Octavio Paz en movimiento

Reality in movement. Octavio Paz as essayist and public intellectual

Maarten van Delden

Vanderbilt UP

Nashville, 2021, 370 pp.

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Maarten van Delden es un holandés educado en Barcelona y Cambridge, que escribe y habla un español perfecto y es un erudito en la literatura comparada del orbe hispánico y latinoamericano, con inclinación particular por la literatura, la cultura y la historia de las ideas políticas en México. La primera noticia que tuve de él fue durante su visita a la ciudad en donde vivo. Por ese entonces yo estaba investigando sobre la vida de García Márquez durante los años sesenta en la Ciudad de México, y algo le platiqué al respecto. No me sorprendió tanto saber que era amigo de uno de los hijos de García Márquez –con quien compartió aulas en la Kensington School de Barcelona– como imaginar que, al leer Cien años de soledad en su natal Diemen, creyó estar viviendo la inusitada versión de un Macondo con diques calvinistas. La anécdota denota esa disposición indispensable para el erudito y ensayista, la de encontrar asociaciones por lo general inadvertidas y, a veces, aparentemente imposibles.

Con la reciente publicación de Reality in movement. Octavio Paz as essayist and public intellectual, Van Delden no solo confirma su vocación de investigador de la literatura, la historia y la realidad política y cultural mexicana, sino que aparece también como uno de los más lúcidos estudiosos del pensamiento y la obra de Octavio Paz. Su libro viene a enriquecer una ya larga lista de monografías imprescindibles para entender a Paz como lo que realmente ha sido: nuestro protagonista intelectual más importante desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.

El libro reúne diez capítulos, los que corresponden a algunos de los temas e interrogantes más obsesivos de Paz, como rebelión y revolución, la India y la relación entre México y Estados Unidos; o se ocupan de su figura y obra frente a la crítica, aquella que –habitualmente desde la izquierda académica o el feminismo posmoderno– le imputa el conservadurismo más rancio y, a la vez, lo descubre en la avanzada neoliberal o, en otro extremo, lo denuncia como cabecilla máximo de un androcentrismo militante. El libro concluye con un ensayo sobre Octavio Paz como materia de ficción: curiosamente, toda una industria muy próspera desde mediados del siglo XX hasta fechas muy recientes.

Me apresuro a consignar lo que el mismo Maarten advierte en la introducción: no se trata de una hagiografía, pero tampoco de la demonología de un itinerario intelectual siempre polémico, de alguien que vivió polemizando no solo con su tiempo sino, en muchas ocasiones, consigo mismo. El volumen es un amplio recorrido no para dar con la verdad definitiva sobre la obra de Paz sino, más bien, subrayando los puntos de conflicto, aquellos en los que su pensamiento afirma, duda y concluye para, enseguida, volver a interrogarse y aún contradecirse. En el capítulo 3, Van Delden transcribe una cita de Pequeña crónica de grandes días, publicado en los últimos años del autor: “La historia no es un absoluto que se realiza sino un proceso que sin cesar se afirma y se niega. La historia es tiempo; nada en ella es durable y permanente.” Casi con los mismos términos podría describirse el pensamiento de Paz, intercambiando una palabra por otra para confirmar los lazos entre historia y pensamiento. Y a ello hace referencia el título que preside esta reunión de ensayos: Reality in movement. Inscripción que bien pudo llevar como epígrafe aquellas palabras atribuidas a John Maynard Keynes, según leo en un libro póstumo de Tony Judt: “Cuando los hechos cambian, cambio de opinión. ¿Y usted qué hace, señor?”

Paz fue un defensor apasionado pero también lúcido de la Revolución mexicana. Vivió directamente los costos humanos y sociales de la lucha armada y, por lo mismo, reconocía la importancia del cambio que significó la institucionalización de la vida pública, en la que se abandonó la disputa entre facciones y caudillos en favor de la participación ciudadana y la consolidación partidista. También supo reconocer la relevancia del PAN, con algunos de cuyos dirigentes, en sus últimos años, mantuvo cierta cercanía. Aunque quizá nunca renunció a su convicción de que la derecha carecía de ideas, pero no de intereses, tampoco negó la auténtica vocación democrática de aquel partido.

Estas dos facetas en el itinerario intelectual de Paz manifiestan a su vez dos de sus constantes más polémicas, aquellas por las que desde los años noventa se le identifica y denuncia como una suerte de “soldado” del régimen y –por otro lado, aunque en esas mismas fechas– de haber revelado al fin su nefasto conservadurismo. En la lógica de cierta crítica lo simbólico pesa tanto como los hechos, si no es que más. Así que no importa si el Paz de los años cincuenta (el de El laberinto de la soledad) no es el mismo que el de los años ochenta y noventa (el de Pequeña crónica… o Tiempo nublado). Lo definitivo es que, denuncian sus críticos, Paz colaboró con el neoliberalismo político y cultural de los años ochenta y noventa (los de la revista Vuelta) no solo con opiniones (que luego él mismo refutará) sino con algo peor: proveyéndolo de un discurso legitimador.

Para quien aprecie la necesidad de una verdad verificable, Maarten van Delden ofrece un registro pormenorizado de las diversas opiniones y reflexiones de Paz. A este respecto, resultará ilustrativo el siguiente párrafo sobre su figura como presunto intelectual conservador:

Con frecuencia a Paz se le ha etiquetado como un conservador, o incluso un reaccionario, pero ha habido escasa exploración a profundidad de lo que esto puede significar. En algunos aspectos es claro que esa etiqueta no se ajusta a Paz. Tenemos a un autor que era cercano al Partido Comunista al inicio de su carrera y que siguió alabando algunos puntos del pensamiento marxista en la década de los setenta. Él demostró una afinidad por la contracultura en los sesenta, expresó su apoyo a los políticos socialdemócratas en los ochenta y denunció regularmente el capitalismo en los noventa, incluso después de que respaldó las reformas de libre mercado promovidas por el gobierno de Salinas. Además, nunca dejó de celebrar la Revolución mexicana, o al menos ciertas vertientes dentro de la Revolución. Si esta combinación de posturas representa el conservadurismo, definitivamente la mayoría de los conservadores no lo apoyaría. Es importante destacar, sobre todo, que la visión de Paz como pensador conservador no emergió hacia el final de su carrera, por el contrario, se difundió ampliamente en la década de los setenta, cuando Paz citaba regularmente a Marx en sus escritos.

Otro ejemplo significativo tiene que ver con la acusación más bien desleal, y sin sustento, de androcentrismo militante del poeta. Al respecto, escribe Van Delden:

((Traducciones de Karla Sánchez.))

En Corriente alterna, él vincula el movimiento de liberación de las mujeres con la rebelión juvenil de la década de los sesenta y declara que estos dos movimientos fueron quizá “las grandes transformaciones de nuestra época”. Poco más de una década después, en El ogro filantrópico, Paz explica por qué el movimiento feminista fue profundamente significativo: “El movimiento de las mujeres expresa algo más profundo que una ideología –y de más alcance: quiere un cambio pero no tanto de los sistemas como de las relaciones humanas, cualesquiera que sean los sistemas.” Para el momento de Tiempo nublado, Paz ya había llegado a la conclusión de que estas convulsiones que sacudieron al mundo a partir de la década de los sesenta habían tomado su curso. Pero hizo una excepción para el movimiento de liberación de las mujeres: “este movimiento comenzó mucho antes y se prolongará todavía varias décadas. Es un proceso que pertenece al dominio de la ‘cuenta larga’. Aunque su ímpetu ha decaído en los últimos años, se trata de un fenómeno que está destinado a perdurar y cambiar la historia”.

El problema que pone en evidencia Reality in movement en realidad no es un problema sino una petición de principios. Para legitimar sus posiciones, Paz debía confirmar antes la bondad de sus intenciones. Pero ¿le estaba permitida cualquier legitimidad a quien, en lugar de acompañar la posterior radicalización de los soixante-huitards, se atrevió a subrayar (y en su caso mantener) uno de los aspectos menos inspiradores para la vulgata antisistémica? En un pasaje de la correspondencia con Jean-Clarence Lambert, Paz se atreve a reconocer un rasgo particular del 68 mexicano. El comentario y la cita son de Van Delden: “Paz ofreció más detalles sobre los que consideraba los cambios más factibles que el país necesitaba: ‘se trata de lograr lo que rechazan los jóvenes europeos y norteamericanos –la democracia burguesa’.” ~