Del cielo y el infierno

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Con Camino de cualquier parte, Eduardo Mitre hace un pliegue más en una búsqueda poética iniciada con Morada, de 1975. Pero este pliegue es también un nuevo reacomodo. Si el primer título se esforzaba por constituir un sitio propio, una primera morada desde la cual escribir, este último constituye una desapropiación de esa búsqueda de lo sólido para intentar acercarse, ahora desde el tránsito, a esos y a otros registros vivenciales. Ya en el poema "El santo", incluido en Ferviente humo de 1976, Mitre dice: "Si, de pronto, me desnudaras/ de tantas muecas/ y razones en que me escondo./ Si por un instante/ —lo que dura un fósforo—/ me obligaras a mirarte desde tus ojos, no podría sobrevivir/ a mi verdadero rostro". Este poema pone en escena la dificultad inherente a todo asentamiento (del rostro propio, de la morada, de lo fijo), contrastada con el sentido "a lo divino" ("Tus ojos"), que desordena la apropiación buscada.
     Camino de cualquier parte no se centra en esta dificultad de la afirmación del yo, sino que enfatiza la condición de tránsito. En este sentido, el poema que cifra todo el libro es el epigrama —así lo llama él— "Instrucciones", en donde la voz poética se identifica, más que con el movimiento o el cambio, con símbolos duales de pertenencia y desarraigo: "Hacia adentro y afuera:/ como el trompo entre el suelo/ y la cuerda. Como el viento/ en la palma de la palmera". Desde esta disposición central del libro (opuesta a cualquier "posición" fija), Mitre va elaborando a lo largo de los distintos poemas constantes referencias a esta manera vibrátil del ser. Una muestra clara son los dos poemas ligeramente más extensos incluidos en el libro, referidos a "El viento" y a "La lluvia", dos elementos caracterizados al mismo tiempo por su visibilidad, su pertenencia y su tránsito. Transitables y transitantes (casi siempre), la lluvia y el viento tocan las cosas y se van. El viento, por ejemplo, "En las mangas del árbol/ desliza el brazo./ Y saca la mano/ llena de pájaros." Y cuando la lluvia pasa, "Cuelgan de los aleros/ lentos puntos suspensivos/ que apenas toman cuerpo/ estallan en asteriscos".
     Además de esta transitividad, otra constante que aparece también en todo el libro es el esfuerzo formal por construir coplas arraigadas a la tradición. Esto, que a primera vista pareciera que se contrapone a la volatilidad buscada desde el título, es en realidad lo que la permite. Las estrofas citadas se constituyen, de igual manera que el "epigrama" anterior, en círculos metafóricos luminosos que no detienen sino que empujan el movimiento simbólico del libro como totalidad. Del mismo modo que las ráfagas del viento o de la lluvia, las coplas forman volutas que resplandecen, mueven el sentido y siguen avanzando sin detenerse. La voluntad formal de Mitre encuentra en el regreso a la métrica tradicional la construcción que mejor representa la búsqueda de su libro.
     Del mismo modo, los temas que toca buscan llegar a otros registros de sentido. Así la lluvia, "Diosa de velos rasgados/ corre por plazas y calles, los bellos brazos manchados/ en sucios baños de sangre", para entrar a saco en la historia, que en otros poemas aparece bajo la seña de Bosnia, por ejemplo. Donde mejor se ve este acercamiento de distintas experiencias es en los poemas dedicados a los aviones, otros elementos de paso, donde se está y no se está. En "Alto vuelo", Mitre dice: "Por la ventanilla:/ el blanco mar de las nubes, su silencio oleaje, cada vez más lejano", mientras en "Zona de embarque" "Se angosta el paisaje/ al filo de los pasos./ Huele a paraje (es decir a campo)/ el amplio espacio", y en "Cielos", vistos desde esta tierra "Sobre el techo de nubes,/ ya el alba y el ocaso/ prodigiosamente unen/ regios pájaros metálicos". En este tránsito que quiere tocarlo todo, Mitre muestra también el acercamiento brutal a tantos hechos que en el periódico desaparecen al día siguiente. En el poema "Vía Crucis", por ejemplo, "La voz de la secuestrada,/ su voz quebrada:/ ¿de dónde llegaba,/ qué edad tenía?". Este poema, que empieza tan en el nivel de la crónica, termina elevándose a una representación metafísica: "Sólo el silencio/ —mar de lápidas,/ capa del mal—/ respondía".
     Pero si la naturaleza está cerca de los aviones, y si una movilidad de referencias más extensa se puede construir a partir de ellos, y si las noticias de los diarios encuentran una helada y aterradora entrada en este libro, también lo hacen los actos cotidianos, como en el poema "Beldad", donde una mesera, en medio de cervezas y cuentas, se convierte en el motivo por el cual se frecuenta un bar "como los fieles su iglesia"; o como en el poema "Larsen", donde dialogan las lecturas de Onetti con la descripción de una ciudad y una mujer: "En Montevideo (ese recodo del tiempo)/ …tu pelo hebreo/ …/ y la sal de tu nombre".a
     Al principio señalé que "Instrucciones" es el poema símbolo del libro. He tratado brevemente de ejemplificar su elaboración a lo largo de Camino de cualquier parte. Un último poema, en el que Mitre une a San Juan de la Cruz con Arthur Rimbaud, es su manifiesto explícito (en el sentido declarativo del término). En "Vigilia", Mitre resume este movimiento que va de lo apenas tangible a lo terriblemente real: "Escucho un aleteo/ en las fuentes del aire,/ y pasos bajo el quemante/ sol del silencio". –

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