Conversaciones con Picasso, de Brasaï

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Brassaï, Conversaciones con Picasso, Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002, 330 pp.

Las horas íntimas de Pablo Picasso

"Cuando conoces al hombre, te das cuenta enseguida de que está equipado con ojos nada corrientes", escribió Henry Miller de su amigo Brassaï, el fotógrafo francés que quiso conservar en su seudónimo el nombre de su lugar de nacimiento en Hungría. Ese equipamiento, que hizo de él un renombrado fotógrafo, cercano a la órbita surrealista, debía de incluir también el no menos raro don para captar las conversaciones, la vida y el entorno de un pintor. Fruto de él son estas Conversaciones con Picasso, uno de los documentos más importantes para conocer y entender a Picasso, sobre todo si tenemos en cuenta que el mayor artista del siglo XX, un siglo plagado de artistas que escribieron sobre su propio quehacer, apenas se entregó a esta tarea. Publicado en 1964, Brassaï se lo dedicó a Picasso en su cumpleaños 83 definiéndolo como "manojo de instantes revividos de sus muy ricas horas". Aunque se remonta a 1932, cuando Brassaï conoció a Picasso e hizo de él una de sus más célebres fotografías en el estudio de La Boétie, y alcanza hasta el Picasso de los años sesenta abrumado por la fama en La Californie, registra con más detenimiento la vida y la obra del artista entre 1943 y 1946 en el París de la Ocupación, durante los años en los que Brassaï acudía con regularidad a Grands Augustins, el mítico estudio que vio nacer el Guernica y en el que Balzac situó La obra maestra desconocida, para fotografiar su obra escultórica. Se ocupa, así, de un Picasso ya célebre y retirado de los cafés, que repartía sus días entre la dedicación a los amigos, por la mañana, y el trabajo, por la tarde y la noche.
     Desde 1966 no se había vuelto a publicar en nuestro idioma este retrato delicado y vivaz del pintor situado en su ambiente, en las coordenadas que conforman sus estudios afectados por el horror vacui, su trato cotidiano con marchantes, artistas, amigos, intelectuales, editores, admiradores o perfectos desconocidos, sus aficiones por el circo o los graffiti callejeros, sus convicciones estéticas presididas por la idea del arte como traducción de la naturaleza mediante signos para captarla con mejor fidelidad que la que procura la mera copia y el irresistible impulso por dotar de vida artística a cualquier material encontrado, una servilleta de papel, un guijarro, un manillar. El libro de Brassaï, y también las fotografías que lo ilustran, certifican sin duda la convicción picassiana de que la forma en la que un artista dispone los objetos, y se podría añadir que las personas, a su alrededor, es tan reveladora como sus obras. Pero Brassaï también permite que el lector le acompañe en sus incursiones matinales al estudio de Grands Augustins como si se tratase de una visita a la que, además de frecuentar a un Picasso semipúblico en la bulliciosa antesala de su domicilio, arriesgándose a que "la gloria" se zafe de él con la ayuda de los hábiles servicios de Sabartés, se le concediera el raro privilegio de un Picasso algo más íntimo, dentro de su polvoriento desorden protector, e incluso en calzoncillos o, por usar la expresión del propio Brassaï, con "atuendo a lo Gandhi"; así de cercana resulta para el lector la complicidad entre ambos artistas.
     Una complicidad creativa, por encima de todo; pues lo que Brassaï parece haber compartido fundamentalmente con Picasso es el entusiasmo de la creación, la intimidad que se llega a producir cuando se cruzan dos miradas nada corrientes. De hecho, el talento fotográfico de Brassaï para "mostrar un aspecto de la vida cotidiana como si la descubriéramos por primera vez" no tiene nada que envidiarle a su acierto para la descripción fascinada de las herramientas y procesos de creación. Por eso puede lograr instantáneas como la dedicada a la lista encabezada por un "Blanco sólido" que el fabricante de colores de Picasso le mostró en una boca de metro una tarde de 1943: "Parecen las Vocales de Rimbaud. Por una vez, todos los héroes anónimos de la paleta de Picasso salen de la sombra con el 'Blanco sólido' a la cabeza. Cada uno se ha distinguido en una batalla —época azul, época rosa, cubismo, Guernica—, cada uno podría decir: 'Yo también estuve allí…" Y Picasso, al pasar revista a sus viejos camaradas de lucha, añade a cada uno, con fulgurante pluma, un largo trazo, como un saludo fraternal: "¡Hola, blanco de plata! ¡Hola, rojo persa! ¡Hola, verde esmeralda! ¡Azul cerúleo, violeta de cobalto, negro marfil, hola! ¡Hola!"
     En muchos aspectos, Conversaciones con Picasso no se limita a lo que su título promete, porque en estas conversaciones participan también, directa o indirectamente, Kahnweiler, Paul y Nusch Éluard, Dora Maar, Sabartés, Henri Michaux, A. Malraux, H. Miller, Matisse, Camus y un largo etcétera. En su presentación del libro, Rafael Argullol, recogiendo el desafío que hace el fotógrafo de comparar a Goethe con Picasso —cuyo Eckermann no podría ser sino Brassaï— destaca que no se trata sólo del retrato de un pintor, sino de toda una atmósfera: la del final de una cultura que estalla con enorme fecundidad para dejar un reguero de fragmentos.
     "Muchas veces se comprende mejor un cuadro al verlo rodeado de vida", dice Picasso en este libro. Probablemente también a un pintor; porque eso, un pintor rodeado de vida, ante alguien con un indudable talento para captarla y narrarla, es la materia de la que está hecho este libro. Y es que no conviene perder de vista el hilo que une a aquellos artistas que comparten la peculiaridad de tener un apellido en el que figura la doble ese: Picasso, Brassaï, Matisse, Poussin, el Aduanero Rousseau… Picasso dixit. ~

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