Cultura y melancolía, de Roger Bartra

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La melancolía y sus mutacionesRoger Bartra, Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro, Anagrama, Barcelona, 2001, 268 pp.En 1997 escuché a Roger Bartra una brillante conferencia que, bajo el título "El Siglo de Oro de la melancolía: judíos, moros, místicos y cortesanos", subrayaba la trascendental importancia del "sol negro" de la melancolía en la cultura peninsular del periodo áureo. Participábamos ambos en un curso desarrollado en la New York University en torno al pasado y al presente de la cultura española, y el antropólogo mexicano decidió, con toda razón, poner el acento en un tema que, aunque conocido, no había sido entre nosotros suficientemente explorado, y que se halla sin duda en el centro mismo de la identidad española. Era, ciertamente, un modo —uno de los más eficaces, a mi juicio— de aproximarse a la realidad cultural de España a través de un viaje a las "ruinas" de la melancolía, una dolencia que marcó y preocupó hondamente a los españoles de los siglos XVI y XVII. Roger Bartra vuelve ahora, in extenso, sobre el mismo tema: las "enfermedades del alma" y sus mutaciones durante un periodo decisivo de la historia cultural de nuestro país. Bartra piensa en "la melancolía como cultura y, hasta cierto punto, en la cultura como melancolía". ¿Podrá una zambullida en la realidad de las pasadas melancolías peninsulares explicar el "misterio español", un misterio en el que parece quedar ocultada hoy esa misma realidad?
     Aunque relativamente poco estudiado en España, el tema de la "bilis negra" y su dimensión cultural ha sido objeto de conocidas investigaciones de, entre otros, Klibansky, Panofsky y Saxl (Saturn and Melancholy, del que hay traducción castellana en Alianza), Starobinski o Agamben (Estanze. La parola e il fantasma nella cultura occidentale, versión española en Pre-Textos). En relación con el periodo áureo, el mismo Bartra recopiló en El Siglo de Oro de la melancolía (1998) algunos textos históricos muy relevantes, y tanto Teresa Scott Soufas como Christine Orobitg han hecho aportaciones sustanciales al tema. Todas estas referencias son muy tenidas en cuenta por Bartra. La "enfermedad" melancólica no es simplemente un capítulo de la historia de la medicina: es un complejo de significados o una "constelación" de problemas que inciden directamente en la vida social y cultural; digámoslo con Bartra: "La noción de melancolía formó parte fundamental de una densa textura cultural y sentimental que se extendió durante el Renacimiento por Europa".
     La teoría humoral griega fue asimilada por el pensamiento escolástico cristiano a través de Averroes, Avicena y Rhazes. El "humor atrabilioso" se consideró la causa de los estados de abatimiento, ansiedad, tristeza y miedo (a veces con tendencias suicidas) a los que eran propensos ciertos temperamentos. El famoso Problema XXX-I de la tradición aristotélica, que asociaba genio y melancolía, daba a la enfermedad melancólica, por otra parte, una específica dimensión cultural. Cuerpo y alma estaban, pues, en una completa sutura en el interior de esa tradición. De los libros de medicina, el asunto pasó a los tratados políticos y a los escritos religiosos. Ningún orden social, en realidad, escapó al problema: desde la acedia que sufrían muchos religiosos en los conventos hasta la "enfermedad" que era para muchos el amor pasional, pasando por la creencia de que todos los judíos eran temperamentos melancólicos, o por la idea de que la vida cortesana genera indefectiblemente la melancolía (que afecta incluso al rey en la obra teatral de Tirso de Molina El melancólico, o al príncipe en El príncipe melancólico, atribuida a Lope de Vega), y hasta los casos de posesión demoniaca o los de brujería, todo se atribuía a la bilis negra y sus estragos o acababa siendo relacionado con ellos.
     Roger Bartra examina la cuestión con un amplio bagaje teórico-crítico, y en tres ensayos muy bien comunicados entre sí se detiene en el estudio de un breve y curioso tratado médico, Libro de la melancolía (1585), del doctor andaluz Andrés Velásquez; formula luego una interpretación de la tristeza de don Quijote —la "misteriosa enfermedad" del ingenioso hidalgo— y, en fin, cierra sus reflexiones con un minucioso repaso de aspectos teóricos diversos relacionados con el morbo melancólico. En el primero de esos ensayos, el más extenso del libro, titulado "El siglo de oro de la melancolía. Un médico del siglo XVI en las fronteras de la locura", asistimos a un estudio de la "constelación" de problemas y angustias de la melancolía a partir del comentario del tratado de Velásquez y la fenomenología social de la enfermedad. Bartra se apoya en diferentes datos históricos, sociales y políticos del medio de Velásquez y lleva a cabo un sugerente estudio del Libro de la melancolía en relación con la vida cortesana, la posesión demoniaca, los místicos, el judaísmo, el morbo erótico, etcétera. No olvida relacionar melancolía y decadencia política, evitando los fáciles automatismos y las abstracciones y apoyándose en la historia social. (Digamos de paso, por cierto, que Hernando de Acuña no exaltó tanto el imperio universal de Carlos v como el de Felipe ii, según ha mostrado un estudio reciente de C. Maurer sobre el famoso soneto "Ya se acerca, señor, o ya es llegada…"; pero el argumento de Bartra no deja por ello de ser válido, y además no viene a propósito de la decadencia imperial, sino del vínculo entre amor y melancolía.) En el segundo ensayo, acerca de la tristeza de don Quijote, sostiene Bartra que España "fue el gran difusor de la melancolía en Europa", cuyos ejemplos más destacados fueron, además de Cervantes, Shakespeare y Montaigne. Según esta atrayente interpretación, la melancolía de don Quijote, de honda raíz cristiana, se basa en el simulacro, en la imitación, dentro del "gran teatro del mundo"; como la de Andrenio y Critilo en El criticón, se trata de una "afirmación de la libertad", un modo, antiutilitario, de ser moderno, de vivir el problema de manera activa y positiva. La única objeción —más bien marginal— que se me ocurre aquí es que la mutación de la melancolía en nuevos modelos cristianos aceptados (la demonología, el misticismo) choca, en la tesis de Bartra, con el hecho de que la mística fue siempre problemática para la institución eclesiástica, esto es, nunca verdaderamente "aceptada". Como sea, parece evidente que "el Quijote fue tanto una expresión como un vehículo de las nuevas formas" de la dolencia melancólica. En el ensayo final, "Los mitos de la melancolía y los paradigmas de la ciencia", se analizan las críticas de Andrés Velásquez al admirable Examen de ingenios para las ciencias (1575) de Juan Huarte de San Juan (Velásquez cree más en la teoría de los humores que en la de los temperamentos que formuló Huarte); se atiende a la visión de la melancolía como "metáfora" y "mito" culturales y se plantea una lectura "evolucionista" del papel de los mitos en la historia de la ciencia.
     Cultura y melancolía es un libro lleno de sugerencias y de interpretaciones dignas de ser muy tenidas en cuenta por los historiadores de la cultura española (y no sólo por los historiadores de las mentalidades). Es mucho lo que en él aprendemos acerca de las "enfermedades del alma" en el ámbito peninsular. Dudo, sin embargo, que Bartra logre, a través de una "zambullida" como esta, obtener una clave sobre la poco melancólica y "pos moderna" España de hoy. Porque habría que saber, para empezar, si España es o no "posmoderna". –

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