Construir, destruir y habitar ciudades

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En Nuestra Señora de París, Victor Hugo describe la panorámica de la ciudad vista desde las torres de la catedral. Es una visión urbana incapaz de abarcar el conjunto de la ciudad, ya que en el siglo XIX el crecimiento de las ciudades desborda las murallas y otros límites tradicionales. Algo similar sucede con la panorámica urbana de la ciudad de Nueva York que puede verse en La invención de lo cotidiano. Michel de Certeau contempla la ciudad desde una de las torres del ya desaparecido World Trade Center. Desde ahí, no puede ver nada, salvo la neutra y abstracta uniformidad de la cuadrícula dibujada por el trazado de las calles. Si la frustrada panorámica de la ciudad de París de Victor Hugo alertaba sobre la inutilidad de refugiarse en viejas panorámicas ordenadas, como la del bello y monumental París medieval, Michel de Certeau sugiere que hay que descender de las torres y hacerse cargo de la ciudad mediante el rencuentro con las prácticas ordinarias de quienes la habitan.

Estas dos referencias resultan imprescindibles para cualquier autor que quiera abordar, como es el caso de Marta Llorente, el estudio de las ciudades y de sus múltiples transformaciones a lo largo de la historia. La ciudad: huellas en el espacio habitado es un ensayo de enorme ambición humanística donde se explica cuáles han sido los modelos de ciudad más relevantes a lo largo de la historia de Occidente y las comunidades que los han habitado. La idea fundamental de este ensayo consiste en mostrar cómo en la morfología de cada ciudad ha quedado registrada información sobre el modo en que convivieron sus habitantes y los diferentes conflictos de intereses que tuvieron lugar en ella. En esto, la autora se aleja de libros tan conocidos como La ciudad en la historia, de Lewis Mumford, que ilustraba a través de las ciudades los logros del proceso civilizatorio y convertía a veces los espacios urbanos en documentos o planos con los que demostrar las virtudes del progreso en Occidente.

El libro quizás más cercano a La ciudad: huellas en el espacio habitado es el que escribió Richard Sennett, La carne y la piedra. Sennett también seleccionó diferentes episodios urbanos para revelar cómo había que interpretar la invención de las ciudades según la imagen ideal que se había tenido del cuerpo humano en cada momento de la historia. Las ciudades serían lugares soñados de plenitud y coherencia en función de la imagen ideal que se tenía de los ciudadanos destinados a habitarlas. Pero para Sennett las ciudades también son el producto de la percepción sensible que tenían esos ciudadanos de sus propios cuerpos y sus carencias: el espacio frustrado donde el sueño de plenitud y coherencia se resquebraja por el dolor y la improvisación de los sujetos que las habitaron realmente. En el libro de Marta Llorente esta misma tensión se da bajo la forma de lo que ella llama la “inscripción” –el proyecto o la voluntad de dar forma– y la “huella” –la experiencia real que los habitantes imprimen en el territorio de la ciudad.

Gracias a esta dialéctica, por ejemplo, podemos apreciar la complejidad que esconde la morfología de la polis griega. Esta ciudad tendría tanto que ver con la emergencia de una comunidad que fundaba espacios públicos de encuentro y debate como con la amenaza que sentía la recién nacida conciencia individual y política ante el poder que podría llegar a alcanzar lo público. Esta tensión entre la inscripción y la huella orienta el análisis de los diferentes modelos urbanos que desfilan a lo largo de los ocho capítulos, desde los primeros asentamientos prehistóricos hasta las ciudades contemporáneas. En los centros urbanos de la España moderna, por ejemplo, las formas racionales de la construcción convirtieron las ciudades en eficaces decorados donde escenificar el castigo público, y los documentos de la época confirman que, efectivamente, el aparato inquisitorial señaló a los culpables y grabó en las calles, en sus casas e incluso sus cuerpos, la amenaza de lo que podría avecinarse sobre el resto de los ciudadanos. Sin embargo, en los muros de las edificaciones de esas mismas ciudades han quedado también inscritos los rastros del crimen que los victimarios olvidaron eliminar una vez finalizado el ritual del castigo. Las huellas del dolor de las víctimas, que pasaron desapercibidas ante los victimarios o que simplemente desestimaron, hoy nos devuelven el recuerdo de aquellos acontecimientos y permiten también imaginar qué experiencia del espacio tuvieron los condenados, de la que nada nos dicen los documentos oficiales.

El último capítulo merece especial mención. Se organiza alrededor de la panorámica urbana de las ciudades europeas destruidas por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Vistas desde la distancia de los aviones que sobrevuelan las ruinas, las ciudades revelan con nitidez sus antiquísimos trazados originales, que perviven a pesar de todo, y que pautarán las futuras reconstrucciones y los nuevos usos que darán los ciudadanos a los espacios. Al detenerse el libro aquí, en las ruinas urbanas de la Segunda Guerra Mundial y sus reconstrucciones, se evita cualquier alusión a lo que hoy difícilmente podemos considerar una ciudad. La inscripción sin huella ni es espacio habitado ni memoria de comunidad. Por eso no se habla en el libro de las restauraciones parquetematizadas de ciudades en las que no queda rastro ni de la erosión ni de la destrucción; ni se escribe acerca de los grandes complejos vecinales de propietarios que se protegen y aíslan frente a los peligros y los imprevistos de las grandes metrópolis. ~