Cuerpo y figura del “bárbaro Asdrúbal”

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Fernando R. de la Flor

La vida dañada de Aníbal Núñez. Una poética vital al margen de la Transición española.

Salamanca, Delirio, 2012, 384 pp.

Últimamente se apela mucho a la Transición. Los grandes partidos políticos y las instituciones oficiales suelen señalarla como la fuente indiscutida de su legitimidad. En un sentido muy diferente, los ciudadanos contrariados por la actual crisis económica, al perder la confianza en el actual régimen democrático y sus organismos de control, también apelan a ella, pero suelen señalarla como la responsable última de todas sus frustraciones. Se habla mucho, por lo tanto, de aquellos hombres y de los acuerdos que sellaron a mediados de los años setenta, y es difícil decidirse a favor de los que defienden que los protagonistas de la Transición son los sabios y prudentes agentes de nuestra prosperidad o a favor de los que defienden que son los culpables de nuestra ruina actual. No está todavía muy claro cuál fue el verdadero precio de la Transición, por emplear la famosa fórmula reprobatoria que acuñó hace ya algunos años Gregorio Morán para recordarnos la renuncia a la justicia histórica que supuso aquel proceso.

Fernando R. de la Flor ha publicado un ensayo biográfico sobre Aníbal Núñez, un poeta salmantino que vivió y escribió durante los años de la Transición. A pesar de que el autor ha escrito numerosos trabajos académicos y periodísticos sobre la obra del poeta, este libro no es un trabajo erudito que solo pueda interesar a un muy minoritario y restringido grupo de lectores que conozcan ya la obra de Aníbal Núñez. Según mi entender, es un libro de un enorme interés para todos aquellos que quieran acercarse a la historia cultural de la Transición desde una perspectiva novedosa e iluminadora. Narra la deriva personal y poética de Aníbal Núñez, un estigmatizado poeta de provincias, y muestra la realidad de unos años de zozobra y vacilación en los que no todos se sentían tan atraídos e ilusionados con la normalización del país. Aníbal Núñez, por ejemplo, disentía del curso que tomaban los acontecimientos, y prefirió quedarse al margen, sin que por ello pueda confundirse su actitud con la de los reaccionarios conservadores del régimen franquista.

Para Aníbal Núñez, disentir significaba desaprovechar metódicamente todas las oportunidades que le brindaba la reestructuración del país. El poeta, “irreductible a la normalidad” que se estaba construyendo, rehuyó cualquier modalidad de reconocimiento o prestigio en el “teatro social” y dilapidó, por tanto, también su carrera literaria. El análisis de esta frustrada carrera literaria es sin duda uno de los mayores aciertos del libro. R. de la Flor explica cómo la vida excesiva y excéntrica de Aníbal Núñez resultó ser incompatible con la nueva república de las letras democrática, cuyos hombres debían encargarse del porvenir y borrar cualquier recuerdo del régimen franquista y de sus símbolos. La ofensa gratuita devino así moneda corriente y el exhibicionismo impúdico no solo era tolerado, sino que era la actitud habitual de todos los disidentes de “diseño” que ofrecían sus servicios a la nueva “polis” democrática. Aníbal Núñez, por el contrario, nada tuvo que ver con todo aquello, y su vida dañada no recuerda en nada a la vida del poeta maudit con la que tantos otros se presentaban en público, cuando labraban con éxito sus prometedoras carreras literarias y profesionales. No es que Aníbal Núñez quisiera con su marginalidad aleccionar a nadie desde una arrogante pureza sermoneadora, pero tampoco aprovechó la oportunidad para obtener con ella ningún rédito en el incipiente mercado de las letras democráticas. El suyo era un fracaso que no admitía ninguna clase de capitalización.

Esta excéntrica y excesiva vida dañada se explica en el libro a partir de numerosas anécdotas –como cuando el filósofo anarquista García Calvo, al ver que Aníbal Núñez interrumpe a gritos su conferencia, se ve obligado a llamar a la policía para expulsar al intruso de la sala–, pero sobre todo se explica a partir de la relación del poeta con Salamanca. El poeta jamás abandonó la ciudad (“ciudad renacentista y luego barroca española, por antonomasia”) a la que todos sus contemporáneos daban la espalda. La carpetovetónica ciudad de provincias resumía mejor que ninguna otra el largo letargo del franquismo y no era nada atractiva para toda una nueva generación de jóvenes poetas viajeros que emprendía el camino hacia París, o sus versiones peninsulares, la “novísima” Barcelona o la “movida” ciudad de Madrid. Desde Salamanca, en cambio, es desde donde Aníbal Núñez ataca la antología Nueve novísimos, publicada en Barcelona por Seix Barral en 1970. En su libro de memorias recién publicado, Félix de Azúa, que es precisamente uno de aquellos novísimos seleccionados por Castellet, rememora este crucial episodio de la historia literaria del país y explica cómo aquellos jóvenes poetas padecieron los furibundos ataques de los poetas del régimen y también de los custodios de la ortodoxia marxista. Unos y otros atacaban la frivolidad y la amoralidad de aquella propuesta rupturista. Aníbal Núñez, cuyo salvaje ataque hizo que el novísimo Vázquez Montalbán lo definiera como el “bárbaro Asdrúbal”, no tenía, sin embargo, nada que ver ni con unos ni con otros. Ni era, evidentemente, un poeta oficial del régimen ni tampoco concebía la poesía como un arma cargada de futuro, pues quería precisamente preservarla de cualquier función ideológica y negaba que fuera un medio gracias al cual poder transformar la realidad. Pero esto no quería decir que disfrutara gozoso de la inevitable conversión de la poesía en un bien de consumo más. El libro de R. de la Flor es tan sugerente porque nos explica por qué inconformismos como el de Aníbal Núñez no han quedado registrados, ni en la memoria de Félix de Azúa ni en la oficial memoria histórica de la Transición.

La relación de Aníbal Núñez con su ciudad no solo es importante porque nos invite a pensar qué significaba en aquel entonces disentir desde Salamanca, sino también por el excéntrico modo en que la habitaba. El libro recrea sus itinerarios por las callejuelas más oscuras, los rincones orinados y los palacios abandonados y arruinados de la ciudad antigua, una ciudad condenada irrevocablemente a la desaparición hasta que la providencial intervención de la administración, como sucedió en tantas ciudades del país, la “salvó” para brindársela embellecida y sublimada a los turistas que la consumirían en masa. Era un vagabundear “castizo” muy alejado del détournement de dadaístas o situacionistas, ya que era una práctica nada intelectualizada y radicalmente antiteórica, que quería homenajear el tiempo sagrado de la ciudad arcaica. Su poesía niega también la convención de la ciudad elitista y señorial, de catedrales y monumentos, tan embellecida y sublimada como aquella otra convención patrimonial que la convierte en parque temático. Es por ello que R. de la Flor compara en varias ocasiones a Aníbal Núñez con Pasolini, porque ambos habitan esta tierra de nadie literaria y política desde la que defender la sacralidad de lo arcaico, en contra, por un lado, de la opinión de la izquierda, partidaria de desacralizar a favor del laicismo tan del gusto de la sociedad de consumo, y en contra, por otro lado, de la falsa sacralidad impuesta desde el poder por los regímenes clericales y fascistas del pasado.

La imagen de Aníbal Núñez corresponde a la de aquel viejo saltimbanqui con el que Baudelaire resumía en uno de sus poemas en prosa la condición del poeta y de la poesía en el período moderno. Vemos cómo se alza, solitario y decrépito, en medio de una ruidosa fiesta que bien podría ser la de la Transición, la figura del mártir bufón que representa al poeta. “Por todas partes –dice el poema–, la alegría, el beneficio, el desenfreno; por todas partes, la explosión frenética de vitalidad.” Sin embargo, el viejo saltimbanqui carece de espectadores y ha sido abandonado en un rincón por el público olvidadizo que se separa de él: la fiesta no va con él. R. de la Flor en su excelente libro parece que haya querido aprovechar la imagen de aquel viejo saltimbanqui de Baudelaire, capaz de ilustrar la pérdida del aura de la poesía, para explicar en qué consistió aquella normalización de la Transición y cómo se integraron intelectuales y artistas en el nuevo clima social y político de la democracia, y también cómo sacaron provecho de los beneficios de la nueva sociedad de consumo. ~

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