El lado frío de la almohada, de Belén Gopegui

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Cuando Belén Gopegui, en una entrevista publicada en El País, lamentó que la izquierda española hubiera abandonado a Fidel, apareció de pronto debajo de mis ojos esta anécdota: estoy en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México. Deben ser apenas las siete de la noche. La convocatoria ha sido eficaz, un gran grupo de gente se encuentra en el gran salón, a la espera. El móvil es La fiesta del Chivo, la nueva novela de Mario Vargas Llosa. Los responsables de la presentación son Marcela Serrano y Juan Villoro. Justo en el instante en que ellos aparecen en el estrado, cuando los rumores se evaporan y dan paso a un silencio expectante, alguien grita “¡Viva Cuba libre!” Las tres palabras, pronunciadas con aguerrida convicción, quedan flotando sobre todos los presentes. Los signos de admiración también permanecen por unos segundos suspendidos en el aire. Nadie responde. No hay aplausos. No pasa nada. Ni una tos. Cuando algún representante de la editorial comienza a estrujar un poco el micrófono, ya la consigna se ha desvanecido de manera definitiva.
     Después del acto, con unos amigos comentamos lo ocurrido. Hace años, todos hubiéramos entendido aquel grito, hubiéramos —al menos— sabido qué euforia retrataba, qué tipo de lucha proponía. Hoy en día, sin embargo, nos resulta confuso, un tanto incomprensible. Es una frase que ya no puede con el peso de su propia historia. Quien ahora grita “¡Viva Cuba libre!” todavía tiene que explicar si está a favor o en contra de Fidel.
     Ese parece ser el desafío último que asume El lado frío de la almohada: tratar de darle sentido a esa consigna, desde su costado más difícil además: desde la oficialidad, desde la defensa de un gobierno que recién cumple 46 añitos. Para enfrentar este reto, Belén Gopegui ha elegido narrar una misteriosa conspiración y una historia de amor entre espías. Algo hay de clásica estructura cinematográfica en esta elección. También el manual de Spielberg podría decidir relatar el romance entre Laura Bahía y Philip Hull. Incluso el juego de palabras con los apellidos también tiene algo de simpleza folletinesca.
     La receta se cumple desde el principio: él es un gringo que ya va de salida. Ha trabajado toda su vida para la inteligencia norteamericana. Tiene un nieto y muchos desencantos. Aunque consume algunos gramos de un cinismo y de una sabiduría acordes con su experiencia, es sobre todo un fracasado. Cuando ha llegado al final de su carrera, de pronto no se halla. Es el prototipo del héroe norteamericano que, después de pasar por la vida siendo diplomático y mercenario en diferentes países del tercer mundo, se tropieza de pronto consigo mismo y se descubre más melancólico y reflexivo de lo que suponía. Laura Bahía es más enigmática. Es cubana pero también parece española. Así como trabaja a las órdenes de la inteligencia del régimen, así también posa de crítica y lírica: en sus ratos libres, le escribe cartas al director de un periódico. Es implacable pero sentimental. Según la conveniencia, puede citar a Lezama Lima o tararear a Silvio Rodríguez. Probablemente es ella quien padece más las intenciones políticas de la autora. También es su víctima.
     En una pedrada: aquí se cuenta la historia de dos enemigos que se enamoran. Son muy distintos en edad, experiencias y destinos. Nadie imagina qué podrían construir en común. Podrían ser una canción de Ricardo Arjona, pero son una novela. Entre ambos se interpone una conspiración, un nudo de recontraespionaje que, por momentos, sustituye con cierta lírica la coherencia que exige el género. Afirmaba Raymond Chandler que la narrativa policial es un intento por combinar los atributos de dos mentes frecuentemente antagónicas: “la que es capaz de producir un rompecabezas fríamente resuelto es incapaz, por regla general, de encender el fuego y el vigor que son necesarios a un arte vivo”. Por suerte para la literatura, Belén Gopegui enciende fuegos. El sobrado talento de su escritura se desarrolla brillantemente cuando atiende la inexplicable relación personal entre Philip y Laura, cuando la tensión ideológica cede ante un vacío mucho mayor y logra explayarse en los conflictos de fondo que produce el encuentro de estos dos personajes. Por el contrario, cada vez que la novela se deja llevar por la tentación editorial y construye un pretendido debate político, se torna entonces artificiosa y superficial. Las destrezas narrativas, entonces, lucen sometidas a un designio utilitario.
     Aunque haga evidentes esfuerzos por mostrarse plural, la novela soporta con dificultad la meta que se ha impuesto: justificar la dictadura de Fidel Castro en Cuba. A medida que pasan las páginas, se hace más presente esa voz legitimadora que aprovecha situaciones y personajes para escudar la represión (“¿Y de qué sirve tener razón si tienes que fusilar porque no eres fuerte”?), para matizar la persecución de la homosexualidad (¡Despenalizada en 1979! ¡Vaya! ¡Tan sólo fueron veinte años de terror!), para satanizar a la disidencia (“Las libertades que piden se resumen en una sola: libertad para explotar”)… Es una voz que pontifica, con su dosis de moralina religiosa, que reclama solidaridad con un gobierno que supuestamente sólo busca la justicia, que es bueno pero no lo dejan ser bueno, que desde siempre ha estado obligado a vivir a la defensiva.
     Belén Gopegui ve la revolución en diferido. Desde otro tiempo, desde otro continente, con una distancia que permite convertir a Cuba en una metáfora hermosa. A muchos latinoamericanos nos costó bastante abandonar esa perspectiva. Tardamos mucho en entender que podíamos estar en contra del imperialismo y del bloqueo y, también, en contra del gobierno cubano; que no se puede ser de izquierda y apoyar a Fidel. El lado frío de la almohada es un valiente intento dentro de aquello que Alfonso Reyes llamaba “literatura ancilar”. Pero ahí donde Belén Gopegui se pone al servicio de una causa, pierde su arte, su resplandor, y paradójicamente consigue lo que seguramente menos desea: una mirada que frivoliza una gran tragedia de nuestro continente. –

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