Cinco años convulsos

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En un discurso de 1931 dijo Unamuno que no habían sido los republicanos quienes habían traído la República, sino que había sido la República la que había traído a los republicanos. En la primavera y el verano de ese mismo año, buena parte de esos republicanos de nuevo cuño, entre ellos no pocos caciques, recaló en las filas del Partido Radical de Alejandro Lerroux. Ello hizo que aumentaran las contradicciones internas de una formación política que parecía particularmente inclinada a ellas: ¿debe considerarse mera anécdota el hecho de que el Partido Radical, de herencia anticlerical y mayoritariamente opuesto a la instauración del sufragio femenino, contara entre sus diputados a Basilio Álvarez y Clara Campoamor, religioso el primero, ardiente defensora del voto de la mujer la segunda?
     Tal vez la carismática personalidad de su líder pueda ayudar a explicar esas contradicciones. Hombre hecho a sí mismo, figura contradictoria donde las haya, Alejandro Lerroux encarnaba los ideales del partido que a su imagen y semejanza había fundado a comienzos de siglo. El carácter con el que el Partido Radical se presentó tras la proclamación de la República (su populismo reformista, su pragmatismo de centro, su indefinición ideológica, su apelación a la clase media y, por tanto, su rechazo de la lucha de clases) emanaba directamente del carácter del propio Lerroux, uno de cuyos lemas fue: “Frente a la reacción, revolucionario; frente a la anarquía, conservador.” Lo mismo sin duda puede decirse de su tendencia a la venalidad y de su concepción clientelista de la política. Los sucesivos escándalos que marcaron su trayectoria (el de la “cal, yeso y cemento” de 1910 en el ayuntamiento de Barcelona, la oscura y prolongada relación con Juan March, el del “estraperlo” que provocaría su definitivo hundimiento) implicaron directamente a Lerroux y a gente muy próxima a él, y de algún modo justificaron la sentencia adversa que la Historia de España acabaría dictando.
     El historiador británico Nigel Townson, en el prólogo a este magnífico La República que no pudo ser, nos recuerda que, “hasta las elecciones generales de febrero de 1936, ningún partido obtuvo más escaños en el Parlamento ni ocupó más carteras ministeriales” que el Partido Radical. Pese a ello, existían hasta ahora muy pocos trabajos centrados en la evolución del partido de Lerroux en una etapa tan decisiva de nuestra Historia. La República que no pudo ser viene sin duda a corregir ese desequilibrio, y el recorrido que nos propone por aquellos cinco convulsos años revela las luces y las sombras de los políticos radicales, pero también las de muchos otros que impidieron que prosperara el modelo republicano de convivencia. Si es verdad que a Lerroux le faltó grandeza y altitud de miras y que su norte fue casi siempre la defensa de sus propios intereses, no es menos cierto que su fracaso se debió en último término a un clima político que imposibilitaba el consenso y abocaba a todo un país a una confrontación armada como la que no tardaría en declararse. El relato de su derrota (en las elecciones del 36 obtuvo diez veces menos votos que en las del 33 y ni siquiera Lerroux consiguió su acta de diputado) es también el de la derrota de la República.
     Josep Pla hizo en Madrid, el advenimiento de la República (1933) una atinada semblanza de Lerroux en la que lo representaba con su bastón con empuñadura de plata, su distinguida arrogancia, su nariz colorada y su aire de querer quedar bien con todo el mundo, utilizando un “tono oratorio” para decir las cosas más humildes. Ya entonces señalaba Pla el contrasentido que entrañaba el hecho de que fuera Lerroux “el hombre de los católicos y de las sacristías, y Alcalá-Zamora el hombre de los laicos y anticlericales”. El escritor ampurdanés había llegado a Madrid el día anterior al de la proclamación de la República en compañía de su protector, Cambó, quien, antes de partir para Francia, le había instruido sobre la necesidad del entendimiento con Lerroux. Pla, sin embargo, no tardó en darse cuenta de que el futuro del régimen, si lo había, estaba en manos de gente como Prieto, Largo Caballero o Azaña. De éste escribió que, “en circunstancias normales, habría sido una figura política de primer orden”, pero que, en aquéllas, probablemente quedaría como “un gran estadista fracasado”. Para cuando escribió estas frases, su inicial escepticismo hacia la clase política y las instituciones republicanas se había tornado ya en hostilidad y, sobre todo, en pesimismo, un pesimismo que le permitió prever con la suficiente antelación el inevitable fracaso del nuevo régimen.
     El dietario de Pla acaba de ser recuperado en el volumen titulado Cuatro historias de la República, en el que Xavier Pericay, con la colaboración de Xavier Pla, Andrés Trapiello y Arcadi Espada, ha incluido también las obras Los enemigos de la República de Manuel Chaves Nogales, Haciendo de República de Julio Camba y La República sin republicanos de Gaziel. Cuatro grandes firmas del periodismo liberal de aquellos años, cuatro destinos marcados por la fatal inviabilidad de la República. Si Chaves Nogales, acaso la más feliz recuperación literaria de los últimos años (sus cuentos de A sangre y fuego tendrían que ser de lectura obligada en institutos), se obstinó en defender las instituciones republicanas hasta el traslado del gobierno a Valencia a comienzos de noviembre de 1937, los otros tres fueron más precoces en la denuncia de sus deficiencias. El humor zumbón de Pla se ensañó en vicios tales como el enchufismo en el reparto de cargos y la generalizada mediocridad de la clase política. El dandismo no siempre sincero de Camba achacó a la propia República el haberle quitado “la gran ilusión republicana”: su generación confiaba en la República “aunque sólo fuese como en una salida para casos de incendio” y la decepción llegó al comprobar que no les quedaba “salida ninguna”. Un sensato y preocupado Gaziel advertía de los riesgos de una integración insuficiente de Cataluña en el nuevo diseño de España y localizaba la debilidad del régimen republicano en la de la clase media, que nunca había podido “descollar como elemento regulador y director de la vida pública”.
     Los cuatro eran grandes viajeros, y seguramente el conocimiento de experiencias políticas foráneas estaba en la raíz del pesimismo que, más tarde o más temprano, acabaría inspirando sus escritos. ¿Qué destino podía aguardar a la frágil República española en unos años tan convulsos como aquéllos, atrapada como estaba entre el fuego cruzado de reaccionarios y revolucionarios? Sus crónicas de aquella época constituyen el más lúcido testimonio de un fracaso colectivo que muy pocos quisieron evitar: el fracaso de la República pero sobre todo el de su ideal de convivencia, que tardaría cuatro largas décadas en restablecerse. ~

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