Camba, el mejor articulista

Julio Camba. Una lección de periodismo

Francisco Fuster

Fundación José Manuel Lara,

Sevilla, , 2022, , 200 pp.

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Julio Camba, dijo Josep Pla en 1975, es “el mejor escritor de artículos de este país”. Pese a la precisión con que Pla lo decía –o lo escribía– todo, me atrevo a discutir su afirmación. En mi opinión, le sobra “de artículos”. Los escritores son piezas enteras. La excelencia en cualquiera de las facetas que cultiven irradia toda su personalidad. Francisco Fuster, autor de esta elegante biografía de Camba –cuya frase final es la primera de este artículo–, cree que el autor de La casa de Lúculo está lejos de ser leído hoy como debería, y puede que cerca del olvido. Si es así, hay que lamentarse, porque Camba tendría que ser objeto de lectura, estudio y disfrute en todas las facultades de letras y escuelas de escritura del mundo hispánico, junto con González-Ruano, Cunqueiro, Pla, Ignacio Aldecoa, Umbral, Millás y Joaquín Vidal. Su prosa es una de las más agudas que se haya escrito en español en el siglo XX. Su rasgo principal, que harían bien en emular cuantos manejan el idioma como herramienta de persuasión, es la ausencia total de superfluidad. En los artículos de Camba no hay redundancias –salvo las que se permite con un fin expresivo, casi siempre para dar cauce a la ironía–, circunloquios, anfibologías, adjetivos sobrantes o imágenes que chapoteen entre palabras, como si no acabaran de encontrar la forma exacta de manifestarse; y ambigüedades, solo las justas, cuando así lo decide el escritor, para garantizar la textura literaria de lo dicho. Camba siempre dice lo que quiere decir de la forma más lúcida y desnuda posible, sin merma de su lustre formal ni su acuidad intelectual. Para ello se sirve de un castellano minucioso y sensato, con el que plasma una singular habilidad para el razonamiento inductivo, esto es, para extraer, a partir de la observación de ejemplos concretos, conclusiones o leyes de carácter general, y regado siempre de paradojas, que son el cimiento de su función irónica, de su escrutinio desapegado y hasta un tanto cínico de la realidad. Como Chesterton, como Cioran (ambos opuestos en el tono: el inglés, jovial, pero en el fondo triste; el rumano, tenebroso, pero pese a ello alegre), Camba mantiene encendida la llama de la antítesis iluminadora, aunque enunciada con cachaza galaica, con la despreocupación –y, a veces, con el aparente desinterés– de quien está en eso del articulismo –y de la literatura– por casualidad, o incluso a su pesar, pero no obstante lo ejecuta con frialdad profesional, con rigor ajeno a inadecuadas implicaciones emocionales.

Aunque Julio Camba implicaciones emocionales tuvo muchas a lo largo de su vida (si bien no sentimentales: no se casó nunca, ni tuvo hijos, ni se le conocen relaciones estables con personas de uno u otro sexo). Nació en 1884 en Villanueva de Arosa, en el seno de una familia acomodada. Pero, urgido por unas inquietudes intelectuales y políticas para las que no encontraba satisfacción en aquella comarca arrinconada y poco estimulante de un país en decadencia, se decidió a hacer lo que hacían tantos paisanos suyos y emigró –de polizón en un barco– a la Argentina, donde apenas vivió un año y medio, mezclado con los anarquistas porteños, dando clases nocturnas, redactando panfletos y colaborando con un periódico llamado nada menos que La Protesta Humana. Su participación en una huelga a finales de 1902 le comportó la expulsión del país. En España, publica un artículo sobre el amor libre (por el que el obispo de Santiago excomulgó al semanario donde había aparecido), colabora con revistas que defienden el ideal libertario, como Tiempo y Libertad, y hasta funda un semanario “revolucionario”, El Rebelde, que tuvo una corta vida, pero que le permitió a Camba acrecentar su prestigio entre la izquierda española: fue detenido catorce veces en poco más de un año por “delitos de imprenta”, algunos de los cuales le fueron imputados por jalear los magnicidios de Antonio Maura y Antonio Cánovas del Castillo (también sería llamado a declarar en el caso de Mateo Morral, el anarquista que había intentado asesinar a Alfonso XIII el día de su boda).

La felicidad de su pluma, no obstante, despierta el interés de medios más acomodados –y menos levantiscos–, que le ofrecen colaboraciones. En 1907 abandona su credo anarquista y se incorpora a un diario monárquico, El Mundo, desde el que iniciará una carrera de cronista y corresponsal en los mayores y más conservadores periódicos españoles, como El Sol y abc, en el último de los cuales escribirá hasta su muerte. Camba experimenta, así, la clásica (clásica por lo repetida, no por su ejemplaridad) evolución ideológica: del radicalismo juvenil al conservadurismo más tenaz –que él disimuló, en sus últimas décadas, de liberalismo vagamente crítico con el Régimen–, pasando por el abrazo decidido al levantamiento militar del 36 y la dictadura instaurada por el general Franco. Fuster aventura, con razones atendibles, que el motivo de su desafección por la República no fue tanto político como material: Camba no recibió el cargo diplomático que esperaba de las nuevas autoridades republicanas, y que sí se les concedió a otros intelectuales y escritores, muchos de ellos amigos suyos y compañeros de generación –Pérez de Ayala, Madariaga, Marañón, Ortega y Gasset, Azorín, Unamuno–, y se sintió asimismo abandonado por estos. En el abc de Sevilla publica desde mediados de 1937 artículos acerbos contra la República, otros ferozmente anticomunistas, alguno hasta antisemita y, el 11 de enero de 1938, con el título de “El tabú”, un panegírico de Franco: “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!… Una de las cosas que mejor demuestran la limpieza de nuestra vida pública es esta claridad con que pronunciamos todos el nombre del Caudillo. Franco. Francisco Franco Bahamonde. ¡Saludo a Franco! ¡Viva Franco!” Los escritores tan dotados como Camba están siempre al borde, si no los contiene un freno moral que deben haberse procurado y no dejar de cultivar, de poner sus privilegiados recursos al servicio de la iniquidad. Y eso hizo Julio Camba no solo con la eclosión del fascismo hispano, sino con artículos tan característicos de su paradójica pluma como aberrantes, como “En defensa del analfabetismo”, publicado en abc y fechado en Nueva York el 17 de junio de 1931, donde escribe: “El analfabetismo, como causa de atraso y de barbarie, es una superstición de nuestras izquierdas. […] en España solo los analfabetos conservan íntegra la inteligencia…”

El triunfo de los suyos en la Guerra Civil le supuso a Camba la tranquilidad definitiva –siguió colaborando en los mejores periódicos del país (y también en Arriba, de la Falange), aunque a menudo lo hacía con refritos,y publicando recopilaciones de sus artículos; y obtuvo diversos reconocimientos, aunque no quiso entrar en la Academia, alegando que él no necesitaba un sillón en la docta casa, sino un piso, y que eso no se lo iban a dar los académicos–, pero también el principio de su decadencia literaria. Su trabajo más brillante, con sus viajes por el mundo y sus legendarias corresponsalías en Estambul, París, Londres, Roma, Berlín y Nueva York, había muerto con el conflicto, y, salvo alguna excepción, Camba se limitó a sobrevivir; en buena medida, a sobrevivirse a sí mismo: a su figura de cronista certero, luminoso y cosmopolita, y a escritor de humor fino y retranca acreditada. La metáfora de este encierro en sí mismo, sin apenas obra encomiable ni trabajo innovador, es su encierro en el hotel Palace de Madrid, en el que vive desde 1949 hasta su muerte en 1962. Allí pasa el tiempo acostado, atendiendo el teléfono con una visera de oficinista y leyendo novelas policiacas en inglés.

Francisco Fuster ha escrito una biografía óptima de Julio Camba –merecedora del Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2022–, en la que mezcla con tino los aspectos periodísticos, literarios, estilísticos y personales del biografiado. No empece la objetividad con que trata los asuntos que se apropie, en ocasiones, del procedimiento expresivo preferido de Camba: la paradoja. Al describir el despacho de este en la única vivienda estable que tuvo en su vida, en la calle Menéndez y Pelayo de Madrid, dice: “Es el despacho de un escritor al que, sin embargo, le gusta escribir en cualquier lugar, menos en el despacho.” ~x


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