Algo elemental, de Eliot Weinberger

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Weinberger es un escritor bien conocido en México, entre otras cosas porque es el autor de aquel título célebre: Una antología de la poesía norteamericana desde 1950, publicado en 1992 por Ediciones del Equilibrista. Según el mismo Weinberger ha recordado en una entrevista con el poeta Kent Johnson (Jacket 16, 2002), esta antología fue todo un acontecimiento editorial y de ventas, colocándose apenas abajo de García Márquez en la lista de best sellers por aquellas fechas. Tras casi dos décadas transcurridas después de esta edición, dicho volumen puede verse como uno de los acercamientos más fértiles entre la poesía norteamericana del siglo xx y la lírica de fin de siglo en nuestro país. Incluso, yo no dudaría en pensar que muchas de las experiencias de los poetas mexicanos que comenzaron a publicar con el nuevo siglo pasan por la lectura de una tradición cuyo primer corpus le debemos sobre todo a él.

Ahora bien, en la órbita norteamericana las inquietudes de Weinberger han sido siempre un tanto incómodas. No solo es un traductor incisivo de la poesía hispanoamericana en un contexto desinteresado –cuando no francamente hostil–, también es el voraz erudito encarnado en un ensayista con debilidad por las formas exóticas y, de igual modo, una conciencia lúcida de la realidad política local. Nathaniel Tarn lo ha descrito así recientemente: “tal vez lo más cercano hoy a un ‘intelectual público’ entre los escritores norteamericanos, Eliot Weinberger se encuentra a la izquierda en política y es, asimismo, una voz crítica determinante de cuando menos una parte (yo diría que la más importante) de la poesía estadunidense de vanguardia”. En este sentido, supongo que nadie negará el desconcierto que provoca ver juntos algunos de sus libros. Por ejemplo, Invenciones de papel al lado de 9/12: New York After: una reunión de textos fundamentalmente literarios en el primer caso y, por otro, la crónica personal y urgente de la atmósfera posterior al derrumbe de las Torres Gemelas. En efecto, a Weinberger le interesan las tribus de pastores-guerreros que al pie del Himalaya compusieron los Vedas tanto como la fundación del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (pnac), suscrito entre otros por Rumsfeld, Cheney, Jeb Bush e “imanes del conservadurismo” como Fukuyama y Norman Podhoretz.

Desde luego, esta aparente discrepancia de intereses tiene método: cualquiera de las cosas sobre las que escribe Weinberger pueden ser cotejadas. Ejemplo: en las páginas de 9/12: New York After se cita el documento del pnac en favor de una Pax Americana del siglo xxi: Rebuilding America’s Defenses… Y por extraño que parezca, lo mismo sucede con aquellos ensayos en donde, digamos, Han Yu se exalta con un discurso dirigido a los cocodrilos en el difícil año de 819, o se nos pone al tanto sobre el peculiar modo de caza del maharajá de Rewa, quien lee mientras espera la aparición de un tigre, etc. Vale la pena detenerse en otros dos rasgos significativos de este autor: si en sus escritos políticos sobresale un punto de vista individual –perfilado al calor de los acontecimientos–, lo cierto es que el ensayista literario recurre más bien a un tono impersonal.

Dicha característica resulta particularmente visible en Algo elemental, publicado este año por Atalanta. En efecto, se trata de un conjunto de 36 textos en los que la fábula se confunde con la arqueología, la crónica con la metafísica y la poesía con el documento. Los motivos y temas son de origen y tiempos tan diversos que casi obligan a detener la lectura embargados por una fuerte sensación de extrañeza. Y es que la ausencia de una entidad personal (esa voz lírica o narrativa) convierte los ensayos de Algo elemental en un territorio ya no digamos exótico, sino inubicable e incluso atemporal. En este sentido, la idea del universo que en “Hielo” concluye con una afirmación decididamente fantástica –“el mundo es un iglú”–, acaso tiene como referencia una leyenda fuera del tiempo…, o una realidad que podría estar sucediendo tranquilamente ahora, en cualquier aldea groenlandesa sin líneas de comunicación. Por su parte, aquella letanía que Weinberger transcribe en “Lacandones”, ¿es auténtica? Naturalmente, la sensación de extrañeza dispara nuestras especulaciones. Sin embargo, en un contexto de unknown land al que nos conducen las páginas de Algo elemental, ¿tiene importancia el que un pasaje del hipercivilizado oriente se parezca a otro salido de una crónica de la conquista del Nuevo Mundo?

No creo que este escritor meticuloso pase por alto el hecho de que sus fuentes difícilmente serán cotejadas. Weinberger no escribe para académicos ni expertos. Sin embargo y por si las dudas, Algo elemental cuenta con una relación final de obras de referencia para el malicioso o el curioso. Por mi lado, creo más bien que a Weinberger le interesa alimentar la tensión entre la realidad y lo “otro”: un aire de transfronterizo que, en los textos de Algo elemental, va dejando un margen generoso para la indeterminación, el tanteo y el probable reconocimiento. Ahora bien, este calculado enrarecimiento –de comercio con lo otro– opera no solo en los ámbitos temáticos, temporales y geográficos: afecta incluso los aspectos formales de Weinberger. Al recordar sus Invenciones de papel y leer ahora este volumen, me pregunto: ¿se trata de ensayos, como el autor se empeña en afirmar?

Algo elemental echa mano de la alegoría tanto como de la fábula, de la transcripción lo mismo que de la edición, de la metáfora como de la evidencia. El resultado son 36 ejemplares de materia inestable, entre poemas, relatos, prosa enumerativa, alegato o paciente información. “Ensayos” en los que, para ser honestos y contra lo que piensa su autor, no hace falta el dato cotejable. O cuando menos así me gustaría entender estas palabras dichas también por Weinberger en la mencionada charla con Kent Johnson: “el ensayo tiene un potencial ilimitado. Nunca es necesaria la primera persona y uno puede tender hacia la narrativa pura, el poema en prosa o el documental. Todo es posible”. ~


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