Historias de Olmo, de Rolando Sánchez Mejías

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NIHILISMO Y OPERETARolando Sánchez Mejías, Historias de Olmo, Siruela, Madrid, 2001, 98 pp.Hace algunos años, mientras escribía el prólogo a una obra de teatro de Virgilio Piñera, me topé en una librería de lance con el Prometeo mal encadenado de André Gide, editado por Fontamara. El librito está dividido en doce escenas, y todas tienen como protagonista al personaje mítico travestido de flâneur parisino. En una de ellas, por ejemplo, Prometeo se sienta en un café cerca de la Ópera, tolera el farragoso discurso de un camarero y razona acerca del hombre como el único ser capaz de una acción gratuita:
      
     ¿Una acción gratuita? ¿Cómo hacerla? Y fíjese que no hay que entenderla como una acción que no reporta nada, porque si no… No, sólo gratuita: un acto que no esté motivado por nada. ¿Entiende? Ni interés, ni pasión, ni nada. El acto desinteresado, nacido de sí mismo; el acto sin objeto, por lo tanto sin dueño; el acto libre. ¡El acto autóctono!
      
     Por ese raro azar de un libro que llama a otros libros, las soties de Gide me llevaron a un género poco comentado, la opereta, en el que lo mismo se inscribe el teatro menor de Piñera (El no, Jesús, El gordo y el flaco…) que una buena parte de la obra de Gombrowicz. "Si la ópera tiene algo de lo desmañado —decía Gombrowicz—, de lo irremediablemente destinado a la pretensión, la opereta, en su divina idiotez, en su celestial esclerosis […] se me antoja el teatro perfecto, perfectamente teatral."
     Todo esto viene al caso porque, al terminar las Historias de Olmo, uno casi está obligado a esbozar alguna teoría sobre las virtudes literarias del acto gratuito, y también sobre la benéfica influencia de Piñera-Gombrowicz en un escritor cubano que ha decidido vivir fuera de Cuba. Olmo, protagonista de estos relatos, es como una metamorfosis del Prometeo de Gide. Pero la distancia que lo separa del personaje mítico es la misma que separa el nihilismo "por exceso" de aquel nihilismo tropical "por defecto" al que Piñera aludía en un fragmento de sus memorias:
      
     El sentimiento de la Nada por exceso es menos nocivo que el sentimiento de la Nada por defecto: llegar a la nada a través de la cultura, de la Tradición, de la abundancia, del choque de las pasiones, etc., supone una postura vital puesto que la gran mancha dejada por tales actos vitales es indeleble. Es así que podría decirse de estos agentes que ellos son el "activo" de la nada. Pero esa nada, surgida de ella misma, tan física como el nadasol que calentaba a nuestro pueblo de ese entonces, como las nadacasas, el nadarruido, la nadahistoria... nos llevaba ineluctablemente hacia la morfología de la vaca o del lagarto. A esto se le llama el "pasivo" de la Nada, y al cual no corresponde "activo" alguno.
      
     Olmo, antihéroe por excelencia, tiene una vida "cosmopolita", pero al mismo tiempo está atrapado en ese nihilismo gelatinoso cuyo mejor representante es un personaje que Abela consagró en sus famosas caricaturas: el Bobo cubano. Que, en realidad, se hace el bobo, mientras pone en escena la desaparición del sujeto moral. Porque, como dice el Camarero de Gide, "no hay nada que desmoralice tanto como el acto gratuito".
     El anterior elenco de nombres célebres no debe convertirse en la pantalla que impida una lectura desprejuiciada de estas Historias de Olmo. La verdadera calidad de un escritor es siempre anómala, y ante ella no basta comportarse como el scholar afanoso, que reconoce con aire ausente las características teratológicas de su víctima y pasa enseguida a un tema menos aburrido que el talento. Las circunstancias de una tradición o el tejido de las influencias constituyen en este caso un obstáculo-ventaja, el contorno de una foto borrosa, aquello que nos deja ver a través del cristal velado de una literatura reducida a moldes folclóricos. Lo esencial, es decir, el talento, siempre está más allá del cristal.
     Digamos que el oído es la gran virtud de estos relatos. Pero el oído sólo se revela como virtud cuando la trama ha conseguido llevar hasta sus últimas consecuencias una teoría del acto gratuito. Las palabras, entonces, adquieren su verdadera consistencia, su condición "peligrosamente transparente". Para un escritor como Sánchez Mejías, la "vida ética" de su personaje pasa por esa condición del lenguaje, y por eso las verdaderas peripecias de Olmo tienen que ver con esa musiquita burlona que se menciona en uno de los relatos, una musiquita de la que no depende nada, y de la que, a la vez, depende casi todo.
     Una buena parte de la ficción cubana actual hace esfuerzos denodados por sustituir la épica con algún otro tema de calado operático, y pasa por alto lo que me parece el mayor descubrimiento de estos minirrelatos de Rolando: el tono de opereta, el sonido burlón del pesimismo nacional. Cuando un escritor encuentra un tono, puede decir lo que le parezca. Fuera de ese descubrimiento, su prosa tiende a volverse declarativa y pretenciosa. Olmo habla de cualquier cosa: de un viaje a China y de las cucarachas, de los kurdos y los zurdos, del Realismo Nacional y del exilio, de Buda y de las posiciones radicales, pero esa cháchara produce un trabajo de zapa mucho más radical que las cansonas epifanías del sexo y la política.
     Hay crisis que se divisan sólo cuando comienzan, en sus periodos embrionarios. Después ya es demasiado tarde para rastrear la lógica de la degeneración: el avance de la enfermedad hace desaparecer los síntomas. Jakob von Gunten, el adolescente de Walser, el Odradek de Kafka o el Bartleby de Melville son personajes representativos de esas fases, caracteres sintomáticos, por así decirlo. Olmo está emparentado con todos ellos. Es un nihilista ocasional pero —y tal vez por ello— sus observaciones tienen efectos mucho más destructivos que el terrorismo de martillo y petardo que a menudo termina por hastiarnos, aunque sólo sea por exceso de ruido. Ese nihilismo desenfadado, que ostenta algo pueril en su juego irresponsable, es mucho más inquietante que la rebeldía metódica: posee la virtud de la sorpresa y se dedica a corroer los detalles del lenguaje, que son, a fin de cuentas, la esencia de lo real. –


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