Azorín: vida de un grafómano

Francisco Fuster ha escrito una biografía de Azorín, autor de una obra descomunal, que combina lo clásico con lo moderno.
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Con ocasión del cincuentenario de la muerte de Azorín, escribía José-Carlos Mainer, en un texto recopilado recientemente en el volumen Del siglo pasado (Notas de lectura) –publicado por Prensas de la Universidad de Zaragoza–, que quizá haya llegado ya la hora de reconocer a este autor “un legado intelectual y estético de primerísimo orden en las letras del siglo XX”. Aseguraba Mainer que Azorín destacó, entre otros elementos, por haber sido, en buena medida, el creador de la literatura y del paisaje españoles como referencias emocionales del pasado, por su refinada prosa y la fusión genérica, y, asimismo, por su condición de profesional de la escritura con clara conciencia de serlo. Un lustro después, bien cumplido ya el 150 aniversario de su nacimiento, ha visto la luz una interesante biografía de Azorín, obra de Francisco Fuster, que con anterioridad había emprendido ya estudios de la vida y obra de otros literatos españoles como Pío Baroja –muy especialmente de su etapa de parisino exilio– o Julio Camba. Al interrogarse sobre el interés y atractivo actual de un libro de este tipo sobre Azorín, el autor subraya tres aspectos: una producción descomunal, con más de cien volúmenes entre 1900 y 1960 y unos 5.500 artículos periodísticos; una de las obras más originales de la literatura española novecentista, y, por último, una excelsa concertación de lo clásico y lo moderno. Precisamente a esta última razón alude el título de la biografía de Azorín que ha elaborado Fuster, al tiempo que homenajea el de un libro de referencia del escritor alicantino: Clásicos y modernos.

Fue Azorín un grafómano, un escritor compulsivo. Recuerda, en muchos rasgos, a otro febril devorador de cuartillas como Josep Pla y su diabólica manía de escribir, como bien apuntó su biógrafo Xavier Pla. La escritura era, como para el autor catalán –o bien para Benito Pérez Galdós o para Pío Baroja–, una forma de vida o, más concretamente todavía, la vida misma. La siguiente confesión de Azorín resulta altamente significativa en su belleza: “He escrito en muchos sitios a lo largo de mi vida: en Monóvar, nativo pueblo; en Madrid, en San Sebastián, en París. No sé dónde he escrito con más fervor, con más verdad, con más entusiasmo. He escrito en cuartillas anchas y amarillentas, en cuartillas chicas y blancas. He escrito en un cuartito de estudiante, en la mesa de una redacción, en el campo, en la ciudad, en una estación, en la mesa de mármol en un café. He escrito por la mañana, por la tarde, a prima noche, en las horas de la madrugada, con el alba, con la aurora, a mediodía, a la tarde. He escrito estando bueno, con salud pletórica, enfermo, titubeante, sin sanidad y sin dolencia. He escrito con todas las luces, con sombras y con penumbras; con luz de aceite, grata luz; con luz eléctrica, agria luz; con la blanca y suave luz del gas; a la luz de las bujías.” Y, acto seguido, añadía: “He escrito con pluma, con lápiz, con máquina de mesa y con máquina portátil, con pluma de agudo y con pluma de punto grueso. He escrito con letra abultada y letra menuda. He escrito con inspiración y sin inspiración; con ganas y sin ganas.”

Con una estructura estrictamente cronológica, dividida en siete capítulos y acompañada por una buena selección de fotografías e ilustraciones, la biografía que ha elaborado Francisco Fuster principia con el nacimiento de José Martínez Ruiz en Monóvar, en enero de 1873, en el seno de una familia de propietarios acaudalados y fervientes católicos, que le ofrecieron una buena educación en Yecla y Valencia. Cursó la carrera de Derecho, aunque muy pronto iba a consagrarse totalmente a su vocación de escritor. Instalado desde 1896 en la capital de España, dio comienzo a la que acabó siendo una larga carrera profesional como periodista. En 1900 publicó Los hidalgos, que, en su segunda edición ampliada, iba a mudar el título por El alma castellana, “la primera obra del futuro Azorín”, y, en 1905, Los pueblos, según algunos su obra cumbre. Como va a repetir a lo largo de su vida, los artículos de prensa reunidos se convierten, casi inmediatamente, en volúmenes. En 1902 vio la luz su novela más conocida, La voluntad, y, poco después, Antonio Azorín. La identificación de Martínez Ruiz con el personaje Azorín le impulsa a cambiar sus apellidos por el de este, que adopta como definitivo seudónimo. Devino uno de los mejores cronistas parlamentarios de la Restauración. En 1905 empezaron las colaboraciones en abc, que, con la excepción del periodo 1930-1940 y compaginándolas con otras en distintos medios periodísticos, iba a continuar hasta 1965. En total, cerca de 2.700 artículos. En las páginas de este diario va a fraguar el bautizo de la supuesta “generación del 98”.

Tras unos años de fervor anarquista y de posterior militancia en el federalismo pimargalliano, Azorín evolucionó, en los primeros años de la década del 1900, hacia el conservadurismo. Considera Fuster que, a la altura de 1907, su identificación con la derecha española ya era total. Se alineó fielmente –a decir de no pocos, servilmente– con Antonio Maura y sobre todo, más adelante, con Juan de La Cierva. Satisfizo con presteza su aspiración de ser diputado, repetida en varias ocasiones más. Una década más tarde fue nombrado subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes. No se cumplió, empero, su sueño de ser ministro. Comoquiera que sea, en 1912 habían llegado a las librerías Castilla y, asimismo, Lecturas españolas, una recopilación de pequeños ensayos que tuvo continuidad en Clásicos y modernosLos valores literarios y Al margen de los clásicos. Para algunos estudiosos, los años centrales de esta década conforman el momento álgido del Azorín creador. En 1919 emprendió su primer proyecto de Obras completas y, un lustro después, iba a ingresar, tras varios fracasos, en la Real Academia Española. Sus pinitos dramatúrgicos de esa época tuvieron, sin embargo, escaso éxito.

A principios de la década de 1930, un par de cambios marcan la vida del escritor de origen alicantino. Salió de abc para colaborar, sucesivamente, en El SolCrisolLuz y, ya en la órbita de Juan March –al que defendió con singular ahínco–, La Libertad. Igualmente, dejó atrás el conservadurismo para definirse como republicano autonomista –y, entre algún que otro despropósito, afirmar que Cataluña era una nación–. Ramón Gómez de la Serna vio en ese transformismo, nada raro en Azorín, mucho oportunismo. Desde 1933 se fue alejando del régimen republicano. Fuster asevera que su personaje se siente, por aquel entonces, “desorientado y fuera de lugar”. En octubre de 1936, meses después del estallido de la guerra civil española, tomó la decisión de abandonar la península e instalarse en París. Ambos bandos podían ir a por él, pero, por encima de todo, lo que le impulsaba a tomar dicha decisión era, sostiene el autor, el miedo ante la incertidumbre personal y profesional. El destierro va a alargarse tres años. Estando fuera de su país, anotó Azorín, “he sentido con toda intensidad a España”.

Como en el exilio, la escritura fue también para Azorín una vía de escape en el gris franquismo. El aislamiento no hizo más que acentuar su grafomanía. De vuelta a Madrid colaboró en Arriba y, desde 1941, nuevamente enabc. Sus vínculos con el denominado “grupo de Burgos” resultaron especialmente fructíferos. No escatimó artículos dedicados a José Antonio y a Franco. Entre 1944 y 1948 publicó mucho: artículos periodísticos, ensayos, recopilaciones, cuentos y novelas. En 1947 comenzó la edición de sus Obras completas en la editorial Aguilar. A fin de ayudarle económicamente y gracias a las gestiones del doctor Marañón ante Serrano Suñer, Azorín fue nombrado, al año siguiente, presidente del Patronato de la Biblioteca Nacional. Siempre tuvo claro que era un cargo honorífico que no le obligaba a nada. Años después, con los mismos personajes maniobrando detrás del escenario, recibió el primer Premio Nacional de Cultura, dotado con medio millón de pesetas. No faltaron duras críticas como consecuencia de ello. Azorín siguió leyendo y escribiendo mucho –además de apasionarse ocasionalmente por el cine–, logrando numerosos reconocimientos. A principios de la década de 1960 tuvo serios problemas de salud. Falleció en marzo de 1967.

La biografía de Azorín que ha elaborado Francisco Fuster es de lectura amena y sugestiva. De las tres líneas esenciales que sirven al autor para construirla, esto es, vida privada, obra y posiciones políticas e ideológicas, las dos últimas están especialmente bien desarrolladas. No parece fácil, ciertamente, en el caso de un escritor compulsivo. Imposible resulta entrar en el análisis de toda su producción, pero la selección de referencias convence. La apuesta por no olvidar la obra posterior a 1915 parece acertada. Por lo que a la política y a los vaivenes ideológicos se refiere, la argumentación se nos antoja coherente, aunque no sencilla. Fuster cita, como conclusión del libro, el editorial que publicó La Vanguardia en la muerte de Azorín: “Azorín fue, en definitiva, un liberal. Como sus compañeros de generación tuvo dificultades para encontrar su sitio y encaje en las horas de división. No es que no estuviera con nadie, sino que su vocación era estar con todos.” Quizá fuera realmente eso. La primera de las líneas biográficas, la de la vida privada, no está, sin embargo, al nivel de las otras. Se trata, sin duda, de una respetable opción del autor. Incidir más en ella hubiera podido servir seguramente para entender mejor, desde la psicología, las creencias y las emociones, algunas decisiones y actitudes de José Martínez Ruiz, alias Azorín. En cualquier caso, un libro muy recomendable. ~


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