El arte de asesinar asesinos

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“Morir es un arte, como todo lo demás: yo lo hago excepcionalmente bien”. Estas palabras de Silvia Plath podrían leerse como un preámbulo para abordar las peripecias de Madame Mactans, asesina serial de asesinos seriales, que apareció por primera vez en las historietas de Cecilia Pego en 1996. En ese momento Mactans era una simple veleidad de Terrora, quen alternaba con otro personaje llamado Taboo en una historieta muy leída. Tuvo que esperar hasta 2012 para llegar a ser presencia constante en las páginas de El Chamuco. Sus crímenes, ahora reunidos en un libro, son comentarios irónicos sobre los innumerables cuadros, películas, leyendas, poemas, mitos o novelas dedicados a explorar la belleza de la muerte femenina.

Frágil, porque la hermosura es una variante de la vulnerabilidad, la mujer ofrece su cuerpo a la invención del asesino que discurrirá la manera de convertirla en una obra firmada, el cadáver que lo consagrará como autor aspirante a la inmortalidad. Edgar Allan Poe lo dijo después de escribir la muerte de muchas mujeres: este es el tópico poético por excelencia[1].

Los asesinos seriales de Cecilia Pego son fieles a la consigna y se consagran a imaginar métodos ingeniosos o retorcidos para atrapar a sus víctimas. Para todos, el asesinato de mujeres se ha convertido en un arte: inventiva, dominio de la técnica, ocasión para el perfeccionismo. También una manera de reiterar su superioridad y su poder. Ofrecen un muestrario de los dispositivos que asedian a las mujeres: las asfixian con corsets, las maquillan con productos tóxicos, las ponen a dieta, les diseñan ropas sofocantes, las psicoanalizan o les dan electroshocks. Las aventuras de Mactans acaban denunciando la violencia silenciosa que conocemos como feminidad.

En algún momento de su agonía, la víctima descubre la manera de invertir la trampa. El asesino se percata demasiado tarde de que la única emoción que puede sentir ella es el miedo, pero la confunde con el amor. Por eso Mactans es invulnerable a las acechanzas. Con gran ironía, los textos, modelados como microficciones, describen su fascinación ante sus monstruos internos, su deleite al recibir amenazas que le parecen invitaciones eróticas, la desesperación de los predadores reducidos a la impotencia, obligados a ocupar el lugar estético y silencioso del cadáver.

Para dibujar a su heroína, Cecilia Pego recurre a espirales y líneas ondulantes que sugieren formas naturales. Mactans es una reencarnación de la Salomé de Aubrey Beardsley, de la Morticia de Charles Addams, de las innumerables vampiresas modeladas a partir de Theda Bara. La mujer fatal aparece rodeada de enredaderas, raíces, ramajes y serpientes, una encarnación de los mitos que ligan a la mujer con la naturaleza y justifican el dominio masculino sobre ambas. EnExilia, novela gráfica en la que Mactans aparece fugazmente, la protagonista recorre laberintos parecidos a interiores corporales surcados por venas, donde se esconden personajes sujetos por cordones de apariencia umbilical. La mirada irónica de Pego invierte estas convenciones de lo femenino para que la víctima, en vez de anularse como soporte de la creación artística de otro, se convierta en la que dibuja, la que escribe.

Aunque Exilia tiene mayor riqueza cromática, las aventuras de Madame Mactans están dibujadas en blanco y negro, alterado de vez en cuando por trazos rojos que subrayan la estilizada violencia del conjunto. A veces este color es el soporte de la parodia, como sucede con Las zapatillas rojas, cuento de Hans Christian Andersen que da origen al episodio de El Coreografista. Si en el cuento la protagonista era castigada por la libertad de su danza, en la versión de Pego es el asesino quien acabará anulado en un baile giratorio que lo momifica al convertirlo en una especie de feto, mientras Mactans escapa con una cabriola definitiva. Los trazos sugieren movimientos ágiles y veloces. A medida que Mactans lidia con las directrices de El Coreografista, su cuerpo se hace más flexible. Sus contorsiones cada vez más lúdicas acentúan una agilidad que contrasta con la rigidez del asesino.

Algo parecido sucede con la antiquísima leyenda de Andrómeda. Esta princesa había sido encadenada a una roca, vestida solo con sus joyas, como ofrenda para apaciguar al monstruo que asolaba la región. Pego la transforma en una historia contemporánea: matar bestias ha dejado de ser un deporte presentable. Hay algo sospechoso en el programa de El Ecologista, quien abandona a las mujeres en ambientes hostiles para que experimenten la crueldad de la naturaleza. Madame Mactans se presta a ofrecerse como víctima, solo para que las fieras la reconozcan como la mayor depredadora y acaben devorando a su captor, vengándose así de los daños causados al medio ambiente por este héroe que en la leyenda original se hubiera cubierto de gloria.

No parece casual que las andanzas de esta asesina serial hayan aparecido en un país asolado por una violencia creciente, donde los periódicos registran casos tan abrumadores como incontables. La manera de narrarlos, denunciarlos, fotografiarlos, dibujarlos, se ha convertido en una preocupación política urgente. Los asesinatos de mujeres, sobre todo, corren en el riesgo de perder toda visibilidad: la indiferencia social se suma a otras violencias para confirmar que tener un cuerpo de mujer es correr un riesgo cotidiano. En este marco, la ironía de Cecilia Pego es un acto de resistencia. Porque Pego está dibujando a Mactans en el país del feminicidio. 

 

 

 


[1]“De todos los temas melancólicos ¿cuál es, según el entender humano, el más melancólico? La muerte, fue la respuesta inevitable. Y ¿cuándo, me pregunté, es éste, el más melancólico de los temas, asimismo el más poético? Por lo que ya he explicado detalladamente, la respuesta en este caso también es inevitable: “Cuando más se asemeja a la Belleza: por lo tanto la muerte de una mujer bella es indudablemente el tema más poético del mundo, y asimismo tampoco cabe dudar de que los labios mejor adaptados para expresar ese tema son los de un amante desolado”.

Allan Poe, Edgar. Filosofía de la composición, seguida de El cuervo. México: Ediciones Coyoacán, 1999. Página 18. 

 

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