Valor del Arte, de Antoni Tàpies

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UN SENTIMIENTO RELIGIOSO PARA EL ARTEAntoni Tàpies, Valor del arte, traducción de Aurora García, Ave del Paraíso, Madrid, 2001, 206 pp.Mediando un justo sentimiento de lo que podríamos denominar la materia religiosa, muchos de los artistas plásticos del siglo XX nos han salvado del terror de los teólogos franqueándonos con sus obras el encuentro con una armonía que nos reconcilia con el mundo, una armonía que restablece la antigua alianza en nuestro ser de lo que nunca debió de desgajarse fuera de él, en las bocas del dogma cristiano, en los pilares de su civilización esquizofrénica: la antigua alianza —alianza por lo demás invulnerable— de la materia y el espíritu, del cuerpo y el alma. Ese arte silencioso y ascético, abstracto tantas veces, nacido de la iconoclasia más severa y purificadora que se haya dado nunca en la historia del arte occidental, es el que reivindica Antoni Tàpies en este libro publicado en catalán en 1993 y que ahora se traduce al español en una cuidada edición.
     El valor del arte no es, para Tàpies —y siguiendo esa reivindicación suya—, el precio de mercado que alcanza la obra de un artista. Contra esa confusión alertaba ya el celebrado proverbio de Machado: "Todo necio/ confunde valor y precio". El valor de una obra artística viene a residir en el efecto elevador que la misma tiene sobre quien la contempla, en la capacidad de ensanchar la visión de la realidad del espectador, en su cualidad de moverle a la más profunda y provechosa de las introspecciones y a la más dilatada y solidaria de las aperturas frente a lo que le rodea. En términos religiosos, diríamos que la virtud del arte es la de producir una iluminación espiritual directa en el contemplador. Y eso sólo es posible si en su elaboración concurre el registro de los estados interiores del artista. Entonces las imágenes creadas esconderán el relato de una historia interior que nos será ajena y expresarán, en un lenguaje iconográfico seguramente muy alejado de los datos vivos, un ensimismamiento profundo. Pero, a cambio, nos suscitarán una atención que no será hipnótica, sino que estará llena de duda y libertad, las mismas duda y libertad que nos ayudarán a precisar de qué tipo es la emoción que nos hacen sentir esas imágenes.
     En el arte antiguo y en las realizaciones románicas no hacía falta detallar el vínculo que el espectador tenía con el objeto artístico, y que no era, desde luego, un vínculo formal o externo, de pura complacencia o mero desagrado por la forma, como lo es hoy en cierto modo, porque la obra de arte evocaba un mundo de símbolos de lato y hondo significado incardinado en la cultura de la que creador y receptor formaban parte. Si ahora es necesario hacerlo es porque el hiato abierto entre uno y otro, merced a la mediación de poderes como el de la Iglesia y de estéticas realistas, decorativas y degradantes, ha vuelto mudos para muchos los iconos más representativos de nuestra época, tan mudos como los de siglos anteriores. La religiosidad de estas imágenes ya no es la clerical. Sin decirlo, Tàpies cree que toda religión que "se entiende" es falsa, por el mismo motivo que ninguna obra artística "que se entienda" es hermosa.
     El pintor catalán se ha explicado en ocasiones a propósito de su trabajo en conversaciones con Miguel Fernández-Braso y con Bárbara Catoir, y en muchas más oportunidades se ha pronunciado sobre la tarea asignada al arte y a los artistas. Sus libros no suelen presentar el tono combativo que realmente los anima, y sí discurren, gracias a una prosa clara que sabe expresar bien lo que se propone, por cauces de benévola y elegante docencia. En este que comentamos, como en su propia obra plástica, trasluce el espíritu de las viejas tradiciones sapienciales y espiritualistas que tanto le han marcado, y en especial el budismo zen. Precisamente, el criterio por el que se distingue una obra poseedora de la virtud que él defiende es el mismo que suelda esa obra con la conducta de su autor en la vida. En efecto, para Tàpies, "la importancia de las obras de arte depende completamente de una especie de calidad humana de sus autores". Y pone como modelo de artista espiritual al monje zen japonés del siglo XVIII Hakuin Ekaku, extraordinario pintor y calígrafo y verdadero maestro religioso.
     Pero lo dicho hasta aquí representa sólo el planteamiento de Valor del arte. El desenlace, que lo tiene, se lo dejamos a la voluntad descubridora del futuro lector de este libro, con la advertencia de que las palabras y consideraciones de Tàpies exceden siempre el ámbito estricto de lo artístico, pues apelan sin cesar a resortes primordiales de nuestra civilización y de nuestra cultura. El compromiso del pintor nunca ha sido sólo con el arte, sino, como ha demostrado siempre, también con sus contemporáneos y su tiempo. Esa congruencia ética que hace que vida y obra vayan unidas, esa coherencia que ha admirado en otros, se la ha exigido en primer término a sí mismo. Y por eso este libro, en el que el autor en ningún momento alude a sí ni a su obra propia, en todo momento nos recuerda su figura y su pintura, llena de un recóndito sentimiento espiritual. –

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