El horror y la luz

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A los rusos les gustan los abedules

Olga Grjasnowa

Traducción de Lidia Álvarez, Barcelona,

Cómplices Editorial, 2013, 234 pp.

La primera novela de Grjasnowa (Bakú, Azebaiyán, 1984), que tal vez tenga una base autobiográfica, cuenta la historia de Masha: nacida en Azerbaiyán, es judía, se trasladó con su familia a Alemania, después de ser testigo del pogromo contra los armenios, y quiere ser intérprete de idiomas. La novela arranca una mañana en casa de Masha: es joven, vive con Elías, su novio, en un apartamento en Fráncfort en el que se acumulan platos en el fregadero tras un intento frustrado de cocinar una quiche: “Como si fuera una actriz francesa que interpretaba a un ama de casa francesa que espera a su amante francés, el cual regresa inválido de la guerra, y le prepara una quiche y todavía no sabe qué miembro ha perdido. ‘Quiche’ le sentaba bien a mi lengua y a mí me gustaba su género gramatical.” Elías es alemán, guapo y fotógrafo, juega a fútbol y se rompe el fémur en un partido que le obliga a una operación y a unos días de convalecencia en el hospital. Ese accidente de Elías cambia la vida de Masha y desencadena una serie de hechos que la llevan lejos de su casa, a un escenario hostil. Masha va a visitarlo al hospital, charla con el médico, con los compañeros de habitación de Elías, con una mujer rusa que le pregunta cada cuánto le pega su novio, se encuentra con un profesor y conoce a los padres de Elías. Cuando vuelve a casa, Masha trata de cuidarlo, pero él quiere saber más sobre ella: quiere que le cuente qué es lo que pasó, qué es eso que no se atreve a contarle, y reaparece Sami, el exnovio de Masha que regresa de Estados Unidos.

Masha es una paria, está sola y perdida. Se ve obligada a asumir un dolor inesperado y emprende una huida hacia delante, que la lleva a encontrarse con su pasado. Cuenta el pogromo de Sumgait, en 1988, un recuerdo de infancia: “Mi madre me explicó que los azerbaiyanos y los armenios no pronunciaban igual la palabra [avellana]. Eso fue lo único que supo explicarme. Murieron unas treinta personas durante el pogromo. Casi la totalidad de los 14.000 habitantes de origen armenio huyeron de Sumgait”. Y dos años más tarde, “El 13 de enero de 1990, los seguidores del Frente Nacional, refugiados de las regiones anexionadas y presuntos agentes del kgb marcharon de una casa armenia a otra, actuaron sistemáticamente porque tenían listas con direcciones de armenios. Esas visitas significaban saqueos, violaciones, mutilaciones y asesinatos. Mataban con palos y cuchillos. No era raro que alguien se precipitara por la ventana. A mí no me dejaban salir de casa ni hacer preguntas.” Y, por fin, pese a las reticencias de la madre –“allí las cenizas todavía estaban calientes. Mi abuela era una superviviente”–, se trasladó con su familia a Alemania: “En 1996 estábamos en Alemania. En 1997 pensé en el suicidio por primera vez.”

El deambular de Masha no termina ahí: Masha viaja a Israel para trabajar de traductora. En el aeropuerto, después de dos interrogatorios, un soldado se disculpa por haberle volado el ordenador con tres balazos para comprobar que no era una bomba. En Tel Aviv Masha tiene primas y tías a las que prefiere no ver y conocerá a dos hermanos a los que se agarrará como a una tabla de salvación. Acompaña a Tal, la hermana, a Ramala, donde algo tan trivial como la ropa revela la contradicción del fanatismo: “Solo hay dos posibilidades. O sigo llevando este vestido y me lapidan por puta, o me pongo algo más largo encima. Pero entonces pareceré una colona judía, y me lapidarán.”

Grjasnowa ha escrito una novela sobre los parias, los refugiados y la inmigración, sobre el idioma, sobre la identidad y sobre la pérdida; sobre las experiencias traumáticas, sobre el horror y la guerra, pero es una obra luminosa, donde hay humor, sexo, diversión y jóvenes buscando un futuro, y un libro que universaliza los problemas de identidad: las dudas y preguntas que se hace Masha sobre su vida o sobre qué pensar del mundo en el que vivimos son las dudas y preguntas que nos surgen a todos.

Masha tiene amigos homosexuales, árabes, judíos y alemanes, pero A los rusos… no es una novela bienintencionada sobre la multiculturalidad: la muestra sin prejuicios ni victimismo. Y tiene momentos de revelación sorprendentes, como cuando Masha se acuerda de Anna Frank mientras ve a una mujer en la playa: “Había leído su diario a los once años y había comprendido que yo no era la única mujer que deseaba a las mujeres, y que no había que descartar nada. Los pasajes homoeróticos de su diario me tranquilizaron y me excitaron.” O cuando conoce a un antiguo miembro de Hamás, que le cuenta que “Un amigo que se quedó en Hamás me mandó una fatwa a través de Facebook. Entonces supe que había tomado la decisión correcta.” A los rusos… es una primera novela deslumbrante, ambiciosa, arriesgada y, afortunadamente, imperfecta: es ahí donde se cuela la vida, con sus contradicciones, sus errores, sus horrores y sus disparates, pero también el placer y la belleza. ~

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