Desde ese día de septiembre

Las consecuencias del 11 de septiembre van mucho más allá de la guerra contra el terrorismo. Aquel día trastocó los entendimientos sobre la religión, la seguridad, la migración y el poder del Estado.
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Antes del 11 de septiembre de 2001 no teníamos un mundo tan pacífico como nos gusta recordar. Veníamos de Ruanda y de Somalia. Veníamos de Yugoslavia y la balcanización se hizo verbo para explicar la peor violencia entre semejantes. Es cierto que los ímpetus y ánimos milenaristas permanecían, pero se asemejaban a una buena borrachera que todavía no provocaba resaca. Lo que no teníamos era la impronta religiosa en la política que conocimos desde entonces. La respuesta de extremos que alejaron la cohabitación de religiosidades con la vida diaria y pública.

Ya antes había tenido que responder sobre mi origen árabe pero nunca se me preguntó con semejante insistencia si efectivamente mi familia era de tradición griega ortodoxa. Desde ese día vi crecer el desconcierto en quienes no podían entender que no todos somos musulmanes, porque si bien parece que siempre ha sido importante, nunca lo había sido tanto. Espantosamente, para mis amigos musulmanes. Desde ese día.

¿Qué tanto las conmemoraciones funcionan como actos de memoria o meras postales de ella, aun si trágicas y dolorosas? Dependerá de los elementos que coloquemos en su construcción, de la relación individual y social con sus efectos, de la amplitud de miras alrededor del hecho que tomamos como inicio de una secuencia y de los que añadimos y aceptamos como indisociables de un primer acto.

A veces, desatendemos los fenómenos relacionados a eventos que definimos como puntos de inflexión. Tendemos a afirmar que sucesos específicos modificaron el estado de las cosas, pero no siempre observamos a conciencia las aristas a lo largo del tiempo en esas cosas y sus cambios.

En los últimos días, tras el aniversario de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, algunos relatos de la memoria partieron del peso que naturalmente le damos a lapsos significativos. Como fueron los diez años, los 25 cargan la fracción de siglo que no pide más razón para traer de vuelta un día en que todo el planeta volteó a un único punto.

La mirada cambia desde la geografía.

Desde Estados Unidos, incluso con una polarización entendida como la búsqueda de usufructo en la diferencia y su exacerbación, el grueso de los recuentos y las reflexiones siguieron la ruta que obligan los miles de vidas asesinadas.

Con un poco de distancia, algunos recuentos se enfocaron en los problemas irresueltos para los que, aparentemente, no ha habido mayor ajuste. Solo que esa apariencia es engañosa. Claro que la migración imaginada como una amenaza a una concepción poco rigurosa del mundo ya existía; claro que Medio Oriente era un desastre en muchos aspectos; claro que el derecho internacional mostraba sus grietas desde entonces, pero no de igual manera.

En el tedio del lugar común, fueron muchas las voces que dieron fe de cómo se transformó el viajar. No solo hay generaciones que desconocen un supuesto movimiento idílico que nunca existió; ni siquiera quienes, por el origen, los nombres, las vestimentas, fisionomía o religión estamos acostumbrados a revisiones que se reforzaron desde esas fechas pretendemos una vía distinta a la de hoy. Desde la óptica medio oriental es evidente que todo cambió, pero no por un aumento en medidas de seguridad que traer a la conversación ya cae en la frivolidad que no contempla el entorno edificado desde ese día, hace 25 años. Ese cambio no tuvo su última expresión al fondo del Mediterráneo o en el Pérsico. Ocurrió hace un par de semanas en Alemania.

Desindustrialización, seguridad nacional, vinculada con el terrorismo del fundamentalismo de al-Qaeda o el Estado Islámico, y una serie de crisis financieras con raíces en la primera década del siglo han sido alimento para el desarrollo de las extremas derechas en Europa y otras partes de Occidente. La migración, en especial la proveniente de países árabes, en particular Siria, se convirtió con singular facilidad en un responsable simple por las promesas incumplidas, los deterioros y la percepción de deterioros (no son lo mismo).

En 2015, las políticas humanitarias instrumentadas por Alemania para los refugiados expulsados por las consecuencias de las Primaveras árabes, proveyeron de una decencia inimaginable en estos días en los que anulamos la virtud de esa gran palabra, pero también de un sujeto de señalamiento menos complejo que, por ejemplo, los procesos de desvanecimiento de industrias tradicionales. Los cuatro elementos –desindustrialización, crisis, seguridad nacional y migración – se volvieron indisociables de un mismo discurso.

Las Primaveras, al margen de sus fallas y la violencia de dictaduras regionales en su contra, serían impensables sin la caída previa de Sadam Huseín en Irak. El hecho dio la idea de que regímenes como el suyo eran posibles de derrocar. La operación militar de Estados Unidos sobre Irak, efecto directo de la guerra contra el terrorismo que desató los ataques del 9/11, tuvo otra consecuencia. Su falta de legitimidad acorde a derecho internacional, al no comprobarse la posesión de armas de destrucción masiva en Irak, orilló a la presidencia de Obama a no intervenir en Siria después de que la dictadura de Assad usara armas químicas contra la población. A pesar de tener evidencia de su empleo, la estela de la retórica Bush fue tan densa que Washington optó por no hacer valer la línea roja que había trazado, que lo habría llevado a intervenir sobre Damasco. Con el espacio libre y el apoyo de Irán y Rusia, siguió una década más de guerra. Sin el Irak post Sadam no habría un Estado Islámico como se conoció. Sin la guerra siria, millones de personas no habrían huido hacia Europa a buscar refugio y salvar su vida. La línea Irak-Sadam, Primaveras árabes, migración masiva, Estado Islámico, terrorismo y ascenso del nativismo tienen un punto de origen en el 9/11 que incorporó una serie de elementos al entorno político de nuestros días.

¿Cómo perdimos el consenso de que los Estados deben ser democráticos? No me refiero a su componente electoral, sino a las nociones de rendición de cuentas que la permiten, las nociones de límites hacia adentro y afuera de ellos.

Desde ese día, si la definición religiosa se hizo más importante que en mucho tiempo, fuimos adoptando con tranquilidad las expresiones menos laicas para responder a la demencia asesina de los ismos identitarios. Resurgieron las teorías de reemplazo. Crecieron los ánimos cruzados. Cambió la relación de los individuos y ciudadanos con sus gobiernos, abrazamos la hipervigilancia que apenas necesitó unos años de tecnología para que nos creyéramos seguros sin resolver uno solo de nuestros problemas de convivencia. Y rompimos los límites que daban la impresión de ser sensatos para abrirle la puerta a ideas de que todo camino es válido si se está suficientemente convencido de un fin. ~


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