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EJERCICIOS DE IMAGINACIÓN  HISTÓRICAJohn Lukacs, Cinco días en Londres, mayo de 1940 / Churchill solo frente a Hitler, Turner-FCE, 2001.Peculiaridad curiosa de los recuerdos es que pueden condensarse o desplegarse. Puedes condensar recordando "ayer cené pato" y ese mismo recuerdo puede extenderse a dónde, con quién, a qué hora y muchas cosas más (los patos en general, los que has comido, las personas que estaban contigo y sus respectivas historias, y un amplísimo etcétera). ¿Hasta dónde puede desplegarse un recuerdo? No hay límite: cualquier recuerdo, por humilde que sea, puede explayarse indefinidamente. Los recuerdo son semillas de las que crecen árboles mentales.
     Una sonata de Scarlatti dura, digamos, tres minutos. Un recuerdo, en cambio, no tiene, digamos, duración. Porque un recuerdo no es un suceso objetivo, como una obra de teatro o una conversación. Un recuerdo es una construcción. Algo que se va tejiendo, una red, por ejemplo. La red es buena metáfora porque el recuerdo solitario, por completo aislado, es imposible: todo recuerdo llama por fuerza otros recuerdos a los que viene atado, y lo que invocas al recordar es la red entera, y ahí, el recuerdo singular que precisas.
     Esta propiedad de abanico de los recuerdos se aplica, claro, también a la historia. El señor John Lukacs pensó hace cincuenta  años que el inicio de la Segunda Guerra Mundial no estaba suficientemente aclarado, y escribió un libro, The Last European War, 1939-1941, que comprendía tres años de historia. No fue suficiente, y poco después escribió The Duel (entre Churchill y Hitler), que reducía el asunto a los ochenta días que van del 10 de mayo al 31 de julio de 1940. Pero tampoco fue suficiente. Así que redujo más: su último libro, que es el que nos ocupa, condensa el asunto a cinco días de mayo de 1940. Un amigo le preguntó si el próximo volumen será Tres horas en Londres. Él promete que no. El asunto (el tiempo elegido), que ocupaba tres páginas en el primer libro y 15 en el segundo, crece ahora hasta ocupar las 220 páginas del volumen.
     Claro que estas reducciones son una manera limpia y nítida de jerarquizar, esto es, de poner orden en el tumulto histórico. A ver: señálame cinco días cruciales en la Revolución Mexicana o en la Guerra Civil Española. Yo no podría: no tengo tanta comprensión de esos temas.
     Y bueno, en esos cinco días ¿qué sucedió?
     Francia, Bélgica, Holanda se rendían al paso del invasor. Ni Rusia ni Estados Unidos estaban en guerra. Inglaterra se quedaba sola frente a un Hitler triunfante y arrollador. El ejército inglés se batía en retirada hacia Dunquerque, casi sin combatir. Es natural que en estas adversidades no faltara en Gran Bretaña quien pensara en tratar de pactar una paz honrosa con Alemania.
     ¿Cómo? Por medio de Mussolini, el aliado de Hitler (que todavía no entraba en la guerra). Si esta iniciativa hubiese prosperado, otra sería en este momento la historia del mundo. Y esta posibilidad se jugó en esos cinco días. Por eso el señor Lukacs los juzga cruciales.
     Pero no fue así: la posibilidad derrotista de entrar en conversaciones de paz chocó de frente con un monolito singular: el señor Winston Churchill, elevado a primer ministro del reino el 10 de mayo de 1940.
     Churchill resolvió luchar contra Hitler. Encabezó al pueblo inglés, le pidió con prodigiosa elocuencia "sangre, sudor y lágrimas", y, con la declaración de que "jamás, jamás nos rendiremos", la historia europea entró al camino de todos conocido.
     Pero el libro de Lukacs nos pide un ejercicio de imaginación histórica: nos pide poner entre paréntesis los desarrollos consabidos y trasladarnos imaginativamente a esos días de mayo en que todo eso era tiniebla ignorada e impenetrable.
     Y el señor Lukacs perfila a los protagonistas del drama histórico. Lord Halifax (a quien Churchill llamaba Holy fox, "Zorro sagrado"), entrevistándose ansioso con Bestianini, el embajador italiano. Los franceses, avergonzados en su necesidad de hacer la paz por separado con Alemania (conculcando acuerdos diplomáticos con Inglaterra). Y asistimos a las nerviosas reuniones del Gabinete de Guerra, con Chamberlain todavía figurando, y otros políticos de peso completo.
     Para el lector imaginativo, todo es emocionante en estos días de mayo. Por ejemplo este hecho: el ejército inglés se ha replegado a Dunquerque. Pero las fuerzas alemanas avanzan imparables. Hitler puede asestar ahí, en Dunquerque, un golpe: puede exterminar a las fuerzas británicas y acabar de una vez la guerra. Ordena, sin embargo, al general Guderian que se detenga. ¿Por qué?
     Hitler no aborrecía a los ingleses: envidiaba su imperio, y pensaba que podría heredarlo. Además, estaba seguro de que los ingleses entrarían en conversaciones y juzgó que, si masacraba a las fuerzas británicas, ya no habría pláticas de paz posibles con ellos. Por tanto, decide detener sus tropas. Dos días nada más. Pero con eso fue suficiente. Porque Churchill logró pasar sus efectivos a la isla casi sin bajas.
     Imagino que militares de genio, como Bonaparte o Álvaro Obregón, no habrían vacilado en arremeter con todas sus fuerzas y asestar el golpe definitivo. Al fin de cuentas, una guerra es una guerra. Hitler, sin embargo, para fortuna del mundo, vaciló y, en cierta medida, selló su destino. Del mismo modo se empeñó en no retroceder en Stalingrado. Y quiero pensar que la maldad humana, como la de Hitler, es, en el fondo, incoherente y autodestructiva. Pero ¿quién puede estar seguro de una cosa así?
     Y, bueno: ahí dejo este revelador libro, rico en pormenores deleitosos que hacen cavilar al aficionado a ejercitarse en la imaginación histórica. –

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