Contemporáneos, obra poética, de Blanca Estela Domínguez

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Poetas de ultramar Blanca Estela Domínguez Sosa (ed.), Contemporáneos, obra poética, presentación de Iris M. Zavala, DVD Ediciones, Barcelona, 2001, 558 pp.Los poetas conocidos como los Contemporáneos, nacidos entre 1898 y 1905, sufrieron tanto en México como fuera de su patria las incomprensiones propias de un rigor creativo, intelectual y moral incompatible con un medio viciado y propenso a la alharaca. Asediados, vilipendiados, abrieron las ventanas de México hacia los registros de la modernidad cuando el país se obstinaba en el rostro que la revolución le acababa de descubrir. Los cultos revolucionarios —al nacionalismo, a la acción política, a lo popular— los convirtieron en los blancos fáciles de una modernidad a contrapelo.
     Los títulos de sus principales revistas, Ulises (1928), Contemporáneos (1929-1933), El Hijo Pródigo (1939-1942), son elocuentes: un inventario de descentrados sin patria ni tiempo precisos. En el tesón de ese puñado de poetas y pensadores por no excluir de su óptica los grandes temas estéticos y filosóficos del momento mundial había que ver no un rechazo a los temas de la patria reinventada, sino la exaltación de sus nuevas responsabilidades. No fueron muchos quienes así lo apreciaron. Que hayan convertido en materia de vida y de reflexión poética, crítica y literaria su carácter de extranjeros en su propia patria no se les presentó como una elección, sino como una fatalidad. De esa conducta, que el tiempo sólo parece reforzar, deriva lo mejor de la actual poesía y ensayística mexicana.
     México hizo las paces con ese grupo, pasadas las fiebres nacionalistas, y hoy reconoce en su gran poesía y en su crítica (literaria, plástica, política) un eslabón crucial de su actualidad. En la valentía combativa y en la leyenda de sus vidas, lee una vanguardia meritoria en causas que inauguraron hace ochenta años: el cuidado de la tradición poética profunda de México; el derecho a la búsqueda de la perfección, la subjetividad, el cinismo antinacionalista, el escepticismo antipatriótico, la diferencia sexual, el riesgo de la intimidad, el profesionalismo. En una cultura monocorde, los Contemporáneos entonaron con lujo una polifonía de pasiones y razones intelectuales insospechadas.
     No tuvo mejor fortuna su búsqueda de interlocución fuera de México. Remisos a la exportación de estereotipia, con pocas opciones de desembarco, estos Ulises prefirieron la aventura del íntimo samizdat sobre la exportabilidad del color local. Las primeras olas de sentimentales modernos, arrojados a playas mexicanas por la crisis de 1929, querían ver indios, no francófonos sofisticados. La generación giraba sin eje fijo, como su penate Ulises, pero hizo de ello otra virtud. Recalaron así en todas las literaturas meritorias: Europa, Estados Unidos, Sudamérica. Era una fe sin alternativas: el medio literario local se ofuscaba entre reyertas y oportunismos de la mano de una revolución prematuramente traicionada; la comunicación con América Latina estaba viciada por la estática político-social; las pequeñas revistas merodeaban subrepticiamente entre públicos diminutos. El deseo de hablar con España se enfrentaba al silencio. De mocosos lo intentaron: en 1928 fueron a dar a La Gaceta Literaria de González Caballero. La indiferencia fue comprensible también ante la sietemesina Galería de poetas nuevos de México que hicieron en Madrid con García Maroto: no habían llegado a su mejor momento y poco había que celebrarles. Aun así, Joaquín Díez Canedo y Antonio Espina llegaron a referirse a su trabajo, laudatoriamente, en Revista de Occidente (donde el único que figuraría como colaborador, si mal no recuerdo, sería Torres Bodet).
     Los Contemporáneos hacían en/con México, y con la herencia de la lírica española, lo que la generación del 27 en la península; con Sor Juana lo que Gerardo Diego con Góngora. Atentos, celebraron los libros y revistas de la generación del 27, a la que veían como una gemelaridad, sin respuesta. Más tarde aún, apoyaron a la República en lo político, pero le regatearon a la Guerra Civil (salvo Carlos Pellicer) la cuota de una solidaridad rimada, adversa a sus convicciones poéticas, y que terminó por incorporarlos a la lista de
      
     …gidistas,
     intelectualistas, rilkistas,
     misterizantes, falsos brujos
     existenciales, amapolas
     surrealistas encendidas
     en una tumba, europeizados
     cadáveres a la moda…
      
     con que Neruda purgaba poetas en la privada Lubyanka de su poesía judicial.
     Con el exilio hacia México, las cosas empeoraron. El encuentro de generaciones fue privilegio de los más jóvenes (Octavio Paz y el grupo Hora de España, sobre todo). Los Contemporáneos reaccionaron con enfado ante los privilegios con que el Estado mexicano, que los había perseguido y maltratado, recibió a los escritores españoles. Liderados por Bergamín, reaccionaron con explicable furia a los filosos epigramas con que Novo y Villaurrutia se cobraban la venganza de esta nueva discriminación. El episodio coincidía con un aniversario de Juan Ruiz de Alarcón, el mexicano que había mendigado en Madrid una canonjía:
     ¿Dónde, con sesera escasa,
     de España basta llegar,
     para hallar comida y casa?
     Mudarse por mejorar
      
     Si en efecto tales escaramuzas tuvieron que ver con un desdén que, poco a poco, se institucionalizó en la apreciación española del grupo, las cosas han cambiado y en España ha comenzado a ejercerse una curiosidad cuyo retraso no le quita pertinencia. En cosa de poesía, la actualidad es lo de menos: ahora se les publica, se les dedican tesis, se les estudia con solvencia, como lo han hecho Fernando Rodríguez Lafuente o Rosa Gutiérrez. Quizá sea una consecuencia natural de los propios estudios sobre la poesía española moderna, tan abarcadores y abundantes, a la que una lectura comparativa con la periferia latinoamericana de pronto le agrega perspectiva. Muerte sin fin del mexicano Gorostiza y el Cántico de Jorge Guillén se realzan mutuamente; Moreno Villa brilla más junto a Tablada; Villaurrutia con Cernuda.
     Esa tarea de reconciliación es lo que más hay que agradecerle al libro que nos ocupa, un paso más en la dirección que inauguró hace una década Luis Maristany con la primera antología moderna aparecida en España (Contemporáneos, Anaya, 1992). Ahora, la editora Domínguez Sosa opta por reunir en un solo volumen la "poesía casi completa" de los mismos cinco poetas elegidos por Maristany entonces: José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Salvador Novo y Gilberto Owen. Un casi que deja fuera los poemas "secretos" de Novo (que Luis Arturo de Villena ha estudiado con perspicacia) y los "poemas no coleccionados" de Gorostiza que sumé a la última edición del Fondo de Cultura (1997). Las omisiones son las mismas. Nunca entendí por qué Maristany había dejado fuera a Jaime Torres Bodet y a Bernardo Ortiz de Montellano y no tengo a la mano el libro para recordar si lo explicó. Supongo que por cuestiones de extensión, que es también por lo que ahora se deja fuera a Pellicer y la enervante longitud de una obra poética mensurable en kilos.
     Supongo también que para no repetir el (ya inencontrable) trabajo de Maristany es que la editora opta por recoger la casi totalidad de la obra de los cinco. La acumula cronológicamente, precedida cada vez por sucinta nota de informes biográficos adecuados y adjetivos imaginables. En todo caso, se trata de una puerta adecuada para la curiosidad peninsular. No estoy muy seguro de la pertinencia del anhelo incluyente: en general, la obra inicial de los Contemporáneos bisoños es prescindible. Fuera de Gorostiza, que fue espléndido desde sus calculados pininos y redactó muy joven algunas perfectas canciones. Me pregunto, en todo caso, si no habría convenido más la rigurosa selección de lo acabado y perfecto, en congruencia con el ánimo divulgatorio.
     En ese mismo sentido lamento la presentación de Iris M. Zavala, un digestivo de tenso jarabe que en tres páginas se las arregla para espetarle a la lírica de los Contemporáneos la atroz responsabilidad de nombrar "el malestar, ese objeto de Sade: la descarnada verdad de la falsa alteridad, la degradación de la vida social, el monstruo que llevamos dentro, el objeto patológico kantiano, con su fuerza aterradora de desterritorialización, que disuelve los vínculos simbólicos tradicionales y marca todo el edificio social con un desequilibrio estructural irreductible."
     El prólogo de Domínguez Sosa nos ahorra esa espesura, pero tiene desaliños lamentables, como confundir la presidencia de Benito Juárez con la de Porfirio Díaz (lo que es como confundir al conde de Romanones con Primo de Rivera) o a la "generación del centenario" con la del Ateneo; o caídas en esquemas de maternal: "Este grupo tiene como antecedentes literarios al modernismo, corriente poética hispanoamericana que se difundió también en México…", o errores de franca ignorancia, como sostener que la poesía mexicana estaba "estancada" antes de los Contemporáneos, como si Tablada y López Velarde no hubiesen existido. Indicios de una investigación que, lamentablemente, no está a la altura del entusiasmo.
     Habría que terminar la nota deseando que los lectores españoles de poesía enriquezcan su perspectiva poética con una visita a estas obras cruciales para la experiencia del castellano moderno. Por 1930, el canalla Domenchina fustigaba a quienes se interesaban en la poesía latinoamericana acusándolos "de veleidad excusable y aun de cómodo subterfugio". El poeta González Rojo hablaba por las mismas fechas de que "en España en particular, la reciprocidad no existe". Da pena insistir todavía en que la poesía es el territorio privilegiado para salvar ese pequeño abismo, pero hay que hacerlo. Esta edición lo propicia. –

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