, ciertamente matizada y no exenta de ambigüedades y lagunas de información.

Su mensaje principal es que “las sociedades están evolucionando claramente hacia la igualdad y la libertad individual [pero] no hay un mecanismo histórico fundamental que nos conduzca inexorablemente hacia un orden mundial liberal, similar a la creencia marxista de que la historia culminaría en el comunismo.” Para que ese orden liberal mundial sea realidad “urge la acción”, pero “si adoptamos […] una visión amplia de la evolución social humana, claramente hay un arco de la historia.” Esto es estructural.

Con el arco así tensado, Fukuyama lanza la flecha a diez mil años de evolución, de modo que su arco parece un saco en el que todo cabe. Uno se pregunta si lanzar la flecha tan lejos tiene alguna utilidad cognoscitiva. El mismo Fukuyama parece descartar esta amplitud al concentrar su argumento en la evolución del capitalismo a partir de fines del siglo XVIII, con énfasis en la aplicación del método científico, el desarrollo de la tecnología, la revolución industrial y el transporte marítimo a gran escala. Esto produjo, según su argumento, “el crecimiento económico continuo (steady) que ha caracterizado a la economía mundial desde entonces.”

El adjetivo steady tiene varias acepciones, todas relacionadas con lo estable, lo permanente. Es claro que este no ha sido el caso del desarrollo capitalista, cuya característica más notoria ha sido la discontinuidad por las crisis recurrentes con su cauda de desgracias para las sociedades y los capitalistas mismos. Esto no parece importar a Fukuyama; lo que le importa es que “el liberalismo siempre vuelve”. Bueno… también vuelve la reacción contra él, de modo que podemos hablar de una dinámica signada por la expansión económica y las reacciones defensivas de la sociedad. Esto es lo que Karl Polanyi (en La gran transformación) llamó “doble movimiento” del mundo moderno.

Fukuyama pasa por alto esta realidad tan evidente y documentada. Para él, todo progreso humano del mundo moderno es atribuible al liberalismo, cuando los hechos indican que el avance de la justicia social ha costado sangre, sudor y lágrimas de los desposeídos, casi siempre contra los intereses económicos y políticos creados por la expansión económica misma.

Fukuyama parece ignorar la dinámica del desarrollo capitalista y la historia social relacionada. Este desarrollo conduce inevitablemente a la concentración de la riqueza porque está basado en la competencia, la cual engendra ganadores y perdedores. Por definición, los ganadores terminan concentrando la riqueza. Por eso Schumpeter, cuyas credenciales capitalistas son indudables, dijo que el crecimiento económico es una sucesión de concentraciones y que su característica principal es la inestabilidad.

La competencia económica también demanda reducir costos, cuyo efecto cae casi siempre sobre la fuerza de trabajo porque su oferta generalmente supera a la demanda. Los epígonos del capitalismo suelen responder: “Pero el nivel de vida de los trabajadores ha aumentado a lo largo de los años.” Sí, pero no por la bondad del capitalismo, sino por luchas contra sus condiciones.

Fukuyama pasa por alto esta realidad, documentada por montañas de libros y reportes. Por ejemplo, La situación de la clase obrera en Inglaterra de Friedrich Engels (1845), reporte de las condiciones de vida y la resistencia fragmentada de los trabajadores. Engels era industrial textil de Manchester, así que sabía de lo que hablaba. Después de leer toda la documentación disponible, dedicó 21 meses a convivir con trabajadores y sus familias para conocer sus condiciones de vida y percepción del mundo en que vivían, lo cual es narrado con suma objetividad, sin la carga ideológica de escritos posteriores del autor. En esta línea, pensemos en las grandes novelas realistas del siglo XIX, desde Los miserables de Víctor Hugo hasta Tiempos difíciles de Charles Dickens, cuyo trasfondo es la miseria económica, el abuso de los poderosos y sus consecuencias de degradación moral.

Más cerca de nuestra época, Los condenados de la tierra de Franz Fanon (1961), que describe los estragos, económicos, sociales, psicológicos y morales del colonialismo francés en Argelia. O la célebre novela El primer hombre de Albert Camus (1960), cuya descripción de la pobreza en su hogar y el entorno argelino nos deja sin habla. Podrían añadirse De las ruinas de los imperios: la rebelión contra Occidente y la metamorfosis de Asia, Pankaj Mishra (2012), o Explotación, colonialismo y lucha por la democracia, Pablo González Casanova (2017), solo para nombrar unos cuantos de los cientos, quizá miles de libros, ensayos, antologías y panfletos.

Respecto de la independencia de los pueblos colonizados, Fukuyama admite en otra parte la dificultad de estos para adoptar plenamente el liberalismo y afirma que tal dificultad reside en la forma de su descolonización. “Estados Unidos ha sido un mal constructor de naciones […] no como Inglaterra lo hizo en la India”. Está claro que la India de Narendra Modi refuta esta apreciación de la descolonización inglesa.

Fukuyama atribuye al liberalismo la conversión de la clase trabajadora de Estados Unidos en clase media, sin mencionar que este avance proviene del progresismo de fines del siglo XIX, que sentó las bases del New Deal y de la notable mejora de las condiciones de vida de los trabajadores del periodo de posguerra hasta los setenta. Ninguno de estos avances fue concesión graciosa del capitalismo; todos fueron producto de luchas políticas que hallaron eco en diversas administraciones demócratas y republicanas.

En suma, la atribución del progreso humano y la justicia social al liberalismo por Fukuyama es insostenible. Su afirmación de que “el liberalismo siempre vuelve” debe ser matizada: “El liberalismo ha vuelto hasta ahora.” Creo que Fukuyama estaría de acuerdo con esta precisión. Lo que siempre vuelve o siempre está presente es la tensión entre el liberalismo económico y la resistencia social concomitante.   

Respecto de otros artículos y entrevistas recientes de Fukuyama, quedan algunas cuestiones a precisar. Por ejemplo, su afirmación de que “Latinoamérica es la única región del mundo que luce bien al día de hoy […] De hecho, la desigualdad económica disminuyó en la región en la última década. Es la única región del mundo donde esto sucedió. Este proceso fue posible en parte gracias a los movimientos populistas, que al mismo tiempo han sido funestos para la democracia […] Pero ha habido elecciones en Argentina, Venezuela y Bolivia, y muchos votantes han rechazado a los populistas […] Me parece que, en general, Latinoamérica está haciendo lo correcto…” (“El desafío más importante de nuestro tiempo es lograr un Estado moderno”, entrevista con Ángel Jaramillo, Letras Libres, 15/10/2016).

Parece que en este tema Fukuyama necesita más información. Cuando hizo esta declaración, Nicolás Maduro tenía tres años en la presidencia de Venezuela (hoy lleva nueve). Y está claro que la desigualdad económica y la pobreza han aumentado. La mayoría de la gente en los países de América Latina y otras partes vive un sentimiento de agravio moral, como el que constató Friedrich Engels en la Inglaterra de su tiempo.

Este sentimiento ha sido capturado y es manipulado descaradamente por demagogos cuya ambición es mantenerse en el poder a toda costa. La destrucción económica e institucional que están causando terminará derrotándolos. Si el liberalismo regresa sobre las ruinas que los demagogos están dejando, esperemos que sea un liberalismo social.   

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