La melancolía y los artistas

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A mi madre viva

La melancolía es un extrañamiento sin referente. Su sintomatología se sustenta en uno de los cuatro humores, la bilis negra: tristeza, ensoñación sin fiebre y corrupción de la imaginación y del juicio. El médico francés Jacques Ferrand fue quien desarrolló estos síntomas en su Melancolía erótica de 1610, obra que posiblemente fue lanzada a la clandestinidad por la célebre Anatomía de la melancolía del inglés Robert Burton, publicada en 1621. El libro de Ferrand, aunque enfocado en los síntomas de la tristeza amorosa, arroja luces tanto para el siglo XVII como el XXI sobre la melancolía y su punzante dolencia: la pesadumbre.

Ferrand y la psiquiatría coinciden en que la tristeza es fundamental para la melancolía, mientras que Freud aduce que se trata de un duelo y una añoranza por lo perdido. Hay que agregar que esta última pertenece a la tristeza en la evocación de lo pasado, y en ello la nostalgia se impone a la melancolía. Si, como Freud señala, en la melancolía hay una añoranza por lo perdido, esta, sin embargo, es sin causa una extraña pesadumbre donde lo perdido existe, pero no se le conoce, no tiene rostro ni nombre.

Juan Horacio de Freitas en Melancolía y flema describe la melancolía ante la pérdida de un objeto preciado que “tal vez no está realmente muerto, pero se perdió como objeto de amor y en otras circunstancias, dice Freud, nos creemos autorizados a suponer una pérdida así, no obstante, no atinamos a discernir con precisión lo que se perdió”. En la nostalgia el referente es inteligible (los años escolares idos, por ejemplo), mientras que la melancolía carece de él. La pesadumbre del nostálgico es el rastreo quejoso, un tanto risueño, de una causa con rostro pero perdida, donde solo la memoria devuelve lo extraviado. La pesadumbre del melancólico es un sonambulismo interior, sin sueño, un tedio por no hallar el reposo del pensamiento, y que desvanece la sensatez.

“Ensoñación sin fiebre”, según Ferrand; “delirio mental”, para los griegos. La razón no es lógica, y la imaginación, entre los descubrimientos insólitos y la negación del mundo, formula esperanzas vanas. La melancolía aqueja a los ociosos, propicia la lascivia en los temperamentos calientes, de acuerdo con Aristóteles, taciturnidad en los temperamentos fríos, y en numerosos casos es creadora, como incide en el genio, en los artistas. La facultad creadora es, posiblemente, el único rasgo positivo de la melancolía en que acontece, dice Freitas, un “cierto sosiego contemplativo”.

Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe relaciona el poema Primero sueño de la monja y el grabado Melancolía I de Alberto Durero (una figura alada contemplativa), pues ambas obras exponen, desde la escritura y el grabado, la imposibilidad de culminar la idea anhelada basada en la contemplación de la naturaleza. Ese impedimento que propicia la melancolía Paz lo llama “desazón del espíritu” y confirma, desde Cornelio Agrippa, que la melancolía afecta al pintor y al arquitecto en la imaginación, ya que tratan con la proporción, mientras que a los poetas y filósofos, que trabajan con la elocuencia y la lógica, los afecta en la razón. En Durero altera a la imaginación y en sor Juana a la razón.

Para Ferrand el rostro es “como el alma resumida”, así que el semblante de la figura alada, acaso un ángel, en Melancolía I es el de una concentración enigmática, de mirada dura y postura paciente pero tediosa. La melancolía está cifrada en imágenes (el poliedro, el compás, la escalera, entre otras): es la espera de una resolución simétrica del mundo interior. La melancolía en Durero es la imaginación explicada por los símbolos.

Sor Juana, en la búsqueda de un logos escurridizo, escruta, como montaraz, el camino que conduce a ese conocimiento que “ser puede noche en la mitad del día”. Así como en Durero el rostro sintetiza una espera no consolidada y tediosa de la luz de la idea, en Primero sueño ese tedio melancólico se acentúa en el sombrío mito de las tres hermanas que desobedecen a Baco, sobre el cual la voz es testigo triste de las ensoñaciones previas al viaje del alma: “componían capilla pavorosa, / máximas, negras, longas entonando, / y pausas más que voces […] que el viento / con flemático echaba movimiento, / de tan tardo compás, tan detenido, / que en medio se quedó tal vez dormido”. Tedio y tristeza en los que el delirio y las figuraciones mentales son el hallazgo infructuoso de un viaje por la luz racional que aún no llega.

La imaginación y la razón son afectadas también por la melancolía en la expresión musical. La música incide en la mente y propicia el humor melancólico. En su oscura y poco virtuosa dulcería de sinsabores que es el álbum Third (2008) de la banda británica Portishead, la balada “The Rip”, con cuerdas y percusiones que se repiten hasta alcanzar un tedio bellamente sincronizado, enuncia la desazón como una renuncia al desasosiego, a favor de una contemplación revitalizante, donde la esperanza es redentora, mas lúgubre: “Wild, white horses, / they will take me away / and the tenderness I feel / will send the dark underneath. / Will I follow?” La ensoñación de la tumba es la redención del melancólico. Se le extravían las causas de su extraña tristeza o se hunde en la pérdida sin nostalgia de un propósito desmentido. El desengaño que, para sor Juana, implica despertar sin nada en la búsqueda de un logos huidizo (“esforzando el aliento en la ruina”), en Portishead es la derrota ante un enigma irresuelto: “Through the glory of life / I will scatter on the floor, / disappointed and sore, / and in my thoughts I have bled / for the riddles I’ve been fed, / another lie moves over.” Portishead es la sombra de la música.

Ese extrañamiento sin referente en la melancolía podría aportar una causa alejada del duelo freudiano, más abstracta e inmaterial: el absoluto, ámbito dialéctico donde paradójicamente se mira todo y se es, a la vez, observado por todo. El absoluto será el fundamento del “sosiego contemplativo” en el artista, quien trasciende las manifestaciones somáticas y mentales de la melancolía o las relega a un segundo plano donde la enfermedad adquiere dimensiones creativas. Este sosiego del artista hace de los delirios mentales y las ensoñaciones la expresión, no negativa, sino pura y positiva, de un firme empeño por apresurar el encuentro con un absoluto místico y estético. El extrañamiento en la melancolía invita a la contemplación de lo desconocido, como un evento triste en su recogimiento y fascinante en sus figuraciones; estadio del alma que, cuando no propicia, como en el artista, algún furor estético, alcanza el rango de una meditación profunda en cualquiera, en todos los hombres. ~

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