Boga de Pier Paolo Pasolini

Nórdica publica la edición definitiva ‘Petróleo’, de Pasolini, que quedó inacabada a la muerte del escritor, en 1975, y que se publicó por primera vez en 1992.
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Por diferentes causas pierden vigencia ciertas ficciones que sostenían una forma de entender la sociedad política hace no mucho considerada como fin de la historia. Dentro de esta atmósfera de época puede constatarse la actualidad de autores que podríamos calificar de oscuros, no solo por la ocasional dificultad o exigencia de su pensamiento, sino también porque, en su momento, pusieron el acento en las costuras de la mitología política de la posguerra y asumieron las aporías de sus propias militancias. Entre ellos se encuentra, muy señaladamente, Pier Paolo Pasolini, del que nos ocuparemos aquí brevemente, a propósito de la publicación en España, por la editorial Nórdica, de su novela póstuma, Petróleo.

La primera publicación de Petróleo está llena de avatares, como conoce cualquiera que esté familiarizado con la obra de Pasolini. El asesinato del escritor en 1975 impidió que este finalizara un texto que probablemente hubiera ocupado –como él mismo dijo– su trabajo intelectual durante años. Solo en 1992 se pudo conocer en Italia la primera edición de esta novela a la que han sucedido otras tres, hasta llegar al texto hasta ahora definitivo, publicado por Garnazi, con una importante adenda de notas inéditas del propio Pasolini, y que es el traducido en España por el profesor Miguel Ángel Cuevas en un trabajo, digámoslo ya, verdaderamente excepcional.

Petróleo, le escribía Pasolini a su amigo Alberto Moravia, “es una novela, pero no está escrita como lo están las auténticas novelas: su lengua es la que se emplea en la ensayística, en determinados artículos periodísticos, en las notas críticas, en la correspondencia privada… e incluso en la poesía”. Estructurada en apuntes, algunos elaborados y con autonomía propia como relato, y otros mínimos, muy a menudo poco descifrables o puramente crípticos, Petróleo tiene algo de objeto literario no plenamente identificado. No obstante lo errático de su narrativa, llena también de juegos que remiten a Dante, Dostoievski, Sade o Joyce, toda la obra está enlazada por un vitalismo poético constitutivo y constante. Del mismo modo, pese a las múltiples aristas y las erráticas derivas que se encuentran en una novela pensada con el propósito confeso de ser obra monumental, al estilo de El Satiricón, el suelo de Petróleo es firme. Petróleo es una novela italiana. De la Italia de posguerra, para ser exactos, un mundo que, nutrido de códigos políticos nacionales y de intrahistorias sumamente singulares e intransferibles, posee sin embargo algo así como una universalidad estética, muy bien contrastada por el cine, donde autores como Bellochio (Externo notte) o Moretti (Il sol del’avenire) siguen demostrando hoy hasta qué punto el abigarrado contexto italiano de esos años es inteligible fuera de esas fronteras a través de las formas narrativas del cine. Pasolini nunca rodó su mundo político contemporáneo, pero sí hay algo evidentemente cinematográfico en su Petróleo, una novela donde de alguna forma confluyen el mundo visual, alegórico y posrealista del Pasolini cineasta con el del Pasolini escritor y ensayista.

Petróleo tiene como eje un hecho histórico, la muerte nunca aclarada, en 1962, de Enrico Mattei, fundador de la compañía nacional de hidrocarburos (eni). Mattei muere en un accidente de avión lleno de sombras, como conocimos a través de Francesco Rosi y de aquel relato casi documental, Il caso Mattei, que le valió la Palma de Oro en Cannes. La eni será la entraña neocapitalista en la que Pasolini situará buena parte de la acción de Carlo, el hombre protagonista de su obra, un ingeniero turinés, de familia burguesa y materialmente determinado, por su lugar y su tiempo, a ser ese modelo de hombre que requería la síntesis del pacto republicano en Italia: el católico de izquierdas. Carlo, sin embargo, aparece en la novela como “un hombre escindido”, permitiendo a Pasolini explorar su mundo desde una doble materialidad y psique. Carlo es un burgués y al mismo tiempo alguien sin “identificación censitaria”; ese Carlo burgués es siervo, frente al que no lo es, igual que hay un Carlo, el segundo, que entiende la lucha de clases desde su alma, mientras que el otro la ignora. Esta disociación es –según nos aclara el propio Pasolini– una regla narrativa que garantiza la legibilidad del poema o, podríamos decir nosotros, la plenitud de perspectivas de la integración social de posguerra y de lo que para Pasolini fue la generalización narcótica del hedonismo consumista.

Esta doble condición del protagonista se expresará también en el comportamiento sexual que, en la línea del Pasolini de Saló, es aquí, más allá de lo descarnadamente visual de los relatos, un instrumento de indagación en el cinismo moral y en la propia perversidad del poder, a través de los roles de poseedores y poseídos. Hay un Carlo que ejerce de agente de lo obsceno y tiene sexo con su madre, su hermana y su abuela, un Carlo que paga a veinte muchachos para ponerse al servicio de sus penes. Un Carlo que pierde su propio sexo masculino. Sin embargo, este Pasolini profanador natural del tabú es el que conecta, paradójicamente, con el Pasolini santo y mártir. Resulta inevitable leer Petróleo teniendo presente lo trágico del destino del poeta. La oscuridad que rodeó la muerte de Pasolini ha permitido conjeturar no solo que su indagación en los lodos del poder –presente en todo lo que Petróleo tiene de trama– está detrás de su asesinato, sino también que este texto es una suerte de premonición tanática sobre su propio destino o un proyecto literario elaborado sobre su muerte, como nos cuenta Miguel Ángel Cuevas que sostenía Giuseppe Zigaina, cercano amigo del poeta. En cualquier caso, más que para desvelar el interrogante de su muerte, Petróleo, como explica Joubert-Laurencin, es imprescindible para aproximarse al misterio que fue su vida. Petróleo es también un texto íntimo y confesional.

Empezábamos diciendo que Pasolini es un autor actual, en el sentido de que se acude a él para esclarecer lo que sucede hoy. La boga de Pasolini parece así más ideológica que artística, lo cual conlleva una cierta dosis de injusticia. Como le escuché una vez decir al profesor Gonzalo de Lucas, uno de los principales exégetas entre nosotros del cine del italiano, la curiosidad ideológica y morbosa por Pasolini ha impedido juzgar en justa medida su virtuosismo formal como cineasta y, sobre todo, el hecho de que escribiera una de las novelas más importantes del siglo XX, que no es otra que Petróleo. En todo caso, esta actualidad del pensamiento de Pasolini está muy determinada por el hecho de que una lectura selectiva de sus contradicciones vitales e intelectuales permite hacer del escritor italiano un valedor de algunos elementos del pensamiento reaccionario. El escritor marxista, homosexual y blasfemo, pero contrario al aborto, al divorcio o a la libertad sexual enarbolada por el mayo del 68, es traído a colación, cada vez de una forma más habitual, como argumento de autoridad o como una carta definitiva de triunfo en estas discusiones morales. Su propio apego hacia lo tradicional y local, frente a un internacionalismo que amputa la cultura plebeya, frente al genocidio cultural del capitalismo, en suma, puede ser leído también a beneficio del inventario reaccionario. “No solo de pan vive el hombre”, espetó Pasolini a Andreotti, con quien había polemizado, a propósito de la “degradación antropológica” que había propiciado el milagro industrial italiano que, según el primero, había dado lugar con su materialismo mercantil a un pueblo “degenerado, ridículo, monstruoso, criminal”. Es ese pueblo, en su proceso de alienación y pérdida de identidad moral, estética y religiosa –pues también degenera su catolicidad–, el que Pasolini escruta literariamente en Petróleo.

Petróleo, como también ocurre con Saló, nos enfrenta a un artista radicalmente atravesado, voraz en cuerpo y alma. Como afirma el crítico de cine Alfonso Crespo, la última obra de Pasolini transmite una sensación de límite vital, de desgarro irresistible. En ese trance Petróleo no es solo un poema extraordinario de su siglo, y de ahí la tarea encomiable que ha logrado Miguel Ángel Cuevas con una traducción que registra su ajustado lirismo, sino también un ensayo que explora la ruptura de un mundo antiguo, el de las comunidades culturales donde se construía el yo, y la aparición de otro del que nosotros seríamos herederos. El lector podrá comprobar la agudeza prospectiva de quien atisba la imposibilidad de un fascismo en sus formas clásicas al tiempo que constata la aparición de un nuevo rostro autoritario que aprovecha la impunidad del feísmo, la brutalidad y la crueldad. También podrá ver lo pronto que identificó Pasolini el narcisismo revolucionario y la inutilidad de un antifascismo fatuo o de “pelagatos”. En un momento de la novela, a través de un personaje,El Merda, y de sus visiones dantescas, Pasolini elabora de hecho toda una sociología de la alienación, del menoscabo del gusto y la desorientación de quienes intentaron encontrar, con distintos tatuajes y perfumes, la autoestima perdida en el nuevo hábitat social de la sociedad capitalista.

Cierta idealización de la pobreza y del analfabetismo, la desconfianza hacia al progreso o la propia servidumbre sexual de determinados aspectos de su inteligencia, entre otras críticas comunes al pensamiento pasoliniano, pueden encontrar también fundamento en las páginas de este libro, cuyo propósito monumental, como se ha dicho, es paralelo a una intimidad confesional. En la rarísima forma de Petróleo, Pasolini encuentra así la vía no solo para una obra total, sino para expresar su torrencial vivencia ideológica y personal, también disociada o contradictoria y que, por eso, no tolera hoy un intento de reducción política. Aun inacabada, inabarcable en su interpretación, Petróleo es una de esas obras esenciales del pasado siglo. Una obra que además nos interpela y de cuya reedición en España no podemos sino alegrarnos. ~


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